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LOS DIRECTIVOS DICEN:
Monseñor Guillermo Melguizo
El Desencanto
 
Jueves 15 de Diciembre de 2011
Mons. Melguizo ViceRector del ITEPAL comparte su artículo escrito a partir de la reconstrucción de un drama en tres actos sobre el desencanto que ronda por los campos de la Iglesia


No sé por qué, y de vieja data, me viene preocupando el tema del desencanto.

Hay quien hable del loco encanto de la sensatez; y hay quien escriba y haga cine sobre el discreto encanto de la burguesía.; y quien comente el desencanto de la democracia y el desencanto de los partidos políticos.

Pero a mí me inquieta el desencanto que ronda también por los campos de la Iglesia. Y dando rienda suelta a mi imaginación, reconstruyo un drama en tres actos.

Primer Acto: Hay realmente una auténtica fraternidad Presbiteral?

Hace algunos meses me encontré con un colega sacerdote, a quien hacía tiempos  no veía. Había sido compañero de Seminario, y yo diría que hasta amigo...

Cuál no sería mi sorpresa cuando a mi efusivo saludo, respondió con desconcertante frialdad.  Le pregunté por qué esa actitud helada y descortés. Sin dudarlo un momento me dijo:  “es que uno va borrando caminos”.  Eso puede ser cierto, pero fue enorme el desencanto, y empecé a dudar de la existencia de una auténtica fraternidad sacerdotal en nuestros presbiterios, y es que ciertamente,” se van borrando caminos” si no hay quien ejerza el ministerio de aglutinar en familia y de cultivar la “íntima fraternidad sacerdotal sacramental”(P.O. 8  y LG. 28)

Segundo Acto: La Iglesia Particular

Otro sacerdote que se sinceraba conmigo pertenecía al Clero Diocesano. Es verdad que no tuvo el privilegio de trabajar muchos años en su Diócesis de origen.  El Obispo de aquel entonces lo había cedido, para obras apostólicas de carácter nacional y latinoamericano.

Se decía, (no sin herir su modestia), que  era un aporte de su Iglesia Particular y que ésta se sentía orgullosa de él.  Nunca pudo regresar en forma definitiva a la cuna de su sacerdocio.  Pasaron muchos años y llegó un momento en  el que él no sabía si  deseaban o no, que volviese a prestar allí un modesto servicio.  El estímulo, lamentablemente, no se estila mucho en ciertos ambientes eclesiales.  A lo mejor, porque todo se deja en manos de la Providencia.  Esto también, provoca un cierto desencanto

Alguien dijo que en la vida había qué ayudarle a la Providencia, pero cuando ese sacerdote descubrió que también en la Iglesia había que ayudarle a la Providencia, sintió de nuevo el desencanto

Tercer Acto: La Iglesia del desencanto o el desencanto  de la Iglesia

Hubo recientemente en aquella Iglesia Particular una celebración de feliz memoria, que se suponía iría a aglutinar al Presbiterio y que seguramente  iba a ser motivo de alegría y entusiasmo renovadores.

El sacerdote de la historia participó con gusto, casi como un hijo pródigo que vuelve a la casa paterna.  Pero cuál no sería su desencanto al encontrarse con un clero distante de su Obispo y con un Pastor frío, lejano, y distante también de sus sacerdotes.  Allí se respiraba de verdad, un ambiente de desencanto.

De muchas maneras trate de tranquilizar a aquel sacerdote perturbado, pero él no entendía mis razones y creo que hasta se dio cuenta de que yo también me estaba contagiando de ese mismo desencanto.

Y es que a mí me preocupa ciertamente este fenómeno, no sé si espiritual o pastoral, del desencanto en todos los órdenes y campos, del mundo y de la Iglesia.

Claro que el desencanto es una de las manifestaciones de la postmodernidad, pero es triste, por decir lo menos, que se haya apoderado también de nuestra Iglesia. Los tratadistas de Formación Permanente Presbiteral señalan como una de las manifestaciones de crisis que espera respuesta, los llamados “desencantos pastorales”, que coinciden a veces con la media edad de los sacerdotes y hasta con el demonio meridiano.

Muchos sacerdotes se desencantan con los Pontífices; muchos laicos se desencantan de sus pastores; muchos creyentes se desencantan con las liturgias dominicales y con las homilías de ciertos celebrantes en los templos parroquiales o lo que es más lamentable, en las grandes cadenas de la Televisión en donde a menudo hacemos el ridículo o por la pobreza del lugar, o por nuestra improvisación, o por que somos víctimas de una técnica que nos manipula.

Un buen periodista escribió una cuestionante columna en un conocido diario capitalino: “Las dos Iglesias: será que por falta de curas la Iglesia está reclutando lo que llegue?” ( El Tiempo sept. 6 de 2005), para afirmar que “el regreso a misa me ha hecho entender por qué los católicos están abandonando la Iglesia”.

Llegué a pensar que se había superado ya una de las causas de las defecciones sacerdotales de los años setentas, la del rechazo a la Institución o la crisis de ubicación, pero parece que está de regreso en la hora presente.

Y es que estamos rodeados por todas partes de mediocridades; el ambiente como que acusa una falta de mordiente en la pastoral; nos abruma el aburguesamiento espiritual. Se percibe una cierta fatiga para iniciar caminos de renovación.

Conclusión:La Formación Permanente

Pero este desencanto eclesial tendrá remedio?

Hace pocos días se escribió en España un interesante opúsculo llamado así:  “Para un examen de conciencia de la Iglesia”: Conciencia personal y eclesial, conciencia de pecado, examen de  métodos eclesiales, de responsabilidades, examen de servicio, examen de testimonio y hasta de incertidumbre espiritual (desencanto).

Pienso que a veces a la Iglesia le hace falta una buena dosis de contestación constructiva.

Quisiera que mis inquietudes (pero quién soy yo para), quisiera, repito, que mis inquietudes encontraran eco y  aparecieran respuestas acá y allá.

Se habrá agotado ya, por ejemplo en las Iglesias particulares, una Formación Permanente integral e integradora de sus cuadros directivos, en todas sus etapas, en todas sus dimensiones y en todos sus procesos?

Es preciso en todo caso, superar los hábitos rutinarios y la incompetencia recurrente; y frente a la tentación de la mediocridad y del activismo estéril, como dijeran recientemente los Obispos italianos, es necesaria la Formación Permanente a fin de que el Ministerio no se vuelva un pragmatismo sin alma que produce el síndrome del cansancio físico y psicológico, generador del escepticismo (léase desencanto) y del encerramiento en sí mismo, con pérdida de la pasión por el Reino.



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