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LOS DIRECTIVOS DICEN:
Qué es la Deontología Eclesial?
 
Miércoles 18 de Abril de 2012
Monseñor Guillermo Melguizo Vice-Rector ITEPAL, explica el significado del término deontología y posteriormente orienta su escrito a su aplicabilidad en el campo eclesial
En una importante revista francesa de formación permanente, me encontré hace poco con un enjundioso trabajo sobre la deontología aplicada al campo eclesial[1].

En las siguientes líneas me propongo hacer una traducción libre, una relectura desprevenida, una síntesis apretada y una sencilla aplicación a nuestro propio medio.
La deontología es un término que se ha generalizado para designar las obligaciones que impone a los profesionales el ejercicio de su propio oficio.  Hay quien diga que es el equivalente técnico de moral (estudio empírico de los diversos deberes, relativo a tal o cual situación). 

Antes, se refería en sentido estricto a los médicos y a los abogados, pero luego se volvió realidad también en las profesiones sociales y en la función pública. Lo que sí es cierto es que la deontología es un fenómeno contemporáneo:  Hay una verdadera preocupación ética en el ejercicio de la profesión, una clara voluntad de humanización, un real deseo de protección de la profesión por parte inclusive de los mismos poderes públicos.
Entonces, la pregunta es si se puede o no, hablar también de una deontología del sacerdocio ministerial o del ministerio eclesial.
El autor del artículo se pregunta inclusive si esto sería un simple mimetismo o si es realmente una necesidad sentida en la Iglesia de hoy.
Lo que sí no podemos negar es que ciertos y no excepcionales hechos, discutidos o graves, moralmente hablando, han creado cierta reserva, desconfianza y malevolencia para con la Iglesia y sus agentes pastorales. Cualquier detalle menos correcto de un Obispo, sacerdote o diácono, con respecto a los niños, a los jóvenes y a las mujeres, da motivos para generalizar y desacreditar a la comunidad eclesial.
De ahí que cada día debe crecer en la Iglesia una respuesta oportuna en los pastores, a través de su preocupación por vivir el ministerio con transparencia; en los superiores, mediante una oportuna y valerosa corrección moral; y en todos, el interés por una formación inicial y permanente fundada en la exigencia evangélica y en la profundidad espiritual, que los lleve a un nivel satisfactorio si no óptimo de competencia en todos los niveles. 

Es preciso, dice el autor que comento, preocuparse cada vez más, por una formación global e integrada que no se limite solamente al nivel intelectual de los saberes, sino que incluya el saber ser y el saber hacer”. Esta necesidad es tanto más urgente, cuanto más frágil se va tornando el ministerio ordenado a causa de la secularización reinante, del pluralismo de ofertas religiosas y ante la erotización de la existencia. 

No hay que tenerle miedo a afirmar que el ministerio eclesial es una profesión sui géneris. Tampoco hay que tener miedo a decir que no sólo por los escandalosos “affaires”de los últimos años, también por eso, hay que revalorizar el ministerio eclesial.
Por eso se nos hace menos extraño que estemos hablando ahora de una deontología eclesial.  Porque hay que tener muy claros los deberes que se imponen con relación a las personas y a las comunidades.
Cuando se elabore la deontología eclesiástica hay que tener en cuenta desde luego, la disciplina de la Iglesia que reposa desde años en el Código de Derecho Canónico, pero que lamentablemente se ha dejado adormecer gracias a los prejuicios antijurídicos de los decenios anteriores y al tan dañino angelismo que todavía reina en ciertos círculos eclesiásticos. (cfr. CIC, 192 – 196; 1740 y 1741, etc).
Claro que no hay que llevar siempre el Derecho Canónico debajo del brazo, pero tampoco hay que olvidar que el nuevo Código (1983), es eminentemente pastoral.
Todo lo relacionado con la responsabilidad, la confidencialidad, el secreto profesional, el secreto de la confesión, el respeto a las personas y a las comunidades, los usos y costumbres, las condiciones locales, las exigencias sociales, las necesidades eclesiales, etc. son la base para que una Iglesia Particular, una Provincia Eclesiástica  o una Conferencia Episcopal, elaboren un manual u órgano de regulación de deontología del ministerio, que llegue a ser inclusive reconocido y respetado oficial y legalmente por las mismas autoridades civiles.
Sin caer en verdades de perogrullo, es preciso reconocer que hay una serie de principios y normas deontológicas que se deben desempolvar, tener en cuenta, y sistematizar si es el caso, y por qué no, volver a exigir.
Enumero algunas que son susceptibles desde luego, de una más amplia profundización:
a. Respecto de la dignidad de las personas
El primer deber que se impone al titular de una función o de un cargo eclesial es el respeto (en todos los campos) de todo individuo en virtud de la dignidad de la persona humana y de la igualdad fontal de todos los bautizados.  No se ejerce el ministerio a nombre propio ni a título privado, sino en nombre de la Iglesia y a título
oficial.
b. El deber de lealtad
En el derecho administrativo secular se habla de “la obligación de los funcionarios y agentes públicos respecto de su nación y del gobierno que los nombró”. De igual manera en la Iglesia, todo ministro ha de testimoniar respeto y obediencia a su Obispo diocesano y al Papa servidor de la comunión de las Iglesias y de la catolicidad de la fe.  A todos se nos pide un mínimo de lealtad.
c. Deber de ejemplaridad
Claro que la deontología en este campo apenas sí podría simplemente recomendar. El titular de un ministerio en la Iglesia se ha de esforzar por corresponder a su vocación y a ejercer su mandato de acuerdo con las exigencias del Evangelio.  Por eso la deontología pedirá ejemplaridad, pero sólo a causa de la naturaleza “objetiva” del ministerio.  Hay un deber de ejemplaridad que se impone por credibilidad institucional para acreditar el valor del ministerio, y para entenderla y lograrla tendrá que situarse en el plano de la ética o de la espiritualidad para llegar a una plena coherencia de vida.          
d. Obligación de cuidado o reserva
Es la prudencia necesaria para no empañar las relaciones pastorales con las inclinaciones afectivas. Para que ni siquiera seamos motivo de duda, mucho menos de escándalo. Lamentablemente no faltan quienes se apoyen en el “poder espiritual”, para cultivar inconfesables abusos.                   
e. Las diversas incompatibilidades
La deontología tiene que ponernos en alerta también ante las muchas y frecuentes incompatibilidades que se pueden presentar:  Con el ejercicio del poder civil, con  la militancia política, con los negocios y el comercio, etc.                   
f. Deberes de solidaridad de grupo
En el campo profano es tradicional la solidaridad de grupo (médicos, choferes, etc.).  ¿Por qué lo nuestro ha de ser una excepción?. Dejemos para la moral y la espiritualidad la práctica maximalista de la fraternidad, pero lo cierto es que se nos pide  y se espera de nosotros un mínimo de colaboración, confraternidad y solidaridad entre los que tenemos una misma misión.                    
g. Deber de consejo
Tenemos que reconocer que en la Iglesia está casi sin estrenar la evangélica “corrección fraterna”, pero desde el punto de vista puramente humano necesitamos saber dar y saber recibir consejo.                  
h. Deber de discreción y de secreto profesional
El Canon 220 del CIC, prohibe violar el derecho de toda persona a preservar su intimidad. Eso es de derecho natural. Pero todo está relacionado con el secreto profesional. Todo lo que uno ha visto, oído, conocido, descubierto en el ejercicio de su ministerio (datos familiares, vida íntima, salud, economía, opiniones y convicciones), exige discreción y secreto. ¡¡Y qué abusos y qué descuidos observamos en este campo¡¡. La finalidad del secreto profesional es la protección de la relación de confianza que une al profesional con aquellos que recurren a él, en busca de cualquier servicio. Hay que tener en cuenta la legislación de cada país con respecto al deber de guardar el secreto profesional. Y esto, sin decir nada de la delicadeza del sigilo sacramental. (Canon 983).                   
i. Deber de formación permanente
En el plano de la deontología hay que afirmar el principio general de la necesidad de la formación (inicial y permanente) como un proceso de integración de saberes, de saber hacer y saber ser.  “para mejor satisfacer a los usuarios, pero sobre todo para asegurar una articulación óptima entre el ministerio que servimos y el misterio que nos habita, y para asumir personalmente las exigencias espirituales que nacen del servicio del Evangelio”. Es nada más y nada menos, que saber pasar del misterio al ministerio, como nos lo recuerda con frecuencia el Papa Juan Pablo II.
CONCLUSION
Claro que no se puede pensar para la Iglesia, en una deontología en estado puro, porque la Iglesia excede con mucho, en el campo de sus ministros, lo puramente profesional.  La deontología eclesial no puede no estar ligada a la espiritualidad y a la moral. (Hay un contexto de fe y de misterio que no se puede desconocer).  Pero la deontología eclesial seguirá siendo un conjunto de principios mínimos que determinan el ejercicio concreto y eficiente de un ministerio que asegure y favorezca la credibilidad de los ministros. Pero todo ello a la hora de la verdad, es simplemente coherencia personal.
 

[1] BORRAS, Alphonse. Une Deontologie du
Ministere Ecclesial. Esprit & Vie. No. 77. París. 2003
 
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