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LOS DIRECTIVOS DICEN:
El presbítero en sus primeros cinco años de ministerio, oportunidades y desafíos
 
Martes 07 de Mayo de 2013
Aun cuando se tiene claro que la formación inicial se prolonga en la formación permanente, el seminarista encamina toda su formación anhelando el día de su ordenación presbiteral.

Durante los primeros años, el presbítero joven se introduce en un ambiente que le demanda mayor responsabilidad; es el momento en el que debiera consolidar la gracia recibida por el sacramento del orden, asimilándola en el estudio y la oración, y correspondiendo a ella con alegría y generosidad. Sin embargo, no es extraño constatar que el joven presbítero se llene de compromisos y caiga en un activismo que con frecuencia favorece la superficialidad. Qué importante resulta en esta etapa favorecer la autodisciplina y el autocuidado, que se manifiesten en una adecuada distribución del tiempo en donde se incluya espacio para la oración y el estudio.

El seminarista, en las experiencias pastorales que vive durante su formación, pregunta con alegría su ministerio futuro. Sean cuales sean los primeros servicios que se le encomiendan, es en el primer quinquenio cuando se abre al joven presbítero un amplio campo para canalizar sus ideales y poner en ejercicio toda la riqueza de su creatividad pastoral. No obstante, no faltan experiencias de frustración porque las cosas no resultan como se esperaban y, lamentablemente, no siempre tales experiencias son bien asimiladas. Más allá de que el presbítero haya sido formado para saber manejar las frustraciones, será de gran ayuda favorecer el acompañamiento personal y grupal que permita a los sacerdotes jóvenes seguir creciendo desde tales experiencias.


Nuestras instituciones de formación, aun cuando se empeñen en procurar experiencias encarnadas en la realidad, no pueden negar el carácter de una comunidad educativa que crea un ambiente propio. El neo-presbítero, especialmente durante el primer quinquenio, ha de vivir la experiencia de salir del seminario o casa de formación y de insertarse en el mundo desde el ambiente de la comunidad a la cual es enviado. No pocas veces los sacerdotes jóvenes son absorbidos por el ambiente secularizado, encuentran dificultad para cultivar verdaderas amistades, tienden al aburguesamiento y manifiestan con frecuencia un laxismo en sus comportamientos; no son pocas las experiencias de desorientación y desaliento ante los conflictos que se encuentran al llegar a un ambiente difícil. Será de gran ayuda acompañar a los jóvenes presbíteros para que se ejerciten en el discernimiento, para que desarrollen una mayor sensibilidad y un pensamiento crítico.

Durante los cinco primeros años de ministerio se debiera ir logrando la inserción de los presbíteros jóvenes en el Presbiterio, dando desde su energía e ilusión y recibiendo desde la experiencia y sabiduría de los mayores; sin embargo, con mucha frecuencia se manifiesta falta de comprensión mutua con los sacerdotes mayores, en especial con el párroco, y no son pocos los momentos de impaciencia al querer imponer sus criterios, sobrevalorando los proyectos personales y viviendo un aislamiento peligroso. Resulta cada vez más necesario cultivar una verdadera vida de fraternidad presbiteral de manera que el presbiterio acoja a los sacerdotes jóvenes, así como favorecer espacios de encuentro de los presbíteros jóvenes con un adecuado acompañamiento de hermanos más experimentados.

Si bien nuestras instituciones de formación inicial han de estar permanentemente evaluando su desempeño y actualizando sus propuestas educativas, la formación inicial no es suficiente para garantizar el alegre y eficaz desarrollo de la vida y ministerio del presbítero. El primer quinquenio es el tiempo especial de introducir al presbítero en el gusto por la formación permanente, subsanando carencias en todas las dimensiones e incorporando los aspectos formativos necesarios de acuerdo a la edad y a las cambiantes circunstancias. No obstante, no es difícil constatar rigidez en las posturas propias, poca disposición para aprender desde la experiencia del ministerio, alejamiento del estudio y la investigación, y muchas veces se pueden reconocer gestos de autosuficiencia y falta de disposición para dejarse ayudar en la dirección espiritual y en la corrección fraterna. Qué importante será que las Iglesias particulares o las comunidades provinciales no dejen a la buena voluntad de algunos el acompañamiento de los sacerdotes jóvenes, sino que se elaboren, implementen y evalúen apropiados programas de acompañamiento y se establezcan los equipos adecuadamente capacitados para llevarlos a cabo.

 

Andrés Torres

Rector - ITEPAL

 

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