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LOS DIRECTIVOS DICEN:
El Presbítero entre 21 y 45 años de Ministerio: Etapa de Madurez
 
Viernes 12 de Julio de 2013
Es obvio que la experiencia vital de cada persona, y por tanto de cada presbítero, es única e irrepetible...

también es claro que veinticinco años (entre los 21 y 45 años de ministerio) conforman un período muy amplio de desarrollo humano, cristiano y sacerdotal. De ahí que es importante destacar, particularmente al referirnos a esta etapa, que las oportunidades y desafíos que se enuncian no pretenden describir la totalidad de la experiencia en este arco de tiempo, sino tan solo ofrecer indicativos que permitan una mejor aproximación a la vida y ministerio de los presbíteros en este período y trazar líneas de acción que favorezcan su acompañamiento.

Después de los veinte años de ministerio se espera que el presbítero haya logrado una experiencia suficiente que bien aprovechada favorezca la consolidación de una madurez integral, esto es, en sus dimensiones humana, espiritual, intelectual y pastoral; sin embargo, no hay que perder de vista que si en la etapa anterior no se logró una adecuado desarrollo, en esta etapa los vacíos y las desviaciones pueden ser más evidentes y los vicios muchas veces se pueden hacer más arraigados.

Gracias a más de veinte años en el ministerio se contempla que en esta etapa se manifiesten suficientes elementos para el ejercicio pastoral en general, una actitud más reposada y desarrolladas habilidades para el discernimiento, lo cual favorece un eficiente desempeño ministerial en su conjunto y un mejor servicio en la consejería y en la dirección espiritual en particular, sobre todo para guiar a los jóvenes y comprender a quienes viven situaciones difíciles; sin embargo, muchas veces es manifiesta la resistencia a nuevas experiencias pastorales, la inhabilidad para acompañar a la juventud y la incapacidad para trabajar con los presbíteros jóvenes.

Los logros conseguidos y el reconocimiento de las propias limitaciones conseguidos durante esta etapa debieran ayudar al presbítero para poseer una justa auto-estima y lograr una mayor donación en el ministerio; no obstante, no es extraño reconocer en varios presbíteros el cansancio como estado permanente, o al menos como estado dominante, así como rasgos de pesimismo, de frustración y de resentimiento.

Gracias a la experiencia obtenida y a la madurez lograda, el servicio del presbítero en esta etapa debiera ser de especial ayuda a su obispo para contribuir a la comunión del presbiterio y para impulsar los proyectos pastorales de la diócesis; sin embargo, no siempre se rechaza la tentación de instalarse y de procurarse seguridad económica o afectiva, lo cual esteriliza el ministerio y opaca la figura de liderazgo pastoral.

Especialmente en esta etapa se espera que todo presbítero logre llegar al amor oblativo, consciente del contexto con sus luces y sus sombras, de tal manera que, con sencillez y desde su propio proyecto de vida, sea paradigma que otros ministros ordenados reconozcan para asumir con alegría la misma dirección; no obstante, no siempre se supera la tentación de la presunción de la propia experiencia ni son extraños los gestos de autosuficiencia.

Para acompañar el desarrollo de los presbíteros en esta etapa será de gran ayuda continuar favoreciendo el autoconocimiento y apoyar decididamente todo proceso de resolución de crisis, conflictos y problemas. Por otro lado, será muy importante no  bandonar la formación permanente en grupo, en los programas de ésta será fundamental favorecer la relación con el conjunto del presbiterio, sobre todo el encuentro y la convivencia con hermanos presbíteros que viven la misma etapa para consolidar los lazos de amistad y facilitar espacios de corrección fraterna. Conviene que el presbítero de esta etapa tenga la oportunidad de salir de su “espacio” ordinario y tenga la oportunidad de ubicarse en otros espacios que le permitan abrir su mirada a horizontes más amplios en los cuales, a la vez que comparta su experiencia, conozca otras situaciones y se sienta estimulado al conocer otras maneras de vivir la caridad pastoral.

Sin perder de vista que el presbítero, en cualquiera de sus etapas, es siempre un don de Dios para la comunidad y que es responsabilidad de toda ella acompañarlo y hacerlo fructificar, qué importante será que el presbiterio en general y el obispo en particular aprecie, estimule y aproveche la madurez lograda por los presbíteros de esta etapa para impulsar la vida de la Iglesia particular.

P. Andrés Torres Ramírez

Rector ITEPAL

 



 

 

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