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LOS DIRECTIVOS DICEN:
EL CONCILIO VATICANO II Y "EL PACTO DE LAS CATACUMBAS"
 
Martes 04 de Febrero de 2014
Desde este pequeño espacio de reflexión es un gusto poder compartir con ustedes algunos breves apuntes, en la misma línea que había estado siguiendo...

sobre ese acontecimiento trascendental en la vida de la Iglesia contemporánea como fue la realización del Concilio Vaticano II.


El concilio significó la mayor reunión de obispos en la historia de la Iglesia. Lo cual fue ocasión para reflexionar y conocer entre ellos diversas realidades eclesiales y sus visiones acerca de la sociedad y su relación con la Iglesia.

De esta manera, los años de la realización del Concilio fueron ocasión para la reflexión y maduración del pensamiento de muchos obispos. Hoy quiero destacar un hecho, que aunque no pertenece a la esencia del Concilio, captó su espíritu y sigue siendo una oportunidad para reflexionar y pensar la Iglesia.

El hecho comenzó por algunas reuniones de un grupo de obispos, que animados por el espíritu de la reflexión conciliar y el momento histórico que se estaba viviendo, se plantearon un nuevo modo de ejercer su servicio en la Iglesia. Esto se concretó el 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio. Cerca de 40 padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de Santa Domitila, allí pidieron “ser fieles al espíritu de Jesús”, y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron “el pacto de las catacumbas”.

El “pacto” es una invitación a los “hermanos en el episcopado” a llevar una “vida de pobreza” y a ser una Iglesia “servidora y pobre” como lo quería Juan XXIII. Los firmantes -entre ellos muchos latinoamericanos y brasileños, a los que después se unieron otros- se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral.

 

Los puntos centrales de ese documento pueden resumirse así:


1.Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.

2.Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.

3.No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.

4.En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.

5.Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.

6.En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.

7.Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.

8.Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.

9.Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.

10.Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.

11.Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos: a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres; a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

14. Han pasado casi cincuenta años de este hecho, pero es interesante ver las consecuencias que sigue teniendo para la vida de la Iglesia hoy. La fidelidad al evangelio de Jesús debe ser nuestro referente en la Iglesia. Otras consideraciones, queridos amigos, quedan a su buen entender. Espero que estas reflexiones nos ayuden a seguir soñando y construyendo la Iglesia que Jesús quiere hoy.


P. Moisés Pérez

Director - ITEPAL



 









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