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LOS DIRECTIVOS DICEN:
Un Pastor con “olor a oveja y a Evangelio”. Monseñor Oscar Arnulfo Romero
 
Viernes 21 de Marzo de 2014
Se llamaba Óscar Arnulfo Romero Galdámez, cristiano, sacerdote, pastor y obispo en el “pulgarcito de América”, El Salvador.

Es el salvadoreño más universal, prueba de ello es una efigie suya en el frontis de la abadía de Westminster, en Londres. Ahí su imagen está colocada en una hilera de estatuas en honor de los mártires cristianos del siglo XX, entre la figura de Martin Luther King y el pastor luterano alemán Dietrich Bonhoeffer.

Se caracterizó en sus primeros años por una actitud moderada y observante de la disciplina eclesiástica. En esa época no era precisamente un hombre de “avanzada” en cuanto a planteamientos teológicos y pastorales en la línea de la justicia y el compromiso social. A tal punto que cuando fue nombrado por el Papa Pablo VI como Arzobispo de San Salvador, el 3 de febrero de 1977, muchos sacerdotes y laicos de la Arquidiócesis sintieron extrañeza ante ese hecho. Algunos consideraron a Romero como el candidato de los sectores conservadores que deseaban contener a los sectores de la Iglesia arquidiocesana que defendían las opciones pastorales de la reciente Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín.

Sin embargo Monseñor Romero era ante todo un hombre de Dios y por lo tanto sensible al clamor de la historia y al paso de Dios en medio de ella. Por encima de cualquier juicio o etiqueta que se le pueda colocar, para mí, ante todo, Romero era un hombre con una profunda experiencia de Dios y con un gran sentido eclesial, expresado en su lema episcopal “sentire cum Ecclesia”, sentir con la Iglesia.

Le tocó pastorear a la Arquidiócesis de San Salvador en un momento histórico muy complejo. Sus biógrafos dicen que un hecho marcó definitivamente su actuación. El 12 de marzo de 1977, el padre Rutilio Grande, S. J., su amigo íntimo, fue asesinado en la ciudad de Aguilares junto a dos campesinos. Grande llevaba cuatro años al frente de la parroquia de Aguilares, donde había promovido la creación de comunidades cristianas de base y la organización de los campesinos de la zona. El arzobispo reaccionó a este asesinato convocando a una misa única, para mostrar la unidad de su clero. El asesinato de Rutilio Grande y otros acontecimientos de represión en contra del pueblo, sacerdotes y laicos comprometidos en el trabajo pastoral hicieron que el Romero adoptase una postura de denuncia ante esos hechos.

A partir de ese entonces Monseñor Romero denunció en sus homilías los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros, de sus sacerdotes, y de todas las personas que recurrieran a él, en el contexto de violencia y represión militar que vivía el país. En sus homilías, recurrió sin temor a los textos de la Conferencia de Medellín, y pidió una mayor justicia en la sociedad. Sus predicas dominicales, transmitidas por la radio diocesana YSAX, denunciaban la violencia tanto del gobierno militar como de los grupos armados de izquierda. Señaló especialmente hechos violentos como los asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte y la desaparición forzada de personas, cometida por los cuerpos de seguridad. En agosto de 1978, publicó una carta pastoral donde afirmaba el derecho del pueblo a la organización y al reclamo pacífico de sus derechos.

Lógicamente que su actitud, de pastor y profeta, terminó incomodando a distintos sectores de la sociedad salvadoreña y aún dentro de la misma estructura eclesial.

Un día antes de su muerte, hizo un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño:

“Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles...  hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

Su consagración definitiva como pastor y mártir le llegó el 24 de marzo de 1980 cuando una bala detuvo su corazón al momento del ofertorio cuando presidía una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Al ser asesinado, tenía 62 años de edad.

Con el pasar de los años su figura se agiganta y nos recuerda a todos lo que debe hacer un pastor cuando su rebaño es amenazado por los violentos y los poderosos. Su figura aún sigue siendo objeto de controversia. ¿Pero qué profeta no lo es? El mismo Jesús fue signo de contradicción entre los suyos.

Sólo Dios sabe si el juicio de la Iglesia lo propondrá como santo en el santoral. Lo que si sé, es que su ejemplo y vida son un camino abierto para quienes quieran ser “pastores con olor a oveja” en palabras del Papa Francisco. Sea este mi sencillo homenaje en el 34 aniversario de su martirio.

 

P. Moisés Daniel Pérez

Director ITEPAL

 

 

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