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TESTIMONIO Y REFLEXIÓN
“Ay de mí si no evangelizare” 1 Cor 9, 16.
 
Martes 24 de Febrero de 2015
Mi nombre es José Roberto Vázquez Garfias, soy mexicano nacido en el Estado de Querétaro y quiero compartirles un poco de lo maravilloso que es el amor de Dios, su presencia y...

que sólo él es capaz de hacer lo imposible posible, pues los milagros existen en Cristo Jesús.

Año de 2011, la familia, el amor, el trabajo, las prisas, las tensiones, el deporte y los jóvenes, eran lo que rodeaba mi vida, licenciado de profesión, pero maestro por vocación, laboraba en una escuela Marista, en el área de Pastoral para ser precisos. Al salir del trabajo, me dirigí a hacer deporte con la cotidianidad acostumbrada, empero un día en particular mi vida tomaría un rumbo que fortificaría mi amor por el amado. A mitad de la rutina, comencé a sentir fuertes dolores que iban desde la pelvis hasta la espalda y recorrían mi lado izquierdo, quemaban e imposibilitaban mi movimiento, y tuve que abandonar el ejercicio para llegar a casa y continuar la jornada; como si no hubiera pasado nada.

Pasaron los días y entre las actividades y tensiones, el dolor continúo, al grado de visitar al doctor, no como opción sino como obligación. Visité tres doctores diferentes y cada uno mencionaba su teoría, no es nada, es sólo una infección, ha de ser psicológico, comentaban, hasta que orillado por la incertidumbre alcanzado por el dolor y el malestar, decidí realizarme un ultrasonido, y digo bien, realizarme, pues al preguntarle al doctor si debía o no profundizar en el caso, el reía reiterando la negativa. Y así fue como me realizaron la ecografía y al instante el doctor dijo que era un tumor.

¿Un tumor? Yo sólo conozco benignos y malignos, pero el doctor solo se concretó en decirme que era un tumor, que llevara los resultados a su colega para el seguimiento.  

El Espíritu Santo, Señor y dador de vida, ese que más que “tercerista” nos “primereo”, pues es Dios mismo, fue el verdadero responsable del noble seguimiento y despertar en mí la duda, lleve mis resultados y el doctor volvió a decirme que no estaban bien esos resultados, que no me preocupara, es ahí donde decido visitar al especialista. Así fue, hice cita con el urólogo, que dicho sea de paso me citó hasta finales de septiembre y eran finales de agosto. A Dios gracias él Señor hizo su acción. 

El 29 de agosto, después de múltiples complicaciones e intentos infructuosos el urólogo me dice: sí, es un tumor y lo más probables es que sea maligno, cáncer, esa palabra sonó por primera vez en mí hasta retumbar en mi confianza maltratada. El viernes 2 de septiembre, visité a otro doctor, para confirmar el notición, y sí, es maligno, hay que operar, entre más pronto mejor, dijo – traigo los papeles del seguro, le dije ¿tienes seguro? Sí, bendito seguro de gastos médicos - pues mañana, ¿qué? Sí, esto es grave y entre más pronto mejor, fue lo que dijo, Ok, respondí, mañana sábado será.

Al salir de la consulta, mi novia quién me acompañaba me preguntó: y ¿bien, qué pasó? Miraba sus ojitos de fortaleza pero con miedo en el alma, amor, mañana me operan. Sus lágrimas caían de sobremanera, y un abrazo silenció el momento - ¿qué hacemos? me dijo, antes de esto quería ir a misa - pues vamos a misa. 

Fuimos a misa y fue la más larga que recuerde, sólo agradecía, pero no entendía lo que Dios quería conmigo. Al llegar a casa compartí mi buena nueva: mañana me operan, parece que tengo cáncer, los amo mucho. 

En la mañana del 3 de septiembre y antes de que me sedaran, el Espíritu Santo susurraba en lo más profundo de mi ser “Dios no te trajo hasta aquí para volver a tras, y aunque haya un gigante, tu nunca temerás”. Después de la operación todo parecía normal - relativamente, tiempo de recuperación, ausencia en el trabajo, el apoyo de la familia en casa y a distancia, parecían preparar lo que yo desconocía. Aquí entra María, nuestra Buena Madre “María lo ha hecho todo entre nosotros” decía San Marcelino Champagnat, y así fue, nunca había sentido su amor, o mejor dicho, no me había permitido conocerle y reconocerme amado por ella.

Pasó el tiempo y después de una visita al oncólogo, todo parecía normal. Hasta que llegó el 2012, cargado de sorpresas y regalos. El dolor era mayúsculo, no podía estar de pie pues la espalda además de quemar, pesaba y dolía como nunca. Después de un viacrucis con diversos doctores, especialistas y análisis, regresé con el oncólogo y confirmó lo que desde un semestre anterior me envolvía de incertidumbre, tienes cáncer, hay metástasis en el retroperitoneo – sigo sin saber dónde está exactamente- y vas a requerir de quimioterapias, ¿tienes seguro de gastos médicos?

Llegué con otra oncóloga, tuve una entrevista en la que me compartía algo del cáncer, una mirada mínima, costos y otros detalles. 

A finales del mes de enero, comenzaron las quimios-quimioterapias, les decía así, pues pensaba que si las nombraba con cariño, tal vez no dolerían, triste realidad, aunque en cada oportunidad me recordaba “Dios no me trajo hasta aquí para volver atrás”, por fin, era todo un paciente con cáncer. Sin cabello, sin color en la piel, con dolores por todo el cuerpo, me dijeron que serían 3 ciclos de quimios, luego fueron cuatro, cinco, estudios y análisis con la posibilidad de concluir, pero no fue así, seis ciclos, siete, ocho, más estudios y análisis, nueve, diez y once ciclos, es decir, de lunes a jueves, de 10 am a 8 o 9 de la noche – once veces, 44 sesiones, creo que fueron muchas quimios. Cada que terminaba un ciclo de quimioterapias, conocía un nuevo especialista, pues aparecían dolores incluso cada una de estas era más dolorosa que la anterior, más de 150 piquetes en los brazos, el catéter y otras partes del cuerpo, vómito, pocas ganas de comer, pero a pesar de esto, mi reto era caminar, hacer algo de ejercicio y comer, comer para vivir, pues si Cristo se hubiera bajado de la cruz yo tendría derecho a bajarme y desconectarme, pero no lo hizo, el dolor era una oportunidad de hacerme un poco, sólo un poco como él, no podía, no quería renunciar a vivir – a luchar por la vida.

Hoy 14 de febrero de 2015, en México celebramos el amor y la amistad, y desde aquí, comparto que éste testimonio tiene sentido no por lo sufrido, sino por lo vivido, pues me siento un agradecido y bendecido de Dios. El 12 de diciembre, hace un año, me expresaban que ya no había necesidad de quimios, “el tumor estaba muerto”. El milagro más grande aún a pesar de que el año anterior el 7 de febrero me operaron para extraerme dos tumores, y sólo encontraron uno, éste benigno, no es que yo esté vivo. El milagro más grande es y será, el amor y la amistad de tantos que se unieron en oración, la nueva vida de la familia en oración. 

El poder de la oración, es junto con la fe, una lámpara que alumbra, pues por más pequeña que ésta sea, alumbra incluso la obscuridad más grande. El amor de mi familia; mi mamá Lucy y sus milagros, pues sin dinero la vasija será provista siempre por Dios, mi papá Armando y sus atenciones, su cariño y ternura, mis abuelos Miguel, Coco y María Elena, que me enseñaron a luchar, pues a ellos Dios les llamó mientras yo estaba en quimioterapias, hoy les recuerdo con amor y gratitud, mis hermanos, sus masajes, sus comidas, su oración e historias, Ana, Lalo y Armando, mi tía Vero con sus mensajes, mi tío Arturo con su visita y presencia desde muy lejos, Javits con sus deseos, Cynthia y su esperanza, mis alumnos con su donación de cabello, sus cartas, sus oraciones y detalles, mi trabajo, compañeros, amigos. Por supuesto, mi novia, Oli, con su amor, sus lágrimas, su espacio, sus besos, su trabajo – tanto, y delicadeza. Otros tantos que sin yo conocer, hacían y suplicaban al Señor de los oprimidos y protector de humillados por mí, otros estados, países, continentes que extendían su oración por mí.

Hoy comparto que gracias a tantos estoy aquí, y te invito a ti lector, a que creas en Dios, en el único que puede convertir tu vida en algo milagroso, pues tú eres un milagro vivo, créelo, créele a Él y no olvides que todos los días, son una oportunidad de bendecir, pues ya somos bendecidos por Cristo Jesús. AMÉN. 

«Les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31) 

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