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TESTIMONIO Y REFLEXIÓN
PENSANDO UNA ESPIRITUALIDAD ANCLADA EN LA CORPORALIDAD
 
Martes 28 de Marzo de 2017
El catolicismo occidental ha vivido demasiados siglos una espiritualidad vinculada a la búsqueda de la unión del alma con Dios, considerando el alma como...

un principio vital de carácter eterno, que permite al ser humano trascender más allá de la muerte. En esto la espiritualidad de la Iglesia Católica se ha basado fundamentalmente en los principios de la filosofía griega, específicamente en Platón, que siguiendo el pensamiento de Sócrates defiende racionalmente la inmortalidad del alma. Pero si la muerte, e incluso la vida, fueran eso y solo eso, entonces no se necesitaría de Jesucristo, ni de la resurrección e incluso se podría prescindir de la vida definitiva entendida como un don de Dios, porque todo ocurriría como consecuencia de la naturaleza de las cosas, a las que se puede acceder por medio de la razón. 

En este sentido, el vuelco más importante lo da el Concilio Vaticano II que afirma en el número 14 de Gaudium et Spes: «El ser humano, unitario en su dualidad de cuerpo y alma, es, por su condición corporal, una síntesis del universo material, el cual encuentra su plenitud en el hombre y por medio de éste puede alabar libremente a su Creador; por eso no le está permitido al hombre despreciar su propia vida corporal, sino que está obligado a considerar su cuerpo como bueno y digno de honor, ya que ha sido creado por Dios y ha de resucitar el último día». En este texto se enfatiza la unidad del ser humano, él es uno en cuerpo y alma, podríamos decir que es un cuerpo animado y un alma incorporada. Es decir, a mi modo de ver, el alma y el cuerpo son inseparables, porque forman una sola persona, única e indivisible. 

La valoración de la corporalidad se funda en dos verdades teológicas que hunden sus raíces en la revelación: que la materia ha sido creada por Dios, quien al crearla “vio que era buena” (Gn 1,31) y en el hecho de que la resurrección es en la carne, es decir, la vida definitiva asume todo lo que somos y no sólo un principio inmaterial, sino que toda la persona, desde su más profunda interioridad, hasta su mundo de relaciones, porque es toda la Creación la que gime dolores de parto hasta que se revelen los hijos de Dios (cfr. Rm 8, 18 – 23) al punto que un teólogo como Ruiz de la Peña habló de la Pascua de la Creación. A esto debemos agregar el aspecto central, el punto de unión definitivo entre Dios y la carne mortal, el misterio de la Encarnación, a través del cual el Verbo, la Palabra, el Hijo y con él toda la Trinidad, se hace carne (Jn 1,14), asume nuestra condición frágil, contingente, para de esa manera compartir todo lo nuestro (cfr. Hb 4,15) y esto, lo hace por amor. 

De este modo no podríamos entender que nuestra corporalidad sea algo malo, sino muy por el contrario, algo bueno y querido por Dios. Es cierto que asumir nuestra condición frágil es complejo, pero a la vez es una gracia porque nos permite reconocernos necesitados de los demás y sobre todo de Dios. Es la apertura por donde le permitimos a Él habitar en nosotros y que su fuerza se manifieste en nuestra debilidad (cfr. 2 Co 12,9). 

Todo lo cual nos debe conducir a elaborar una espiritualidad que brote del evangelio de Jesús y que sea mucho más integradora, donde el dinamismo interior alimente nuestra capacidad de abrazar todo lo que somos, de sanar nuestras heridas – que siendo muy interiores muchas veces están marcadas en nuestro propio cuerpo - y de expresar el amor con el compromiso de la vida completa. Esto nos puede ayudar a sintonizar con las búsquedas actuales, en especial, de los jóvenes, que se expresan a través de su corporalidad: en el deporte, el contacto con la naturaleza, la comunicación de los afectos y también asumiendo el cuerpo como vehículo comunicación (a través de los tatuajes por ejemplo). Valorando estas expresiones y búsquedas podremos dialogar con ellos y ayudarles a descubrir que en todo esto también se expresa la presencia de Dios. Porque se trata de reconocer que hemos sido llamados por el Señor a ser fuentes de comunión, incorporando las distintas dimensiones de nuestra vida, abriéndonos a la relación con los demás y a toda la creación. 

<> (E. Moltmann – Wendel, Mi cuerpo, 168).

Padre Matías Valenzuela sscc

 

 

 

 

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