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Homilía de Mons. Bruno Musarò, en el Seminario Industrias extractivas

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Homilía de la Eucaristía de inauguración de Mons. Bruno Musarò en el Seminario Internacional sobre Industrias Extractivas (minería e hidrocarburos) que se realiza en Lima, Perú.

Chaclacayo, 14 de junio de 2011

 

2 Co 8, 1-9
Ps 145
Mt 5, 43-48

 

         Queridos Hermanos:

         Me alegra estar con ustedes al inicio de este Seminario Internacional sobre Industrias Extractivas (Minería e Hidrocarburos), organizado por el Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM con el auspicio de MISEREOR.

 

         Al participar en esta Eucaristía actualizamos, aquí y ahora, la Pascua de Jesús en el contexto de América Latina y El Caribe. Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz de Jesucristo, para ponernos al servicio del Reino anunciado por Jesús, que vino “para que todos tengan vida y la tengan en plenitud[1].

         En la liturgia de hoy la Palabra de Dios adquiere un significado muy particular para la reflexión sobre los desafíos presentes y futuros de los modelos de explotación de recursos naturales,  a fin de tomar acciones que promuevan el desarrollo humano integral, solidario y sustentable; pues ellos afectan la calidad de vida y atentan contra los derechos de nuestros pueblos.

         El salmista nos invita a fijar nuestra mirada y nuestro corazón en Dios, creador del cielo y de la tierra, del mar y cuanto hay en él; que hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos.

Por eso le decimos hoy y siempre: «Alaba alma mía al Señor»[2].

 

         Este salmo nos introduce en una especie de templo cósmico que tiene por ábside los cielos y por naves las regiones del mundo. En el interior de este “templo” declara dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob que es fiel perpetuamente. Luego menciona rasgos de la misericordia divina hacia los pobres y los que sufren.

 

         El contraste entre la grandeza del Creador, la creación y el pecado del hombre nos remite a la vocación primera del ser humano y a las consecuencias de su infidelidad. El hombre fue creado a imagen de Aquel que gobierna el universo. Es la imagen viva que participa con su dignidad en la perfección del modelo divino. Su tarea, definida en el Libro de la Sabiduría, es la de gobernar «con justicia y santidad»[3].

 

         Si nuestra mirada recorre los países de América Latina y El Caribe, de inmediato nos damos cuenta que hemos defraudado gravemente a Dios,  Creador y Señor de nuestras vidas. El hombre ha devastado sin vacilación llanuras y valles, ha contaminado las aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha alterado los sistemas hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha realizado formas de industrialización salvaje, humillando – con una imagen del gran poeta italiano Dante Alighieri – «el jardín»[4] que es la tierra, nuestra morada.

 

         Por eso, S.S. Benedicto XVI afirma con claridad que «la Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y proteger a la persona humana…»[5].

 

         Además, es importante valorar la vivencia espiritual de los pueblos indígenas, que desde sus orígenes se sienten parte de la madre tierra y se relacionan con ella como “matriz de la vida”. Para el quechua andino “la tierra es un ser vivo…”. Es la “pacha mama” (madre tierra). Para el guaraní, al romper el hombre la armonía con la naturaleza, se quiebra la solidaridad humana. Los mayas al estar en contacto con el medio ambiente, no hablan de Dios sino le hablan a Dios. Las culturas originarias, por tanto, expresan un espíritu que descubre la sabiduría y la fuerza de Dios en el universo y en los bienes de la creación (agua, aire, suelo). Es fácil para ellos comprender la relación armónica de la persona con la naturaleza. Por eso la respetan y la aman como “casa común” de todos.

 

         En el documento de Aparecida, la Iglesia Latinoamericana ha ofrecido algunas propuestas y orientaciones: «Evangelizar a nuestros pueblos para descubrir el don de la creación; profundizar la presencia pastoral en las poblaciones más frágiles y amenazadas por el desarrollo depredatorio para apoyarles en sus esfuerzos y lograr una equitativa distribución de la tierra, del agua y de los espacios urbanos; buscar un modelo de desarrollo alternativo, integral y solidario, basado en una ética que incluya la responsabilidad por una auténtica ecología natural y humana, que se fundamenta en el evangelio de la justicia, de la solidaridad y del destino universal de los bienes y que supere la lógica utilitarista e individualista que no somete a criterios éticos los poderes económicos y tecnológicos. Por tanto, alentar a nuestros campesinos a que se organicen de tal manera que puedan lograr sus justos reclamos»[6].

 

         En este contexto, hemos escuchado a san Pablo que nos expresa el fundamento de la acción social de la Iglesia: «Bien saben lo generoso que ha sido Nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por ustedes se hizo pobre, para que ustedes, con su pobreza, se hagan ricos»[7]. Y Pablo pasa de la teoría a la acción: invita a todos los cristianos de Corinto para que participen con generosidad en la colecta que se está organizando a favor de la Comunidad de Jerusalem. Pablo amó mucho este proyecto, según podemos entender en sus escritos, porque veía en él algo más que una recolección y distribución de limosnas.

 

         Es un llamado a la generosidad para con los más pobres. Y la respuesta fue ejemplar. No dieron lo que tenían, sino que «se dieron a sí mismos»[8]. Pablo ha propuesto con esta iniciativa que la actitud de apertura y solidaridad con los demás deba caracterizar a los seguidores de Jesús. En consecuencia, la propuesta paulina va mucho más allá del dinero o de la economía; es una propuesta de justicia y solidaridad global. Está en juego no sólo una ecología física que atenta contra el hábitat natural de los diversos seres vivos, sino también una ecología humana que asegura una vida digna y armónica entre las personas protegiendo los bienes de la creación.

 

         Lo más difícil (humanamente imposible) nos pide Jesús en el Evangelio de hoy. Como seguidores suyos, debemos “amar a nuestros enemigos, orar por los que nos persiguen[9]. Así lo hizo el mismo Jesús desde la cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»[10]. Esta oración se hizo efectiva desde su resurrección. Gracias a Cristo resucitado la humanidad de hoy puede afirmar: ¡Es posible la esperanza de los cielos nuevos y una nueva tierra donde habiten la justicia y solidaridad efectiva en toda la humanidad!

 

         Sólo así nos aproximaremos al proyecto de Dios, que Jesucristo subraya hoy con la expresión definitiva: «Ustedes, pues, sean perfectos como el Padre celestial es perfecto» [11]

 

                                                                 Mons. Bruno Musarò
                                                                   Nuncio Apostólico

 

NOTAS



[1] Jn 10, 10

[2] Ps 145

[3] Sb 9, 3

[4] Paraíso XXII, 151

[5] Mensaje por la Paz, 1º/01/2010. Nº 12

[6] Aparecida 474, a), b) y c)

[7] 2 Co 8, 9

[8] 2 Co 8, 5

[9] Mt 5, 44

[10] Lc 23, 34

[11] Mt 5, 48











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