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13 de Diciembre, 2011
Obispos patagónicos cuestionan a la gran minería

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Mons Bressanelli (obispo de Comodoro Rivadavia), Fernando C. Maletti (obispo de San Carlos de Bariloche), Esteban M. Laxague (obispo de Viedma), Marcelo Melani (obispo de Neuquén), Néstor Navarro (obispo del Alto Valle del Río Negro), Juan Carlos Romanín (obispo de Río Gallegos) y José Slaby (obispo de la Prelatura de Esquel) cuestionaron a la gran minería y al Estado por promover la destrucción de los recursos naturales e impactar a las poblaciones donde se asientan los yacimientos.

A través de un comunicado afirman que "El drama de Belén hoy se repite. Hay quienes no tienen lugar porque se les niega el derecho a la vida antes de nacer, así como existen ancianos que sufren el desalojo y alejamiento de su propia familia. Hay familias que por la inseguridad y la violencia sufrida pierden su casa y sus bienes. Y de no tomarse en serio el cuidado del suelo, el aire y el agua muchos más quedarán sin un lugar para vivir", dice el documento.

¿Qué intenciones pueden inspirar a ciertos proyectos que terminan transformando una naturaleza llena de vida en tierra de muerte? La explicación posible parece ser la búsqueda del lucro inmediato sin alguna preocupación por el futuro.

Esta actitud no tiene en cuenta el bien común y prioriza el interés de unos pocos en desmedro de las necesidades de la familia humana de hoy y de mañana", señala el comunicado.

"Constatamos que con frecuencia las empresas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo. Generalmente al cesar sus actividades y al retirarse dejan grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación; pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener", cuestiona el documento.

La pesca y la minería son actividades necesarias, nobles y dignas de ser aprobadas, siempre que se ejerzan evitando la depredación impune y la contaminación. Hay que cultivar la tierra, sin intoxicarla y sin agotarla. Todas las actividades productivas y extractivas, deben respetar un determinado orden inscrito en las leyes y en la finalidad de la naturaleza para que no se vuelvan contra el hombre.

Debemos entonces ser consientes y estar preocupados por las consecuencias de la actividad del hombre, sobre los frágiles equilibrios del planeta. La afirmación del Evangelio que estamos comentando, es dramática y muy triste: ‘no había lugar', más dramática y triste cuando es producto del egoísmo humano y de una ausencia total de solidaridad" añaden los obispos.











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