¡Jesús es la misión!


28 de Noviembre, 2011
Mons. Stanovnik,en su alocución en el Congreso de ADVENIAT, afirma: "Jesús es la misión! Él es el nuevo punto de partida, siempre; Él es el método, el estilo y el fin de la misión"

"Discípulos y misioneros de Jesucristo
para una Iglesia en estado permanente de Misión.
Desafíos teológico-pastorales cinco años después de Aparecida"

La primera interpretación de Aparecida y del Documento Conclusivo la hizo el Santo Padre Benedicto XVI en la Carta de presentación[1]. En efecto, a los dos meses de haberse celebrado la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y El Caribe, el Papa señaló que ese acontecimiento eclesial “se ha caracterizado por el espíritu de comunión”, y que ha leído “con particular aprecio las palabras que exhortan a dar prioridad a la Eucaristía y a la santificación del Día del Señor en los programas, así como las que expresan el anhelo de reforzar la formación cristiana de los fieles en general y de los agentes de pastoral en particular. En este sentido, –continúa diciendo el Papa– ha sido para mí motivo de alegría conocer el deseo de realizar una “Misión Continental” que las Conferencias Episcopales y cada diócesis están llamadas a estudiar y llevar a cabo, convocando para ello a todas las fuerzas vivas, de modo que caminando desde Cristo se busque su rostro.”

Rescatemos las tres acentuaciones que aparecen en esa Carta, vinculadas estrechamente a la vida en Cristo del discípulo misionero: 1. la importancia de la eucaristía y la santificación del domingo; 2. la necesidad de reforzar la formación cristiana de los fieles en general y de los agentes de pastoral en particular; 3. la Misión Continental. Con el transcurrir de los años, los énfasis que han sido colocados en esa primera lectura de Aparecida, fueron adquiriendo cada vez mayor vigencia. Entre ellos, la Misión Continental –entendida como misión permanente o pastoral misionera–, se fue convirtiendo progresivamente en la clave principal para profundizar el Documento conclusivo. Podríamos afirmar que Aparecida es hoy sinónimo de Misión. Misión que se alimenta de la celebración de la Palabra y la Eucaristía y se refuerza mediante la formación cristiana de sus miembros. Estos tres aspectos fundamentales, que podríamos sintetizar en vida, formación y misión, son los puntos a los que habitualmente se recurre para evaluar la recepción y aplicación de Aparecida.

Acerca de la importancia que fue adquiriendo la dimensión misionera de la Iglesia en América Latina y El Caribe, añadimos la opinión que emitió recientemente el Consejo especial de la Secretaría General de la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos[2]. Allí se da cuenta sobre los resultados positivos de la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y El Caribe, que “suscitó la conciencia de que toda la Iglesia en el continente debe estar en estado de misión”. El comunicado del Consejo se refiere también a la buena disposición respecto de los Lineamenta de la próxima XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos, cuyo tema es “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

  1. 1.      El impacto inmediato

Antes de que trascurriera el año de la celebración de Aparecida, se reunieron los Presidentes de las 22 Conferencias episcopales de América Latina y El Caribe para estudiar y aprobar la propuesta de la Misión Continental. Además, en ese encuentro, los Presidentes compartieron sus testimonios sobre la experiencia de post Aparecida. Todos destacaron la gran trascendencia que tuvo esa reunión episcopal en sus respectivas conferencias. Algunas expresiones pueden ilustrar dicho impacto: fue un verdadero acontecimiento del Señor; hubo mucha receptividad y mucho interés por Aparecida y por el Documento Conclusivo; entró en el plan pastoral de las diócesis; se percibe una gran expectativa de los laicos sobre la misión; se formó una comisión de vicarios generales para la aplicación del Documento Conclusivo; se realizó una asamblea eclesial diocesana como primera aproximación a Aparecida, que culminó con la I Asamblea Eclesial Nacional; en todas las diócesis se realizaron acciones para llevar Aparecida a la gente; hay muchas expectativas sobre la Misión Continental.

En este contexto, cabe destacar el interés que manifestó la Pontificia Comisión para América Latina durante el período inmediatamente posterior a Aparecida. Eso se pudo comprobar en el Discurso del Santo Padre[3] a la Curia Romana sobre Aparecida y darle así una difusión universal; reuniones con los embajadores, los rectores de los colegios donde hay estudiantes latinoamericanos, encuentro con religiosos/as estudiantes que están en Roma; y con los rectores de las Universidades para que se favorezcan tesis doctorales a partir de Aparecida.

  1. 2.      La asimilación progresiva

Pasados cuatro años de la V Conferencia General, la Secretaría general del CELAM ha presentado un informe sobre la aplicación de Aparecida en las diversas conferencias episcopales de la región. Allí se hace referencia a la conmoción que producido esta reunión episcopal y constata que distintas conferencias episcopales se han dado a la tarea de promover el conocimiento, difusión y aplicación del Documento conclusivo con creatividad y empeño evangelizador, asumiendo la pedagogía de Aparecida en su Planes Pastorales y elaborando subsidios para afianzar dichos procesos. Esto hace que en varias diócesis la Misión continental forme parte de los planes diocesanos de pastoral. Se toma conciencia cada vez más de que esta misión exige formación, como lo señalaba el Santo Padre en la Carta de presentación del documento. Al mismo tiempo, se constata la dificultad de comprender que la Misión continental es un proceso permanente y que la misma consiste en pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera.[4] Ante la pregunta cuáles serían los indicadores que darían cuenta de que se está en estado permanente de misión, la respuesta sería: cuando se tenga un plan pastoral con inspiración misionera, lo cual supone integrar a ese plan tres modalidades de la pastoral misionera: 1. la pastoral para los cristianos; 2. la nueva evangelización para los ex cristianos; 3. el primer anuncio para los que no ha oído hablar de Cristo. Y además, cuando quede instalado el ejercicio de la Lectio divina, dice el informe de la Secretaría, y se afiance la prioridad de la Eucaristía y la santificación del Día del Señor, como lo subrayaba el Papa. Todo esto supone la conversión eclesial y pastoral, que debe tocar el ser y el quehacer de toda la Iglesia y de todos en la Iglesia. De modo que, aun cuando se coloque el énfasis en un plan pastoral de excelencia y se lleven a cabo acciones pastorales en plena conformidad con ese plan, podríamos decir que se está en estado permanente de misión, pero no podríamos asegurar todavía su eficacia evangélica. Ésta no procede de una mera eficiencia en la aplicación de un plan, sino de la humilde docilidad de “toda la Iglesia y de todos en la Iglesia” a Dios que da la gracia y hace fecunda su obra.[5]

  1. 3.      El realismo evangélico

Hasta aquí, y luego de casi cinco años de Aparecida, tendríamos un panorama más bien alentador. Sin embargo, el Plan Global que elaboró el CELAM para el período 2011-2015, donde ofrece datos de análisis para la elaboración de las propuestas pastorales, no presenta un panorama tan reconfortante como lo veíamos hasta ahora sobre la realidad eclesial. Voy a hacer referencia sólo a algunas observaciones que encontramos en ese documento, referidas a la experiencia del discipulado y la misión. Por ejemplo, allí leemos que “no se vive plenamente la colegialidad episcopal, la comunión misionera y la comunicación con algunas conferencias episcopales de América Latina y de El Caribe”; “falta solidaridad en la comunión de bienes al interior de las iglesias y entre ellas”; haciéndose eco de la renovación iniciada por el Concilio Vaticano II e impulsada por las anteriores Conferencias generales, particularmente en lo que se refiere a la valiente acción renovadora de las parroquias a fin de que se vuelvan misioneras, se constata que “ha faltado valentía, persistencia y docilidad a la gracia”; en ese texto se evoca también la opinión que expresaron los obispos en la pasada Asamblea Ordinaria[6], donde advierten que “existe una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresión, con énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, con una espiritualidad individualista. Falta una evangelización más profunda de la Iglesia”; más adelante se da cuenta que el llamado a la “Misión continental y permanente todavía no recibe una respuesta adecuada por parte de todas las Iglesias locales ni por todos en la Iglesia”; se notan “procesos de formación de agentes de pastoral que son, por lo general, débiles por su falta de calidad y de continuidad”; es grave la observación que se hace sobre el agobio, el desánimo y el cansancio que viven los agentes de pastoral, incluyendo a los sacerdotes, y una falta de liderazgo preocupante; a esto se suma que las estructuras de discernimiento, acompañamiento y formación de nuestras instituciones eclesiales no logran imprimir un decidido carácter misionero a la evangelización de la Iglesia. Allí se dice también que “muchas de nuestras familias cristianas y jóvenes bautizados tienen una lejana experiencia de comunión personal con Dios Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo, debilitando la identidad del discípulo misionero”.

Quisiera llamar la atención sobre una reflexión del Departamento de Comunicación y Prensa, que se encuentra en el Plan Global. Se refiere a una realidad de fondo que debería estar presente en todos los programas del CELAM y en toda la pastoral misionera de la Iglesia. Se trata de una realidad esencial, estrechamente vinculada con el método, que emerge con la pregunta a la que se enfrentan todos los agentes de pastoral: “¿cómo se hace?”. Puesto que la respuesta a esa pregunta nunca puede ser meramente funcional, el desafío estará en acertar con la respuesta adecuada. La observación que hace el mencionado Departamento es la siguiente:

El «ver», no puede ser únicamente a la realidad y desafíos que ésta nos depara, sino teniendo muy en cuenta «desde dónde se mira». De aquí que la mirada a la realidad con sus desafíos se hizo a la luz de una eclesiología de comunión y diálogo. Es necesario asumir que la comunicación de la Iglesia requiere coherencia entre el “camino” y la “meta”, y sólo en esa constante convergencia de todas sus dimensiones se puede hacer de la comunicación un proceso de transparencia creíble para todos.

Esa “constante convergencia” entre el camino y la meta se da plenamente en la persona viva de Jesús, Camino, Verdad y Vida. El encuentro con Él hace que esa convergencia también se realice en el discípulo y en la Iglesia. Pero, todo depende del punto de partida, o como leemos en el texto arriba citado, depende del “ver” y “desde dónde se mira”. Como podemos notar, el primer paso del método ver, juzgar y actuar, es crucial, no sólo para que la comunicación sea un proceso de transparencia creíble para todos, sino más aún, para que el discípulo misionero y la Iglesia toda crezca “no por proselitismo sino “por ‘atracción’: como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor”[7]. Esta experiencia única y original, que nace del encuentro con Jesucristo, es la que permite tener la mirada cristiana de la realidad y de sus desafíos. Volvemos así al punto de partida: la experiencia del discipulado misionero se inicia siempre a partir del encuentro con Jesucristo vivo y en el seno de la comunidad creyente. Esa experiencia toca el núcleo de la vida de todo bautizado y de la Iglesia entera, y le da esa visión nueva que sólo puede tenerla el cristiano.

  1. 4.      Recomenzar desde Cristo

Es de vital importancia subrayar, como lo recuerda Aparecida en tres ocasiones, la necesidad de “recomenzar desde Cristo”[8], reconociendo que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[9]. Porque “sólo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría (…) salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar.”[10] Toda la dinámica pastoral, que desvela hoy el corazón de la Iglesia y está en el centro de la preocupación de los agentes de pastoral consiste, a mi modo de ver, en tres puntos fundamentales: 1. Cómo anunciar hoy a Jesucristo vivo; 2. Cómo introducir a la experiencia del encuentro personal con Jesucristo vivo y generar el camino del discipulado; 2. Cómo hacer para que toda la comunidad eclesial sea misionera. Estos tres interrogantes responden a las tres realidades que mencionábamos antes: vida, formación y misión.

Los desafíos pastorales que están detrás de esa inquietud tocan la cuestión del método: “¿Cómo hacer?”. Los Lineamenta para el próximo Sínodo de Obispos reflejan, en el fondo, la misma inquietud que motivó la reunión de Aparecida: la urgencia de pensar cómo proponer de nuevo el encuentro con Jesucristo vivo y, a partir de la profunda transformación y alegría que produce ese encuentro, transmitirlo a los otros. De nuevo estamos en el punto de partida: cómo hacer hoy para transmitir la fe cristiana. En la Introducción del Documento conclusivo, la Iglesia se siente convocada a “repensar y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales”, pero también se dice en qué debe consistir ese “relanzamiento”, para colocarnos en el centro del núcleo teológico de Aparecida:

“Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu.”[11]

¿Qué es aquello que se trata de confirmar, renovar, y revitalizar? “La novedad del Evangelio, que debe partir de un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros”. Este es el principal desafío teológico-pastoral que se presenta, no sólo a las Iglesias que están en esta parte del mundo, sino a la Iglesia universal. Así lo consigna el Papa Benedicto XVI en el Motu proprio Porta fidei[12], con el que acaba de convocar el Año de la Fe:

Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo (n. 1). El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo (n. 6). Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano (n. 13). Que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero (n. 15).

Todo esto revela que en el corazón de la Iglesia late un profundo deseo de reencontrarse más intensamente con Jesucristo, ponerse de nuevo en actitud de discípula ante su Señor y Maestro, para abrirle el corazón y escuchar de Él el envío a la misión, para el bien integral de nuestros pueblos, y así “en Él tengan vida”. Es decir, vivir cada vez más en Cristo y obrar con la mente de Él.[13]

  1. 5.      Aparecida: rectificar la mirada para revitalizar la misión

Si prestamos atención, el primer capítulo del Documento Conclusivo se abre con una confesión gozosa de fe en Jesucristo y en la Iglesia. Esa confesión es la que hace posible la visión cristiana de la realidad. Recién en el segundo capítulo se entra de lleno al análisis de “La realidad que nos interpela como discípulos y misioneros”. En ese análisis no hay una mirada ‘aséptica’ de la realidad, sino todo lo contrario, es una mirada ‘contagiada’ por la experiencia del discipulado y la misión. Pero ese ordenamiento teológico: confesión de fe – análisis de la realidad, fue ampliamente debatido en la Asamblea. Un número consistente de miembros de la Conferencia quiso trasladar ese primer capítulo a otra parte del documento, para que el primer paso del “ver” fuera sin más preámbulo el análisis de la realidad. Finalmente, una mayoría cualificada decidió que el primerísimo movimiento del “ver” creyente expresara, sin dilaciones, la confesión gozosa y agradecida de la fe del discípulo misionero en Jesucristo y en la Iglesia.

Por ello, el ver cristiano está íntimamente vinculado a la experiencia del encuentro con Jesucristo, cuyo contexto necesario es la comunidad eclesial, dando así luz y significado a los datos de la realidad. La respuesta evangélica a la que nos desafía la realidad deberá darse en esa “constante convergencia” entre el ser y el hacer, la fe y la vida, la contemplación y la acción, el contenido y el método, el camino y la meta, el medio y el mensaje…, convergencia que ningún programa o estructura puede dar por sí misma. Esa “convergencia”, puro don del Espíritu Santo, se encuentra en un hermoso texto del primer capítulo del Documento Conclusivo, donde se da cuenta de la alegría del don ser cristianos, de poder vivirlo en comunidad y de anunciarlo con gozo a los demás, que bien podría servir como un texto para expresar el núcleo teológico pastoral, al que nos desafía hoy la pastoral misionera: 

“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.”[14]

Por eso, es acertada la afirmación que dice “la misión es relación”[15]. La renovación de la pastoral misionera pasa por el modo de relacionarse con los demás, porque “importa el vínculo que se crea, que permite transmitir “actitudes” evangélicas”. Ese estilo de misión lleva al encuentro personal para transmitir a Cristo. Por eso, la misión necesita de la cercanía cordial. Y el desafío, desde esa cercanía, es llegar a todos sin excluir a nadie. En el último subsidio del CELAM se describe la Misión continental a partir de las vocales: A, E, I, O, U. De donde se deriva que la misión será un acercarse cariñoso, devoto, respetuoso a la gente;  la misión invitará de corazón a vivir el encuentro con Jesucristo vivo; la misión nos moverá a tomar conciencia de nuestra identidad de discípulos misioneros; Los otros son aquellos que están más allá de nuestra orilla; La misión nos pide unidad de todos, obispos, sacerdotes, religiosos, consagrados, laicos, movimientos y comunidades, en torno a la pastoral misionera, para anunciar a Jesucristo en el mundo entero.

Esta misión, que pone un acento nuevo en los vínculos personales, los cuales se establecen a partir de un siempre renovado encuentro con Cristo, “debe tener en cuenta “explícitamente su presencia en la persona de los pobres y excluidos[16] –leemos en el Itinerario–; para ello, la misión permanente requiere de una conversión personal, pastoral y eclesial e “implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales”[17]; y tiene, además, una dimensión ecuménica: no pretende hacer prosélitos, crece por desborde de alegría y por contagio espiritual.[18] Esa cercanía misionera confirma la importancia y la valoración de la religiosidad popular porque nos lleva a descubrir lo que ya hay de Dios en el corazón de nuestros pueblos.[19]

La conversión personal, pastoral y eclesial es el principal desafío para ese nuevo estilo comunional de misión, en la que se priorizan los vínculos. En el centro de este horizonte debe estar siempre la persona viva de Jesús. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza!, dijimos en Aparecida. También hoy –dijo el Santo Padre– es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.[20]

 Al recordar Aparecida, a los cinco años de su celebración, como una extraordinaria experiencia de comunión y misión en la Iglesia, confesamos exclamando: ¡Jesús es la misión! Él es el nuevo punto de partida, siempre; Él es el método, el estilo y el fin de la misión.

Corrientes, 13 de noviembre de 2011

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes



[1] DA (Documento de Aparecida); Benedicto XVI, A los hermanos en el Espiscopado de América Latina y del Caribe, 29 de julio de 2007.

[2] XVI Reunión del Consejo especial de la Secretaría General de la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos, a la luz de la Exhortación post-sinodal Ecclesia in América, Roma, 27 al 28 de octubre de 2011.

[3] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 21 de diciembre de 2007.

[4] DA, n. 370.

[5] Cf. Jn 15,5.

[6] Actas de la XXXIII Asamblea Ordinaria del CELAM, 16-20 de mayo de 2011, Montevideo, Uruguay.

[7] DA, n. 159.

[8] DA, n. 12, 41, 549.

[9] Deus Caritas Est, 1.

[10] DA, n. 549.

[11] DA, n. 11.

[12] Benedicto XVI, Motu Proprio Porta Fidei, 11 de octubre de 2011.

[13] Cf. 1Co 2,16.

[14] DA, n. 29.

[15] Carta pastoral de los obispos argentinos con ocasión de la Misión Continental, Comisión permanente de la Conferencia Episcopal Argentina, 20 de agosto de 2009, n. 19.

[16] Cf. DA, n. 550.

[17] DA, n. 367.

[18] Benedicto XVI, Homilía en la Eucaristía de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 13 de mayo de 2007, Aparecida, Brasil.

[19] Cf. Carta pastoral de los obispos argentinos…, n. 20.

[20] Benedicto XVI, Porta Fidei, n. 8.

 

 


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