La democracia debe ser participativa: Mons. Bodeant en V COMLAC


10 de Octubre, 2016

“Es necesario pasar de una democracia de electores, a una democracia de participación, es decir, a una democracia de ciudadanos con capacidad de incidencia y poder real”, expresó el presidente de la Comisión de Comunicación del CELAM, monseñor Heriberto Bodeant, al intervenir en el panel inaugural del Congreso Latinoamericano y Caribeño de Comunicación, V COMLAC, que se lleva a cabo en Asunción, Paraguay.  Resaltó el valor de la democracia, recordando que han pasmosado por la experiencia de perder la democracia y probar ‘otras formas’, han “aprendido dolorosamente su valor.

Según dijo, los comunicadores pueden contribuir a fortalecer la democracia cuando “los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural”, conforme así lo expresara el ahora papa emérito, Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate (CV 73).

Agregó que, así también, los comunicadores contribuyen al enriquecimiento de la democracia y la ciudadanía creando puentes dentro de una sociedad disgregada, fragmentada, “que no solo separa ‘excluidos’ de ‘integrados’, sino que atraviesa también esos dos campos”. Recordó lo expresado por el Papa Francisco en su mensaje para la Jornada de las Comunicaciones Sociales de este año, cuando señalaba que “La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad.”

Alentó a los comunicadores a buscar la verdad en la sociedad de la superficialidad y la inconsistencia, al comentar que en algunos medios ha visto y “sufrido los empeños de mostrar la realidad ‘cuanto peor mejor’ con un total desdén no sólo por la verdad, sino también por la dignidad de las personas, privilegiando el sensacionalismo y amarillismo sobre el servicio”. “El derecho a la información veraz es indudable; el derecho a la dignidad y a la buena fama de las personas también”, subrayó.

Finalmente señaló que es necesario “atreverse a proponer la profundidad de la Misericordia en la sociedad del entretenimiento” y explicó que la Misericordia debe hacerse “desde lo más profundo de la persona”, porque “si no hay un profundo sentimiento de solidaridad por la miseria del otro, pueden volverse banales”.

A este propósito recordó una frase “atribuida a la Madre Teresa: “Preferiría cometer errores con gentileza y compasión antes que obrar milagros con descortesía y dureza”.

“Más allá de este Año Jubilar, sigamos buscando y haciendo hablar a los testigos de auténtica Misericordia, convencidos, con Francisco, de que “la Misericordia cambia el mundo”, concluyó.

Tomado de http://comlac.org

 

TEXTO DE LA PONENCIA DE MONS. HERIBERTO BODEANT

Comunicación, ciudadanía y democracia.

Quienes han estudiado la estructura de los cuentos populares hacen notar que en el comienzo del relato suele presentarse un estado idílico: una familia real feliz, un reino en paz. De pronto, sobreviene algo imprevisto: la princesa es secuestrada, el reino es asolado por un dragón, etc. Un acontecimiento funesto ha quebrado esa armonía inicial. El argumento que empieza a desarrollarse será el esfuerzo de los protagonistas por volver a establecer un estado feliz, superando adversarios y adversidades.

Cuando esto sucede en la vida real, sin princesas ni dragones, pero con hombres y mujeres de carne y hueso, con amenazas, catástrofes o conflictos reales, aparece la noticia. Las cosas que están bien no son noticia. La ruptura de ese bienestar sí lo es. La salida de esas situaciones y la acción de quienes lograron el cambio, también lo es, aunque a veces no aparezca tan rápidamente como la otra.

La democracia, en sí, no es un estado idílico. Allá por 1947, a dos años del fin de la Segunda Guerra Mundial, a treinta años de la Revolución Soviética en plena era Stalinista, Winston Churchill expresaba ante la Cámara de los Comunes “se ha dicho que la democracia es la peor de todas las formas de gobierno, excepción hecha de todas las otras formas que han sido probadas de cuando en cuando.” O sea, la forma menos mala o la mejor posible.

Los que hemos pasado, como mi generación en Uruguay, por la experiencia de perder la democracia y probar “otras formas”, hemos aprendido dolorosamente su valor. Mirando a nuestras democracias suele decirse, como escribía un periodista amigo: “Es necesario pasar de una democracia de electores, a una democracia de participación, es decir, a una democracia de ciudadanos con capacidad de incidencia y poder real.” Sin embargo, el voto como ejercicio de la ciudadanía sigue siendo fundamental. Cuando no se ejerce, como sucedió con los 21 millones de colombianos que se quedaron el domingo en su casa, 62,6% del electorado, quedan más interrogantes que certezas. Cuando un gobernante se niega a la posibilidad de someterse al veredicto del conjunto de la ciudadanía su legitimidad y representatividad quedan severamente minadas, porque más que aparezcan grupos que se manifiesten a su favor. Las urnas pueden resolver pacíficamente conflictos que, de otro modo, solo encontrarían salida en la violencia confrontativa o represiva.

¿Cómo podemos los comunicadores contribuir a fortalecer la democracia promoviendo una ciudadanía de participación? En su encíclica Cáritas in Veritate dcía Benedicto XVI: “El mero hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas, no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural.” (CV 73).

De muchas maneras es posible que los comunicadores contribuyamos a este enriquecimiento de la democracia y la ciudadanía. Van aquí algunas sugerencias.

Crear puentes dentro de una sociedad disgregada

Vengo de un país que se preció de ser un “país de cercanías”. Tal vez porque los uruguayos “somos pocos y nos conocemos”, como suele decirse. No percibíamos entonces en nuestra sociedad distancias y abismos sociales que no pudieran ser cruzados. Nos veíamos como un país integrado o, como se diría hoy, una sociedad incluyente.

Hoy vemos en nosotros, como en otros pueblos de América Latina, una sociedad disgregada, fragmentada. Una fragmentación que no solo separa “excluidos” de “integrados”, sino que atraviesa también esos dos campos. Sociedad de relaciones lejanas, anónimas, donde el otro es percibido como una invasión o una amenaza.

En su mensaje para la Jornada de las Comunicaciones Sociales de este año, el Papa Francisco nos recuerda que “La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad.”

Crear puentes: allí tenemos un primer aporte que podemos ofrecer los comunicadores.

Sigue diciendo Francisco: “Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. (…) Por tanto, que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y que llevan a expresarse con mensajes de odio.”

Contribuir a la Reconciliación en una sociedad enojada y enfrentada

La fragmentación va más lejos. Produce una sociedad enojada y enfrentada en sus distintos grupos e individuos.

Vuelvo al mensaje de Francisco: “Es hermoso ver  personas que se afanan en elegir con cuidado las palabras y los gestos para superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía.”

Un desafío a los comunicadores: “Elegir con cuidado las palabras y los gestos”. No para lograr el titular impactante ni para entretener al televidente, sino para “superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía”.

Sigue diciendo el Papa: “Es deseable que también el lenguaje de la política y de la diplomacia se deje inspirar por la misericordia, que nunca da nada por perdido. Hago un llamamiento sobre todo a cuantos tienen responsabilidades institucionales, políticas y de formar la opinión pública, a que estén siempre atentos al modo de expresase cuando se refieren a quien piensa o actúa de forma distinta, o a quienes han cometido errores. Es fácil ceder a la tentación de aprovechar estas situaciones y alimentar de ese modo las llamas de la desconfianza, del miedo, del odio. Se necesita, sin embargo, valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación. Y es precisamente esa audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas soluciones a antiguos conflictos así como la oportunidad de realizar una paz duradera.”

Buscar la verdad en la sociedad de la superficialidad y la inconsistencia.

A comienzos de los años 90 tuve la buena fortuna de estudiar Teología en Lyon, Francia. Si algo me quedó de ese tiempo fue lo que todos los profesores nos decían: Il faut vérifier: “hay que verificar”.

Cada vez que he cedido a la tentación de adelantar opiniones o, peor, de prejuzgar sobre hechos no verificados, he tenido que arrepentirme.

En algunos medios he visto y he sufrido los empeños de mostrar la realidad “cuanto peor mejor” con un total desdén no sólo por la verdad, sino también por la dignidad de las personas, privilegiando el sensacionalismo y amarillismo sobre el servicio.

La primera vez que tuve que enfrentar el dilema entre no decir la verdad o decirla poniendo en riesgo la vida de una persona, me aclararon que “hay que decir la verdad a quien tiene derecho a saberla”.

El derecho a la información veraz es indudable; el derecho a la dignidad y a la buena fama de las personas también.

A la hora de la denuncia, el mensaje de Francisco señala otro criterio: “La palabra del cristiano, sin embargo, se propone hacer crecer la comunión e, incluso cuando debe condenar con firmeza el mal, trata de no romper nunca la relación y la comunicación”.

Y más adelante: “Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado –violencia, corrupción, explotación, etc.–, pero no podemos juzgar a las personas, porque sólo Dios puede leer en profundidad sus corazones. Nuestra tarea es amonestar a quien se equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de liberar a las víctimas y de levantar al caído”.

Atreverse a proponer la profundidad de la Misericordia en la sociedad del entretenimiento

En el mensaje de Francisco que he citado dice también: “Algunos piensan que una visión de la sociedad enraizada en la misericordia es injustificadamente idealista o excesivamente indulgente.”

En estos días un estudiante universitario me contó su conversación con una intelectual uruguaya agnóstica, una mujer muy honesta y equilibrada en sus reflexiones. Esta persona le dijo al estudiante que tenía ganas de escribir un artículo sobre “la banalidad del bien”. La expresión remite a la obra de Hannah Arendt “Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal”.

No tuve más información, pero me quedé pensando ¿por qué la banalidad del bien? En su ensayo Arendt concluye que Adolf Eichmann, uno de los responsables directos en el holocausto judío, actuó como un simple burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias. Todo era realizado con celo y eficiencia, pero no había en él un sentimiento de «bien» o «mal» en sus actos.

La verdadera Misericordia no es banal. No se puede ejercer burocráticamente, realizando obras que, en su apariencia, son obras de misericordia (dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo…). Si esas acciones no son realizadas desde lo más profundo de la persona, si no hay un profundo sentimiento de solidaridad por la miseria del otro, pueden volverse banales.

Algo así expresa una frase que me ha llegado, atribuida a la Madre Teresa: “Preferiría cometer errores con gentileza y compasión antes que obrar milagros con descortesía y dureza”.

Francisco lo ha expresado muy bien a partir de algo tan sencillo como dar una moneda: “Usted, cuando da limosna, ¿mira a los ojos de la gente a la que le da limosna? Cuando da la limosna, ¿toca la mano o le tira la moneda? Si no lo miraste… si no lo tocaste, no te encontraste con él. Lo que Jesús nos enseña es primero encontrarnos y en el encuentro ayudar.”

Como decía Pablo VI, “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan”. Más allá de este Año Jubilar, sigamos buscando y haciendo hablar a los testigos de auténtica Misericordia, convencidos, con Francisco, de que “la Misericordia cambia el mundo”.

Muchas gracias.

 


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