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23 de Diciembre, 2014
Cuba y los Estados Unidos reanudan sus relaciones diplomáticas

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Una reflexión del embajador Vicente Espeche Gil.

El anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, producido el pasado 17 de diciembre, representa el triunfo del poder del acuerdo por sobre el poder de la imposición de la fuerza.

Los máximos dirigentes de ambos países hicieron gala de visión y coraje para llegar a este resultado. La noticia ha sido recogida con gran satisfacción en América Latina, donde muchos  jefes de Estado se pronunciaron enfáticamente a favor del anuncio.

El presidente Obama admitió que la decisión adoptada reparaba un error. Sin embargo, no faltaron muestras de reserva entre la población de origen cubano en Florida y declaraciones críticas en ámbitos del republicanismo norteamericano. No es de excluir, aunque de ello no ha habido trascendidos, que también las haya generado en sectores más conservadores dentro del partido oficial en Cuba. El uniforme militar que vestía el presidente cubano Raúl Castro al hacer el anuncio a la población de su país, aludía simbólicamente a la fuente de sustentación de su poder político.

En ambos casos, se trata de reservas condicionadas ideológicamente por parte de quienes durante mucho tiempo fueron corresponsables, en uno y otro país,  de una cerrada negativa a la recuperación del diálogo.

La decisión es muestra del realismo en la política. Pero no del realismo clásico de la política del poder que se impone por la fuerza, sino del poder más duradero que surge del acuerdo negociado.

El restablecimiento de relaciones diplomáticas tiene valor por sí mismo, pero además está revestido de una carga simbólica no menos importante, en cuanto representa un cambio radical respecto de una situación que condicionó fuertemente la política interamericana durante los últimos cincuenta años.

Por lo pronto, representa el agotamiento de un prolongado y estéril empecinamiento entre dos vecinos. En efecto,  antes de llegarse a este desenlace, transcurrieron décadas en las que se acumularon no pocos sufrimientos y se produjeron incontables daños con cuyos efectos se deberá convivir todavía.

Es además la señal visible de un período de cambios que cabe esperar habrán de producirse, con efectos significativos en la vida de la población cubana.

El acuerdo incluye el anuncio de la liberación de prisioneros por espionaje que ambos países tenían encarcelados y también de otros presos en Cuba, por razones que tienen más que ver con la política que con la comisión de delitos.

El acuerdo no pasa por alto las diferencias que subsisten entre ambos países, pero que ahora podrán ser objeto de negociaciones bilaterales formales. En la agenda ocupa un lugar prominente el levantamiento de un bloqueo económico de varias décadas,  objetado desde la Iglesia. Se trata de una cuestión prioritaria para Cuba, en un contexto internacional donde la fuerte caída del precio del petróleo ha condicionado la capacidad de subsidios que durante los últimos años Venezuela le prodigaba.

Entre las cuestiones que quedan abiertas y que será preciso seguir con atención, está la de los efectos que la novedad habrá de producir entre la numerosa población de los emigrados cubanos en los Estados Unidos y sus descendientes.

No es posible predecir el impacto de estos anuncios en el futuro de la evolución política en Cuba. El régimen de partido único ha monopolizado toda forma de expresión social, pero no debe excluirse que con la apertura que se inaugura, las visitas y la previsible mayor difusión de Internet, preanuncien el surgimiento paulatino de futuras expresiones de la sociedad civil. Todo ello podría facilitar la progresiva incorporación de Cuba al proceso de transición democrática en América Latina.

La prensa internacional ha puesto de relieve la significativa contribución de Canadá y de la Santa Sede en el logro que acaba de anunciarse.

En efecto, ha sido decisivo el papel que en este proceso cupo a la Iglesia Católica, la que por medio de la Santa Sede y la intervención personal del papa Francisco, facilitaron el camino que las diplomacias cubana y estadounidense pudieron seguir para reencontrarse. De allí surgió un acuerdo y una decisión que redundaba en un beneficio recíproco. 

La buena noticia que hoy podemos comentar representa un hecho congruente con la visión que San Juan Pablo II tuvo en la preparación del jubileo del milenio. En aquella oportunidad se había convocado a la celebración de sínodos regionales para África, Asia y Europa. A la hora de decidirse sobre nuestro continente, el Papa desechó la posibilidad de hacer dos sínodos, uno para el Norte y otro para Latinoamérica y dispuso el sínodo de América, celebrado en Roma en 1997. Ese mismo año,  Juan Pablo II visitó Cuba. El entonces obispo coadjutor de Buenos Aires, Jorge Bergoglio,  estuvo presente en la visita durante la visita papal y al año siguiente publicó en Buenos Aires un libro con el título “Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro”.

En el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos  tuvo un papel determinante la persuasión, la imaginación y la credibilidad del Papa latinoamericano, en coherencia con la línea seguida por su predecesor en la cátedra de Pedro.

Consecuencia directa del acuerdo, Cuba estará presente en la VII Cumbre de las Américas que se llevará a cabo en Panamá en abril próximo.

La gestión llevada a cabo por Canadá y la Santa Sede pone una vez más de relieve la importancia de la discreción en el accionar diplomático. La prudente reserva no es necesariamente enemiga de la transparencia.

Muchos analistas coinciden en señalar al anuncio en cuestión como si se tratara del último ladrillo en caer del muro de Berlín, o la última chapa en desarmarse de la obsoleta cortina de hierro. El Gobierno norteamericano ya no considerará a Cuba como un país que favorece el terrorismo. Se ratifica el definitivo alejamiento de las épocas en las que desde la isla caribeña se alentaba la violencia revolucionaria en América Latina.

Detrás del anuncio trasluce otra cara de la realidad: la del fracaso de la acción armada como medio para llegar a la verdad.

Embajador Vicente Espeche Gil*

Buenos Aires, 22 de diciembre de 2014

*El autor ha sido diplomático argentino de carrera y, durante un período, asesor del Departamento de Justicia  Solidaridad del CELAM. Actualmente integra la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina, es consejero en el Instituto para la Integración del Saber de la Universidad Católica Argentina y miembro del Comité de Redacción de la revista Criterio de Buenos Aires.




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