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27 de Agosto, 2015
“Los obispos latinoamericanos aportaron la dimensión social de la evangelización”

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Entrevista con el Secretario Adjunto del CELAM: Leonidas Ortíz, Pbro.

El padre Leonidas Ortíz Lozada, secretario adjunto del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), ha entregado buena parte de su vida a esta Institución que congrega a las 22 Conferencias Episcopales de América Latina y del Caribe. Ha prestado sus servicios en pastoral social, en educación, en la rectoría del Instituto Teológico Pastoral para América Latina (hoy CEBITEPAL), en la dirección del Observatorio Pastoral, y actualmente es Secretario Adjunto. Al cumplirse los 60 años de existencia del CELAM, está convencido de que “esta Institución es una casa abierta a todos”.

¿Qué acontecimientos posibilitaron la fundación del CELAM en 1955?

Hubo un acontecimiento muy importante a finales del siglo XIX, en 1899, que fue la convocatoria por parte del papa León XIII, de un Concilio Plenario Latinoamericano. La iniciativa de reunir a todos los obispos de América Latina provino de dos visionarios, uno era monseñor Mariano Casanova, arzobispo de Santiago de Chile, y el otro era Mariano Soler, un joven sacerdote que recorría el Continente consiguiendo recursos para el colegio Pío Latinoamericano. De este Concilio salió un documento de tipo jurídico, más que pastoral, que sirvió luego de base para la elaboración del Código de Derecho Canónico del año 1917.

Antes ya se había presentado, en la vida de la Iglesia de América Latina, varias convocatorias, especialmente a mediados del siglo XVI cuando se llevaron a cabo los Concilios mexicanos y limenses, que eran como los dos centros de irradiación católica en América. Estos Concilios se hacían más o menos cada 15 o 20 años, y fueron decisivos para la aplicación del Conclio de Trento, aunque también daban cuenta de la situación social y política que se vivía en las comunidades. 

¿En qué momento surgen las Conferencias Episcopales? 

Después del Concilio Plenario se comenzaron a conformar las primeras Conferencias Episcopales, por recomendación del mismo Concilio. Las primeras que se establecieron fueron la de México y la de Colombia, más o menos en el año de 1908. Todavía eran Conferencias muy incipientes, pero los obispos se comienzan a organizar y a apoyarse mutuamente. Colombia, por ejemplo tendría unos 15 o 20 obispos, lo mismo sucedía con México, tal vez un poco más.

Posteriormente, en año 1912, el papa Pío X elaboró la Encíclica Lacrimaribili Statu Indorum, dirigida a los arzobispos y obispos de América Latina. Fue la primera Encíclica en la cual un Papa se dirigió a los obispos de América Latina como un conjunto. En ella se denunciaba la explotación y la esclavitud a la que se sometía a los indígenas, especialmente en Colombia y en Perú, con motivo de la explotación del caucho.

Para ese tiempo, ¿ya había indicios de una articulación en la Iglesia latinoamericana?

En el siglo XX suceden otros acontecimientos. Por ejemplo, en 1942 nace la Conferencia de los Obispos de Centroamérica, que después se convirtió en un Secretariado. Después, con el apoyo de varios obispos, en 1945 nació la Confederación Interamericana de Educación Católica (CIEC). Luego, en el año de 1953, se realizó un Encuentro Latinoamericano de Pastoral Rural, con la participación de 16 países, en Manizales, Colombia.

Uno de los impulsores de estos encuentros fue monseñor Antonio Samoré, nuncio de Colombia, quien sirvió de canal para proponerle al papa Pío XII que convocara un encuentro de obispos de América Latina, con motivo del Congreso Internacional que se realizaría en Rio de Janeiro, Brasil, en 1955. Al Papa le pareció muy interesante la propuesta teniendo en cuenta el desafío que significaba la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas en el Continente. Ese fue el tema que Pío XII pidió a los obispos que estudiaran en la primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se realizó en Río de Janeiro en este mismo año.

¿Qué papel cumplió don Hélder Câmara en los inicios del CELAM?

En esos años nació la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), en 1952. Don Hélder Câmara fue nombrado secretario de esa Conferencia y le correspondió ayudar a organizar tanto el Congreso Eucarístico Internacional como la Conferencia de Obispos de América Latina. Desempeñó, por tanto, un rol muy importante en los dos acontecimientos. También estuvo presente en el Concilio Vaticano II y luego en la Conferencia de Medellín. Fue un personaje singular, como un Padre de la Iglesia, que se dedicó a promover la unión de los obispos de todo el Continente.

¿Cuál fue el aporte de la Iglesia latinoamericana al Concilio y, aún, al Pos-Concilio? 

Yo creo que en el Concilio los obispos latinoamericanos comenzaron a organizarse poco a poco y aportaron la dimensión social de la evangelización. Después del Concilio el papa Pablo VI publica, en 1967, la Populorum Progressio, una Encíclica social sobre el desarrollo de los pueblos. Varios obispos colaboraron con en su elaboración, especialmente monseñor Manuel Larraín, de Chile, quien fue presidente del CELAM y uno de los que impulsó la dimensión social de la Evangelización en América Latina.

Poco se habla de la Conferencia de Rio, ¿trascendió suficientemente?

Esta Conferencia se realizó en 1955. En realidad poco se conoció el Documento Conclusivo porque tres años después muere el papa Pío XII y es elegido Juan XXIII quien comienza a hablar de la posibilidad de convocar a un Concilio Vaticano II, y entonces todos comienzan a prepararse para este Concilio. Por lo tanto el Documento de Río de Janeiro fue poco conocido, aunque trató temas muy importantes porque no se refirió solamente a las vocaciones, sino que también abordó la instrucción religiosa, los problemas sociales, las migraciones, la problemática de los indígenas, de los afrodescendientes…

¿Cómo se gestó la Conferencia de Medellín?

Un grupo de obispos de América Latina que participaron en el Concilio Vaticano II se preguntaron qué podían hacer con el Concilio. Entonces, antes de concluir las sesiones, le pidieron al Papa que convocara a un encuentro parecido al que se había hecho en Rio de Janeiro. Y fue cuando se escogió como sede a Medellín. Así, en 1968 el papa Pablo VI inauguró la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano.

Algunos obispos ofrecieron significativas luces para la evangelización del Continente, en épocas difíciles de transformación, como Eduardo Pironio, secretario de la II Conferencia, Pablo Muñoz, de Quito, Leonidas Proaño, obispo de Riobamba, en Ecuador, Marcos McGrath, arzobispo de Panamá, y Samuel Ruiz, quien era el obispo de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, en México. Esos fueron, entre otros, algunos de los pastores que marcaron la pauta en Medellín. También los presidentes de las Conferencias que se nombraron en cada momento, fueron personas muy orientadoras, líderes que fueron llevando el pulso del Episcopado latinoamericano.

¿En Medellín ya se hablaba de la Teología de la Liberación?

Aunque el nacimiento de la Teología de la Liberación acontece después de Medellín, esta Conferencia, especialmente los documentos de Justicia y de Paz, inspiraron una teología diferente en el Continente, que después tomó este nombre.

Vale la pena mencionar que en Medellín, en las comisiones de Justicia y Paz, estaba como secretario el joven sacerdote Gustavo Gutiérrez. En la práctica, en una época en la que primaba la teoría de la dependencia económica, en la II Conferencia se fue como forjando una nueva teología. Gutiérrez después sistematiza toda esta reflexión.

¿Qué pasos se dieron de Medellín a Puebla?

De Medellín a Puebla hay una serie de movimientos de liberación, de distinto tipo. Cuando llega Puebla, en 1979, ya han pasado situaciones muy difíciles e incluso desorientaciones. Algunos han optado por una línea violenta para liberar a sus pueblos de dictaduras y de situaciones de opresión. Entonces llega el Documento de Puebla y los obispos reunidos en esta ciudad de México confirman esta opción por la liberación pero destacan que dicha liberación debía ser evangelizadora. Se había acabado de publicar, un poco antes, la Evangelii Nuntiandi, que realmente fue un documento orientador para los obispos latinoamericanos. Entonces Puebla dice: “tenemos que evangelizar a nuestros pueblos, pero tiene que ser una evangelización liberadora” y “tenemos que liberar a nuestros pueblos, pero tiene que ser una liberación evangelizadora”. Ahí hubo un cambio de tono en el trabajo de los obispos en el aspecto social.

¿El método ver-juzgar-actuar se inscribe en estos procesos de liberación de la Iglesia latinoamericana?

El método ver-juzgar-actuar, que nació en los círculos obreros, vino de Europa y tuvo especial auge en América Latina. Juan XIII, en Mater et Magistra, lo sugiere. Más adelante, en el Concilio, la Gaudium et Spes también lo propone como sugerencia, que inmediatamente adoptó la Conferencia de Medellín. En el Documento de Medellín hay 16 temas que se trataron siguiendo este método. Primero se presentan los aspectos de la realidad, en segundo lugar la iluminación evangélica y luego las líneas de acción que los obispos sugieren para América Latina. Realmente no es un método teórico, sino teórico-práctico, no es un método solamente teológico, sino teológico-pastoral, de tal manera que tiende a la transformación de la realidad. Y con seguridad que este método ha ayudado mucho, como también sucedió en Aparecida.

¿Por qué este método no se asumió en Santo Domingo?

En Santo Domingo no se emplea el método estrictamente. Después de Puebla, vinieron distintas preocupaciones, incluso sospechas, con relación a la teología de la liberación. Entonces cuando se llegó a Santo Domingo, había esa situación. Si uno lee el documento de Santo Domingo, en ninguna parte se habla de liberación, prácticamente fue una palabra que quedó como vetada.

Sin embargo, los obispos de cada comisión en sus primeras redacciones, tenían primero el ver, luego la iluminación, y después los desafíos y las líneas pastorales. Como el documento era muy voluminoso, el presidente de la comisión de redacción, don Luciano Mendes de Almeida, sugirió que tenía que recortarse el documento para que fuera más breve y sintético. En ese tiempo se decía que América Latina estaba “sobre-diagnosticada” y entonces todo el aspecto de realidad prácticamente se suprimió y se comenzó con la iluminación doctrinal, se colocaron los desafíos y luego las líneas de acción. Por eso en el documento no se aprecia la primera parte del método. Pero además de esto sí había suspicacia con relación, más que todo, a la teología de la liberación y no tanto al método en sí mismo.

¿La Conferencia de Santo Domingo tuvo el impacto que se esperaba?

En el discurso inaugural de Santo Domingo el papa Juan Pablo II anunció que iba a convocar a todos los obispos de América para un Sínodo. Y realmente sucedió pocos años después. Entonces el documento de Santo Domingo, que acababa de publicarse, no tuvo mucha difusión. Algunos no le han dado mucha importancia pero es un documento muy interesante. Ahí nació, por ejemplo, la pastoral de los Derechos Humanos. Santo Domingo es quien trae la urgencia de trabajar en este campo de la pastoral que comienza a organizarse desde el CELAM. 

Han sido seis décadas de vida y misión, pasando por Aparecida. A modo de síntesis, ¿cuál ha sido el mayor aporte del CELAM? 

El CELAM siempre ha sido un organismo de servicio y de apoyo a las 22 Conferencias Episcopales de América Latina que congrega, en distintos campos pastorales, pero también en la reflexión teológica-pastoral y en la formación de los agentes de pastoral. Yo creo que su principal aporte a través de toda su historia ha sido ayudar para que la evangelización se vaya dando en nuestros pueblos de una manera más articulada, en comunión, con una misión muy participativa… y pienso que el punto más alto se dio en la Conferencia de Aparecida, cuando se comienza a hablar explícitamente sobre el discipulado-misionero. Esto generó un cambio en la evangelización, que se ha expresado particularmente en la Misión Continental.

ÓSCAR ELIZALDE PRADA
ENTREVISTA PUBLICADA EN VIDA NUEVA COLOMBIA No. 129




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