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15 de Julio, 2015
#FranciscoEnParaguay

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Baņado Norte-Scholas Ocurrentes y Misa en Ņu Guazú

El domingo 12 de julio estuvo cargado de sensaciones y encuentros comunitarios, sin perder la cercanía del “tú a tú” entre el Papa Francisco y el pueblo paraguayo, notable matiz que tuvo toda su gira por Latinoamérica.

Su agenda matutina contempló una visita a la población del Bañado Norte (Capilla de San Juan Bautista), Santa Misa en el campo grande de Ñu Guazú, rezo del Ángelus y una reunión y almuerzo privados con los obispos del Paraguay.

Por la tarde, y ya con el avión de Alitalia aprestado para su partida a las 19 hs, tuvo su esperado encuentro con los jóvenes en la Costanera que mira al río Paraguay.

 

EN BAÑADO NORTE

Allí Francisco habló ante unas dos mil personas, en el medio de este barrio muy pobre de las afueras de Asunción.

También mantuvo un encuentro público con José María del Corral, director ejecutivo de Scholas, y con el primer grupo de alumnos que ya se encuentra trabajando en Scholas Ocurrentes Paraguay. Varios adolescentes dieron testimonio de su experiencia con Scholas-ciudadanía en la cual identificaron como los mayores problemas de su comunidad la violencia en los barrios y el embarazo adolescente. Le dijeron “Rohayhueterei” que significa “te queremos mucho”. El Papa Francisco los alentó a seguir trabajando para concretar sus propuestas.

 

PALABRAS DE FRANCISCO EN BAÑADO NORTE


Compartimos el texto original (con los agregados espontáneos) de las palabras que el Papa Francisco dirigió a los pobladores de Bañado Norte.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Estoy muy alegre de visitarlos a ustedes esta mañana. No podía estar en Paraguay sin estar con ustedes, sin estar en esta, SU tierra.

Nos encontramos en esta Parroquia llamada Sagrada Familia y les confieso que desde que comencé  a pensar en esta visita, desde que comencé a caminar desde Roma hacia acá, venía pensando en la Sagrada Familia y cuando pensaba en ustedes, me recordaba a la Sagrada Familia.

Ver sus rostros, sus hijos, sus abuelos. Escuchar sus historias y todo lo que han realizado para estar aquí, todo lo que pelean para una vida digna, un techo. Todo lo que hacen para superar la inclemencia del tiempo, las inundaciones de estas últimas semanas, me trae al recuerdo, todo esto, a la pequeña familia de Belén.

Una lucha que no les ha robado la sonrisa, la alegría, la esperanza. Una pelea que no les ha sacado la solidaridad, por el contrario, la ha estimulado y la ha hecho crecer.

 Me quiero detener con José y María, en Belén. Ellos tuvieron que dejar su lugar, los suyos, sus amigos. Tuvieron que dejar lo propio e ir a otra tierra. Una tierra en la que no conocían a nadie, no tenían casa, no tenían familia.

En ese momento, esa joven pareja tuvo a Jesús. En ese contexto, en una cueva, preparada como pudieron, esa joven pareja nos regaló a Jesús. Estaban solos, en tierra extraña, ellos tres. De repente, comenzó a aparecer gente, pastores. Personas igual que ellos que tuvieron que dejar lo propio en función de conseguir mejores oportunidades familiares. Vivían en función también de las inclemencias del tiempo y de «otro tipo» de inclemencias.

Cuando se enteraron del nacimiento de Jesús, se acercaron, se hicieron prójimos, se hicieron vecinos. Se volvieron de pronto la familia de María y José. La familia de Jesús. Esto es lo que sucede cuando aparece Jesús en nuestra vida. Eso es lo que despierta la fe. La fe nos hace prójimos, nos hace próximos a la vida de los demás, nos aproxima a la vida de los demás. La fe despierta nuestro compromiso con los demás, la fe despierta nuestra solidaridad una virtud humana y cristiana, que ustedes tienen y que muchos, muchos tienen y tenemos que aprender.

El nacimiento de Jesús despierta nuestra vida. Una fe que no se hace solidaridad, es una fe muerta o una fe mentirosa.

No, yo soy muy católico o yo soy muy católica, voy a misa todos los domingos. Pero dígame, señor, señora, qué pasa en los bañados… “No sé, no sé… sé que hay gente ahí, pero no sé”. (aplausos) Por más misa de los domingos, si no tenés un corazón solidario, si no sabés lo que pasa en tu pueblo, tu fe es muy débil, o es enferma, o está muerta.  Es una fe sin Cristo, la fe sin solidaridad es una fe sin Cristo, es una fe sin Dios, es una fe sin hermanos.

Entonces, viene ese dicho que espero recordarlo bien, pero que pinta este problema de una fe sin solidaridad. Un pueblo, un Dios sin pueblo, un pueblo sin hermanos, un pueblo sin Jesús. Esa es la fe sin solidaridad.

Y Dios se metió en medio del pueblo que él eligió para acompañarnos y le mandó a su hijo a ese pueblo, para salvarlo, para ayudarlo. Dios se hizo solidario con ese pueblo y Jesús no tuvo ningún problema de bajar, humillarse, abajarse hasta morir por cada uno de nosotros, por esa solidaridad de hermano, solidaridad que nace del amor que él tenía a su padre y del amor que tenía a nosotros.

Acuérdense: cuando una fe no es solidaria, o es débil, o está enferma o está muerta. No es la fe de Jesús. (aplausos)

Como les decía, el primero en ser solidario fue el Señor, que eligió vivir entre nosotros, eligió vivir en medio nuestro. Y yo vengo aquí como esos pastores que fueron a Belén. Me quiero hacer prójimo. Quiero bendecir la fe de ustedes, quiero bendecir sus manos, quiero bendecir su comunidad.

Vine a dar gracias con ustedes, porque la fe se ha hecho esperanza y es una esperanza que estimula al amor. La fe que despierta Jesús es una fe con capacidad de soñar futuro y de luchar por eso en el presente. Precisamente, por eso yo los quiero estimular a seguir siendo misioneros de esta fe, a seguir contagiando esta fe por estas calles, por estos pasillos. Esta fe que nos hace solidarios entre nosotros, con nuestro hermano mayor, Jesús, y nuestra madre, la Virgen. 

Haciéndose próximos, especialmente de los más jóvenes y de los ancianos. Haciéndose soporte de las jóvenes familias, y de todos aquellos que están pasando por momentos de dificultad. Quizás el mensaje más fuerte que ustedes pueden dar hacia afuera, es esa fe solidaria.

El diablo quiere que se peleen entre ustedes, porque así divide y los derrota, y les roba la fe. Solidaridad de hermanos para defender la fe. (repite) Y además, que esa fe solidaria sea mensaje para toda la ciudad.

Quiero rezar por sus familias y rezar a la Sagrada Familia, para que su modelo, su testimonio siga siendo luz en el camino, estímulo en los momentos difíciles y que nos dé la gracia de un regalo, que lo pedimos juntos, todos: Que la Sagrada Familia nos regale «pastores», que nos regale curas, obispos, capaces de acompañar y de sostener y de estimular la vida de sus familias. Capaces de hacer crecer esa fe solidaria, que nunca es vencida. Los invito a rezar juntos y les pido también que no se olviden de rezar por mí. (aplausos)

Y recemos juntos una oración a nuestro Padre que nos hace hermanos, nos mandó a nuestro hermano mayor ──su hijo Jesús──  y nos dio una Madre que nos acompañara (rezan el padrenuestro en español).

Y dio la bendición.

“¡Sigan adelante y no dejen que el diablo los divida!”

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MISA EN ÑU GUAZÚ

A las 10 de la mañana dio comienzo la misa de despedida de Papa Francisco en su gira por Latinoamérica, en Campo grande de Ñu Guazú.

El clima era de alegría muy, muy soleada. Los peregrinos se defendían como podían del intenso calor pero aun así participaron activamente con cantos y aplausos de la última misa del Papa en Paraguay.

 

TEXTO DE LA HOMILÍA

«El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto», así dice el Salmo (84,13). Esto estamos invitados a celebrar, esa misteriosa comunión entre Dios y su Pueblo, entre Dios y nosotros. La lluvia es signo de su presencia en la tierra trabajada por nuestras manos. Una comunión que siempre da fruto, que siempre da vida. Esta confianza brota de la fe, saber que contamos con su gracia, que siempre transformará y regará nuestra tierra.

Una confianza que se aprende, que se educa. Una confianza que se va gestando en el seno de una comunidad, en la vida de una familia. Una confianza que se vuelve testimonio en los rostros de tantos que nos estimulan a seguir a Jesús, a ser discípulos de Aquel que no decepciona jamás. El discípulo se siente invitado a confiar, se siente invitado por Jesús a ser amigo, a compartir su suerte, a compartir su vida. «A ustedes no los llamo siervos, los llamo amigos porque les di a conocer todo lo que sabía de mi Padre» (Jn 15,15). Los discípulos son aquellos que aprenden a vivir en la confianza de la amistad.

El Evangelio nos habla de este discipulado. Nos presenta la cédula de identidad del cristiano. Su carta de presentación, su credencial.

Jesús llama a sus discípulos y los envía dándoles reglas claras y precisas. Los desafía con una serie de actitudes, comportamientos que deben tener. No son pocas las veces que nos pueden parecer exageradas o absurdas; actitudes que sería más fácil leerlas simbólicamente o «espiritualmente». Pero Jesús es bien preciso, es bien claro. No les dice: «Hagan como que» o «hagan lo que puedan».

Recordémoslas juntos: «No lleven para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero... permanezcan en la casa donde les den alojamiento» (cf. Mc 6,8-11). Parecería algo imposible.

Podríamos concentrarnos en las palabras: «pan», «dinero», «alforja», «bastón», «sandalias», «túnica». Y es lícito. Pero me parece que hay una palabra clave, que podría pasar desapercibida. Una palabra central en la espiritualidad cristiana, en la experiencia del discipulado: hospitalidad. Jesús como buen maestro, pedagogo, los envía a vivir la hospitalidad. Les dice: «Permanezcan donde les den alojamiento». Los envía a aprender una de las características fundamentales de la comunidad creyente. Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, a alojar.

Jesús, no los envía como poderosos, como dueños, jefes, cargados de leyes, normas; por el contrario, les muestra que el camino del cristiano es transformar el corazón. Aprender a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular, a la lógica del acoger, recibir, cuidar.

Son dos las lógicas que están en juego, dos maneras de afrontar la vida, la misión.

Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas. Cuantas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se conviertan en base a nuestros argumentos. Hoy el Señor nos los dice muy claramente: en la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino aprendiendo a alojar.

La Iglesia es madre de corazón abierto que sabe acoger, recibir, especialmente a quien tiene necesidad de mayor cuidado, que está en mayor dificultad. La Iglesia es la casa de la hospitalidad. Cuánto bien podemos hacer si nos animamos a aprender el lenguaje de la hospitalidad, del acoger. Cuántas heridas, cuánta desesperanza se puede curar en un hogar donde uno se pueda sentir recibido.

Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso (cf. Mt 25,34-37) con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido. Hospitalidad con el perseguido, con el desempleado. Hospitalidad con las culturas diferentes, de las cuales esta tierra es tan rica. Hospitalidad con el pecador.

 Tantas veces nos olvidamos que hay un mal que precede a nuestros pecados. Hay una raíz que causa tanto pero tanto daño, que destruye silenciosamente tantas vidas. Hay un mal, que poco a poco, va haciendo nido en nuestro corazón y «comiendo» nuestra vitalidad: la soledad. Soledad que puede tener muchas causas, muchos motivos. Cuánto destruye la vida y cuánto mal nos hace. Nos va apartando de los demás, de Dios, de la comunidad. Nos va encerrando en nosotros mismos. Por eso, lo propio de la Iglesia, de esta madre, no es principalmente gestionar cosas, proyectos, sino aprender a vivir la fraternidad con los demás. Es la fraternidad acogedora el mejor testimonio que Dios es Padre, porque «de esto sabrán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros» (Jn 13,35).

De esta manera Jesús, nos abre a una nueva lógica. Un horizonte lleno de vida, de belleza, de verdad, de plenitud.

Dios nunca cierra los horizontes, Dios nunca es pasivo a la vida y al sufrimiento de sus hijos. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Por eso nos envía a su Hijo, lo dona, lo entrega, lo comparte; para que aprendamos el camino de la fraternidad, del don. Es definitivamente un nuevo horizonte, es definitivamente una nueva Palabra para tantas situaciones de exclusión, disgregación, encierro, de aislamiento. Es una Palabra que rompe el silencio de la soledad.

Y cuando estemos cansados o se nos haga pesada la evangelización es bueno recordar que la vida que Jesús nos propone, responde a las necesidades más hondas de las personas, porque todos hemos sido creados para la amistad con Jesús y el amor fraterno (cf. Evangelii gaudium 265).

Hay algo que es cierto, no podemos obligar a nadie a recibirnos, a hospedarnos; es cierto y es parte de nuestra pobreza y de nuestra libertad. Pero también es cierto que nadie puede obligarnos a no ser acogedores, hospederos de la vida de nuestro Pueblo. Nadie puede pedirnos que no recibamos y abracemos la vida de nuestros hermanos especialmente los que han perdido la esperanza y el gusto por vivir. Qué lindo es imaginarnos nuestras parroquias, comunidades, capillas, lugares donde están los cristianos, como verdaderas centros de encuentro entre nosotros y con Dios.

La Iglesia es madre, como María. En ella tenemos un modelo. Alojar, como María, que no dominó ni se adueñó de la Palabra de Dios sino que, por el contrario, la hospedó, la gestó, y la entregó.

Alojar como la tierra que no domina la semilla, sino que la recibe, la nutre y la germina.

Así queremos ser los cristianos, así queremos vivir la fe en este suelo paraguayo, como María, alojando la vida de Dios en nuestros hermanos con la confianza, con la certeza que: «El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto».

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REZO DEL ÁNGELUS

Al finalizar la misa hicieron uso de la palabra para agradecer su visita y cercanía el arzobispo de Asunción, Mons. Edmundo Ponciano Valenzuela Mellid, SDB, y el arzobispo ortodoxo Tarasios, quien concurrió en representación del patriarca Bartolomé de Constantinopla.

Dijo Mons. Valenzuela: “Hemos sido capaces de sintonizar con su oración de alegría y esperanza.” “Hemos vivido días de Pascua y Pentecostés, días del Papa en el Paraguay.”

Dijo el arzobispo Tarasios: “Lo he acompañado en todo su viaje. Creo que ésta es una visita histórica”. “Hemos compartido muchos años en Buenos Aires y ahora estamos en Sudamérica. Su presencia es motivo de encuentro.” “La Iglesia es una, santa, católica y apostólica.” “Gracias por dar al mundo su acento sudamericano, por dar testimonio de que el Tercer Mundo también tiene para ofrecer un gran tesoro para la humanidad.” “Ojalá pronto nos veamos en Argentina.”

 

Luego de estas cálidas palabras de cariño, el Papa rezó el Ángelus:

Agradezco al Señor Arzobispo de Asunción, Mons. Edmundo Ponziano Valenzuela Mellid, sus amables palabras.

Al terminar esta celebración dirigimos nuestra mirada confiada a la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella es el regalo de Jesús a su pueblo. Nos la dio como madre en la hora de la cruz y del sufrimiento. Es fruto de la entrega de Cristo por nosotros. Y, desde entonces, siempre ha estado y estará con sus hijos, especialmente los más pequeños y necesitados.

Ella ha entrado en el tejido de la historia de nuestros pueblos y sus gentes. Como en tantos otros países de Latinoamérica, la fe de los paraguayos está impregnada de amor a la Virgen. Acuden con confianza a su madre, le abren su corazón y le confían sus alegrías y sus penas, sus ilusiones y sus sufrimientos. La Virgen los consuela y con la ternura de su amor les enciende la esperanza. No dejen de invocar y confiar en María, madre de misericordia para todos sus hijos sin distinción.

A la Virgen, que perseveró con los Apóstoles en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1,13-14), le pido también que vele por la Iglesia, y fortalezca los vínculos fraternos entre todos sus miembros. Que con la ayuda de María, la Iglesia sea casa de todos, una casa que sepa hospedar, una madre para todos los pueblos.

Queridos hermanos: les pido, por favor, que recen también por mí. Sé bien cuánto se quiere al Papa en Paraguay. También yo les llevo en mi corazón y rezo por ustedes y por su País.

Recemos juntos la oración del Ángelus.

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VIRGINIA BONARD
FUENTES: Prensa Scholas Ocurrentes, La Nación (Paraguay), Oficina de Prensa de la CEP

       




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