Video: LATIDOAMÉRICA
Conferencias Episcopales
   
Medios Asociados
   
 
Noticias
12 de Diciembre, 2015
Apertura del Jubileo de la Misericordia en Roma

Imprimir
Imprimir

“Este Año Santo Extraordinario es también un don de gracia”

El pasado 8 de diciembre, miles de peregrinos –más de 50.000– acudieron a la Plaza de San Pedro, en Roma, para la celebración de apertura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. “La Iglesia ha celebrado en un mismo día la festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, la apertura de la Puerta Santa y los 50 años de la clausura del Concilio Vaticano II”, destacó el vaticanista español Antonio Pelayo.

La inédita presencia de dos Papas –Benedicto XVI y Francisco– en la apertura del Jubileo, así como cuidadosa preparación de cada uno de los símbolos que acompañaron la celebración eucarística, dieron a la jornada un particular tono festivo, reconciliador y esperanzador, con la sobriedad que caracteriza a Jorge Mario Bergoglio, y a pesar de los rigurosos controles de seguridad que se implementaron en esta oportunidad.

En su homilía, el Papa evocó el gesto simbólico y sencillo de apertura de la Puerta Santa en la catedral de Bangui, al finalizar su viaje apostólico a Kenia, Uganda y República Centroafricana (del 25 al 30 de noviembre de 2015), subrayando “el primado de la gracia”, claramente presente en el contenido de las lecturas del día, con motivo de la festividad mariana, y referido, en concreto, al triunfo del amor misericordioso del Padre que se revela para transformar el corazón y cambiar la historia de la humanidad: “la promesa de la victoria del amor de Cristo encierra todo en la misericordia del Padre. La palabra de Dios que hemos escuchado no deja lugar a dudas a este propósito. La Virgen Inmaculada es para nosotros testigo privilegiado de esta promesa y de su cumplimiento”, dijo el Papa.

También el Sumo Pontífice destacó que el año Jubilar que se inicia, “será un año para crecer en la convicción de la misericordia”, puerto que “este Año Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro”.

Del mismo modo, Bergoglio salió al paso a quienes yuxtaponen teológicamente los conceptos de misericordia y justicia divina, al plantear que: “debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia”, con lo cual es preciso que se abandone “toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado, vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo”, acentuó el Papa.

Al final de la homilía, Francisco no dejó de recordar, “la puerta que los Padres del Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, abrieron hacia el mundo” y su consecuente impulso misionero. “El jubileo nos estimula a esta apertura y nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del Samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la conclusión del Concilio. Que al cruzar hoy la Puerta Santa nos comprometamos a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano”, concluyó.

Lea, a continuación, la homilía del papa Francisco durante la Misa y apertura de la Puerta Santa, el 8 de diciembre de 2015, en el inicio del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

 

SANTA MISA Y APERTURA DE LA PUERTA SANTA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Martes 8 de diciembre de 2015

Inmaculada Concepción de la Virgen María

 

En breve tendré la alegría de abrir la Puerta Santa de la Misericordia. Como hice en Bangui, cumplimos este gesto, a la vez sencillo y fuertemente simbólico, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que pone en primer plano el primado de la gracia. En efecto, en estas lecturas se repite con frecuencia una expresión que evoca la que el ángel Gabriel dirigió a una joven muchacha, asombrada y turbada, indicando el misterio que la envolvería: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28).

La Virgen María está llamada en primer lugar a regocijarse por todo lo que el Señor hizo en ella. La gracia de Dios la envolvió, haciéndola digna de convertirse en la madre de Cristo. Cuando Gabriel entra en su casa, también el misterio más profundo, que va más allá de la capacidad de la razón, se convierte para ella en un motivo de alegría, motivo de fe, motivo de abandono a la palabra que se revela. La plenitud de la gracia transforma el corazón, y lo hace capaz de realizar ese acto tan grande que cambiará la historia de la humanidad.

La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor Dios. Él no sólo perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva. El comienzo de la historia del pecado en el Jardín del Edén desemboca en el proyecto de un amor que salva. Las palabras del Génesis nos remiten a la experiencia cotidiana de nuestra existencia personal. Siempre existe la tentación de la desobediencia, que se manifiesta en el deseo de organizar nuestra vida al margen de la voluntad de Dios. Esta es la enemistad que insidia continuamente la vida de los hombres para oponerlos al diseño de Dios. Y, sin embargo, también la historia del pecado se comprende sólo a la luz del amor que perdona. El pecado sólo se entiende con esta luz. Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados de entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo encierra todo en la misericordia del Padre. La palabra de Dios que hemos escuchado no deja lugar a dudas a este propósito. La Virgen Inmaculada es para nosotros testigo privilegiado de esta promesa y de su cumplimiento.

Este Año Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro. Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánto se ofende a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24). Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia. Que el atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, haga que nos sintamos partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo.

Hoy, aquí en Roma y en todas las diócesis del mundo, cruzando la Puerta Santa, queremos recordar también otra puerta que los Padres del Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, abrieron hacia el mundo. Esta fecha no puede ser recordada sólo por la riqueza de los documentos producidos, que hasta el día de hoy permiten verificar el gran progreso realizado en la fe. En primer lugar, sin embargo, el Concilio fue un encuentro. Un verdadero encuentro entre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Un encuentro marcado por el poder del Espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de las aguas poco profundas que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para reemprender con entusiasmo el camino misionero. Era un volver a tomar el camino para ir al encuentro de cada hombre allí donde vive: en su ciudad, en su casa, en el trabajo...; dondequiera que haya una persona, allí está llamada la Iglesia a ir para llevar la alegría del Evangelio y llevar la misericordia y el perdón de Dios. Un impulso misionero, por lo tanto, que después de estas décadas seguimos retomando con la misma fuerza y el mismo entusiasmo. El jubileo nos estimula a esta apertura y nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del Samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la conclusión del Concilio. Que al cruzar hoy la Puerta Santa nos comprometamos a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano. 

 

ÓSCAR ELIZALDE PRADA
FUENTE: VATICAN.VA Y AGENCIAS




Documento sin título