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12 de Diciembre, 2015
La Puerta de la Misericordia

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Reflexión del cardenal Odilo Pedro Scherer, arzobispo de São Paulo

Llegó el momento de abrir el Año extraordinario de la Misericordia, de contemplar el “rostro de la misericordia de Dios” revelado en Jesucristo y de pasar por la “puerta de la misericordia”, que da acceso al Dios paciente y misericordioso. Esta Puerta Santa es imagen del propio Cristo Jesús, Salvador, que nos da el acceso a la misericordia de Dios.

Si fueran bien acogidos los propósitos y las solicitudes expresadas por el papa Francisco en la Bula Misericordiae Vultus, sobre la proclamación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, este será un “tiempo favorable”, un año de muchas gracias de Dios para la Iglesia y el mundo.

Nuestro mundo está marcado por una serie de males, que no pueden producir el bien y la paz, que todos anhelan. Los odios y la sed de venganza llevan a practicar más guerras y violencia contra inocentes; las ideologías cerradas, los fundamentalismos rígidos y los fanatismos ciegos desencadenan violencias absurdas; los egoísmos llevados al extremo hacen que las personas y los pueblos cierren el corazón ante la miseria y el dolor del prójimo; la dignidad y hasta la vida de personas y pueblos enteros es sacrificada para garantizar la satisfacción de vanidades y alimentar la sed de poder y de dinero.

El filósofo político Thomas Hobbes afirmó que “el hombre es un lobo para el hombre” –homo homini lupus– y que el odio y el egoísmo son las fuerzas motrices más importantes del hombre y de la convivencia social; otro filósofo, F. Nietzsche, consideró que la fuerza de la voluntad de dominio es lo que mueve el mundo; y, hoy, existe una convicción generalizada de que el dinero y la fuerza económica, de hecho, mueven el mundo.

Si, en la práctica, de hecho acontece así, los resultados también son claramente perceptibles. Esos “señores del mundo” no pueden dar paz y alegría a la humanidad. Por el contrario, provocan conflictos y más conflictos, sufrimientos y muerte por todas partes. ¿Qué otra fuerza, entonces, debería mover al mundo y a la sociedad?

No es por ahí que el mundo será mejor, ni se asegurará la paz. Es necesaria otra lógica para orientar la convivencia de los pueblos y de las personas para que le mundo sea “salvo”. El papa Francisco nos recuerda, al proclamar el Año Santo extraordinario de la Misericordia, que solamente el amor salva, restaura y crea condiciones para la paz y la “salvación”. Y se trata del amor misericordioso, que no busca ventajas para sí, sino que se vuelve enteramente hacia el bien del próximo necesitado. En otras palabras, solamente la misericordia puede salvar al mundo de sus miserias y conflictos.

La misericordia extiende la mano y desarma; perdona y restaura las relaciones humanas rotas; la misericordia se torna desprendida hacia el próximo caído a lo largo del camino, como hizo el buen samaritano, y se interesa por su situación; la misericordia es paciente y compasiva ante las debilidades del próximo y respeta sus limitaciones. Y acepta bajar del pedestal de las vanidades y de las ventajas adquiridas, para compartir la suerte de las personas humilladas y heridas.

“Sean misericordiosos, como el Padre celeste es misericordioso”, recomendó Jesús. El Jubileo de la Misericordia quiere recordarnos que, por encima de todo y de todos, Dios es misericordioso y nos trata con amor misericordioso. Y todos tenemos la necesidad de acoger continuamente esta misericordia de Dios. El mensaje del Año de la Misericordia es la superación de la religiosidad soberbia y farisaica, que cree no necesitar de Dios y hasta puede imponer reglas a Dios; es también la superación de la falta de religión, debido a la soberbia humana, o porque aún no se descubrió que Dios no es el enemigo del hombre, que es necesario rechazar, para que el hombre viva… 

Dios es un Padre amoroso y compasivo, que nos extiende la ano y quiere hacernos vivir en plenitud. El Año Santo de la Misericordia viene como una “Buena Nueva”, un tiempo de júbilo y de gracias especiales para toda la humanidad. Que nadie se excluya, de modo consciente, de la misericordia de Dios y que todos nosotros seamos un poco más “misericordiosos como el Padre celeste” (cf. Mt 18,33).

 

CARDENAL ODILO PEDRO SCHERER
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PORTAL DE LA CNBB (11/12/2015)
TRADUCCIÓN: ÓSCAR ELIZALDE PRADA




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