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23 de Marzo, 2016
Que la Iglesia se preocupe por la vida

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La reforma de la Iglesia Impulsada por el Papa Francisco

Ya a lo largo de los siglos la iglesia tiende a convertirse en una institución más, los conventos en castillos, la pastoral en un área más de comercio y finanzas, la Iglesia se privatiza o se convierte en instancia de gobierno transnacional perdiendo el Espíritu de la sencillez, de comunidad fundada por Jesús.

De esta manera la iglesia termina sirviendo para todo menos al evangelio y al Reino. La institución se convierte en el sistema privado en favor de pocos, mientras las ovejas son zarandeadas por los lobos rapaces que las devoran.

El Papa Francisco con todo el ímpetu del Espíritu se posicionó frente a todos esos retos, esos desafíos. Su exhortación apostólica “la alegría del Evangelio”, asumió todas las situaciones del mundo actual e invitó a retomar el camino de las viejas veredas del Evangelio ante las autopistas de la fascinación del mundo actual. Invitó a vivir la “alegría del Evangelio” en un momento en que el Evangelio era un cosa pesada tanto en las instituciones religiosas que experimentaban una especie de oxidación acomodadas y ajenas al sufrimiento humano. El Papa insiste  que el dinero se hizo para la vida y no la vida para el dinero sacrificándola.

Posteriormente la “Laudato Si”, hace que la Iglesia se muestre interesada en temas claves de la realidad mundial y aborde temas de actualidad que habían sido desfasados o ignorados para asentar un sistema que devora millones de vidas humanas en el silencio y la complicidad. Todo esto va resultando incomodo incluso para sectores dentro de la Iglesia que se habían acomodado por siglos. A partir de estas brechas abiertas y convencido del llamado de Dios en la historia de hoy y las urgentes necesidades del mundo, el Papa inicia un proceso de sacudida de la Iglesia que anquilosada empieza a padecer como dijera el Cardenal Pietro Parolín a una revista Italiana: de “elefantitis”.

La reforma dice el Papa Francisco, verdadero profeta del Siglo XXI, requiere de mucha oración y de mucho discernimiento a la luz del Espíritu Santo.

La reforma sin duda es un camino largo, que al igual que la “conversión pastoral” de la que habló Aparecida, están sin “estrenar”. Se tienen discusiones, foros, pero no cambia nada. Probablemente porque unas de las instancias que más inciden en la Iglesia y la sociedad sean los centros educativos, los centros de ciencia y entre ellos las universidades, y estas van por lo suyo y no siempre por el camino de la Iglesia, en la dirección del actual Papa y menos del Evangelio. Por ello es que desde esas fuentes de formación e información se constituyen las sociedades modernas y por ende los abismos y las periferias. Para ello cuentan con los sistemas poderosos de comunicación que se encargan de fabricar seres autómatas que obedecen ciegamente aunque sean llevados como corderos por caminos de muerte.

Por eso el Papa insiste en la vida, en primerear, en la construcción del bien, habla de una iglesia en salida, que llegue a las periferias, que se convierta en buena noticia del Evangelio de la vida. El Papa valientemente con la fuerza del Espíritu y como dijo Benedicto XVI con la fuerza del “Pastor supremo” que es Jesús, abre nuevos caminos para la Iglesia. Salta la pregunta: ¿logrará el Papa Francisco que la iglesia camine hacia los horizontes del verdadero Evangelio y resplandezca como la Iglesia anunciada en el apocalipsis? Sin duda que solo no, porque Dios que puede hacer solo las cosas, pide la cooperación humana de aquellos a los que llamó.

El Padre Antonio Spadaro, S. J. recogió una entrevista de las primeras que el Papa Francisco dio para una revista católica de la compañía de Jesús en la que dejó entrever el camino que emprendería. Ofrecemos aquí parte de la entrevista en particular lo referido a lo que se iría convirtiendo paulatinamente en el camino de la reforma de la iglesia.

 

Entrevista al Papa Francisco

Antonio Spadaro, s.j.

¿Es la Iglesia un hospital de campaña?

El Papa Benedicto XVI, al anunciar su renuncia al pontificado, describía un mundo actual sometido a rápidos cambios y agitado por unas cuestiones de enorme importancia para la vida de fe, que reclaman gran vigor de cuerpo y alma. Pregunto al Papa, también a la luz de lo que acaba de decir: «¿De qué tiene la Iglesia mayor necesidad en este momento histórico? ¿Hacen falta reformas? ¿Cuáles serían sus deseos para la Iglesia de los próximos años? ¿Qué Iglesia “sueña”?».

El Papa Francisco, refiriéndose al comienzo de mi pregunta, comienza diciendo: «El Papa Benedicto realizó un acto de santidad, de grandeza y de humildad. Es un hombre de Dios». Mostrando así un gran afecto y gran estima por su predecesor.

«Veo con claridad —prosigue— que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas... Y hay que comenzar por lo más elemental».

«La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: “¡Jesucristo te ha salvado!”. Y los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia. Por ejemplo, el confesor corre siempre peligro de ser o demasiado rigorista o demasiado laxo. Ninguno de los dos es misericordioso, porque ninguno de los dos se hace de verdad cargo de la persona. El rigorista se lava las manos y lo remite a lo que está mandado. El laxo se lava las manos diciendo simplemente “esto no es pecado” o algo semejante. A las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación».

«¿Cómo estamos tratando al pueblo de Dios? Yo sueño con una Iglesia Madre y Pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro. Dios es más grande que el pecado. Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes. Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse. El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios clérigos de despacho. Los obispos, especialmente, han de ser hombres capaces de apoyar con paciencia los pasos de Dios en su pueblo, de modo que nadie quede atrás, así como de acompañar al rebaño, con su olfato para encontrar veredas nuevas».

«En lugar de ser solamente una Iglesia que acoge y recibe, manteniendo sus puertas abiertas, busquemos más bien ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos, capaz de salir de sí misma yendo hacia el que no la frecuenta, hacia el que se marchó de ella, hacia el indiferente. El que abandonó la Iglesia a veces lo hizo por razones que, si se entienden y valoran bien, pueden ser el inicio de un retorno. Pero es necesario tener audacia y valor».

Recojo lo que está diciendo el Santo Padre para hablar de aquellos cristianos que viven situaciones irregulares para la Iglesia, o diversas situaciones complejas; cristianos que, de un modo o de otro, mantienen heridas abiertas. Pienso en los divorciados vueltos a casar, en parejas homosexuales y en otras situaciones difíciles. ¿Cómo hacer pastoral misionera en estos casos? ¿Dónde encontrar un punto de apoyo? El Papa da a entender con un gesto que ha comprendido lo que quiero decirle y me responde. «Tenemos que anunciar el Evangelio en todas partes, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de herida y cualquier enfermedad. En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderos “heridos sociales”, porque me dicen que sienten que la Iglesia siempre les ha condenado. Pero la Iglesia no quiere hacer eso. Durante el vuelo en que regresaba de Río de Janeiro dije que si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla. Al decir esto he dicho lo que dice el Catecismo. La religión tiene derecho de expresar sus propias opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal. Una vez una persona, para provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le respondí con otra pregunta: “Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?”. Hay que tener siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano. En esta vida Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición. Hay que acompañar con misericordia. Cuando sucede así, el Espíritu Santo inspira al sacerdote la palabra oportuna».

«Esta es la grandeza de la confesión: que se evalúa caso a caso, que se puede discernir qué es lo mejor para una persona que busca a Dios y su gracia. El confesionario no es una sala de tortura, sino aquel lugar de misericordia en el que el Señor nos empuja a hacer lo mejor que podamos. Estoy pensando en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto. Después de aquello esta mujer se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana. ¿Qué hace el confesor?».

«No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo no he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar».

«Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente. El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que, por otra parte es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús». «Tenemos, por tanto, que encontrar un nuevo equilibrio, porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia corre peligro de caer como un castillo de naipes, de perder la frescura y el perfume del Evangelio. La propuesta evangélica debe ser más sencilla, más profunda e irradiante. Sólo de esta propuesta surgen luego las consecuencias morales».

«Digo esto pensando también en la predicación y en los contenidos de nuestra predicación. Una buena homilía, una verdadera homilía, debe comenzar con el primer anuncio, con el anuncio de la salvación. No hay nada más sólido, profundo y seguro que este anuncio. Después vendrá una catequesis. Después se podrá extraer alguna consecuencia moral. Pero el anuncio del amor salvífico de Dios es previo a la obligación moral y religiosa. Hoy parece a veces que prevalece el orden inverso. La homilía es la piedra de toque si se quiere medir la capacidad de encuentro de un pastor con su pueblo, porque el que predica tiene que reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde permanece vivo y ardiente el deseo de Dios. Por eso el mensaje evangélico no puede quedar reducido a algunos aspectos que, aun siendo importantes, no manifiestan ellos solos el corazón de la enseñanza de Jesús».

El primer Papa religioso después de 182 años…

El Papa Francisco es el primer Pontífice que proviene de una orden religiosa después del camaldulense Gregorio XVI, elegido en 1831, hace 182 años. Así, pues, pregunto: «¿Qué puesto específico tienen hoy en la Iglesia los religiosos y las religiosas?».

«Los religiosos son profetas. Son los que eligieron un modo de seguir a Jesús que imita su vida con la obediencia al Padre, la pobreza, la vida de comunidad y la castidad. En este sentido, los votos no pueden acabar convirtiéndose en caricaturas, porque cuando así sucede, por ejemplo, la vida de comunidad se vuelve un infierno y la castidad una vida de solterones. El voto de castidad debe ser un voto de fecundidad. En la Iglesia los religiosos son llamados especialmente a ser profetas que dan testimonio de cómo Jesús vivió en esta tierra, y que anuncian cómo será el Reino de Dios cuando llegue a su perfección. Un religioso no debe jamás renunciar a la profecía. Lo cual no significa actitud de oposición a la parte jerárquica de la Iglesia, aunque función profética y estructura jerárquica no coinciden. Estoy hablando de una propuesta positiva, que no debe realizarse con temor. Pensemos en lo que han hecho tantos grandes santos de la vida monástica, religiosos y religiosas, desde tiempos de san Antonio Abad. Ser profeta implica, a veces, hacer ruido, no sé cómo decir… La profecía crea alboroto, estruendo, alguno diría que crea “gran confusión”. Pero en realidad su carisma es ser levadura: la profecía anuncia el espíritu del Evangelio».

Dicasterios romanos, sinodalidad, ecumenismo

Partiendo de la alusión a la Jerarquía, en este momento pregunto al Papa: «¿Qué piensa de los dicasterios romanos?».

«Los dicasterios romanos están al servicio del Papa y de los obispos: tienen que ayudar a las Iglesias particulares y a las conferencias episcopales. Son instancias de ayuda. Pero, en algunos casos, cuando no son bien entendidos, corren peligro de convertirse en organismos de censura. Impresiona ver las denuncias de falta de ortodoxia que llegan a Roma. Pienso que quien debe estudiar los casos son las conferencias episcopales locales, a las que Roma puede servir de valiosa ayuda. La verdad es que los casos se tratan mejor sobre el terreno. Los dicasterios romanos son mediadores, no intermediarios ni gestores».

Recuerdo al Papa que el pasado 29 de junio, durante la ceremonia de bendición e imposición de los palios a los 34 arzobispos metropolitanos, definió «la vía de la sinodalidad» como el camino que lleva a la Iglesia unida «a crecer en armonía con el servicio del primado». En consecuencia, mi pregunta es esta: «¿Cómo conciliar en armonía primado petrino y sinodalidad? ¿Qué caminos son practicables, incluso con perspectiva ecuménica?».

«Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el Papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. Quizá es tiempo de cambiar la metodología del Sínodo, porque la actual me parece estática. Eso podrá llegar a tener valor ecuménico, especialmente con nuestros hermanos ortodoxos. De ellos podemos aprender mucho sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre la tradición de sinodalidad. El esfuerzo de reflexión común, observando cómo se gobernaba la Iglesia en los primeros siglos, antes de la ruptura entre Oriente y Occidente, acabará dando frutos. Para las relaciones ecuménicas es importante una cosa: no sólo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros. Yo deseo proseguir la reflexión sobre cómo ejercer el primado petrino que inició ya en 2007 la Comisión Mixta y que condujo a la firma del Documento de Rávena. Hay que seguir esta vía».

Intento captar cómo ve el Papa el futuro de la unidad de la Iglesia. Me responde: «Tenemos que caminar unidos en las diferencias: no existe otro camino para unirnos. El camino de Jesús es ese».

¿Y el papel de la mujer en la Iglesia? El Papa se ha referido más de una vez a este tema en ocasiones diversas. En una entrevista afirmó que la presencia femenina en la Iglesia apenas se ha hecho notar, porque la tentación del machismo no ha dejado espacio para hacer visible el papel que corresponde a la mujer en la comunidad. Retomó el tema durante el viaje de vuelta de Río de Janeiro, afirmando que no se ha hecho aún una teología profunda de la mujer. Yo le pregunto: «¿Cuál debe ser el papel de la mujer en la Iglesia? ¿Qué hacer hoy para darle una mayor visibilidad?».

«Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Temo la solución del “machismo con faldas”, porque la mujer tiene una estructura diferente del varón. Pero los discursos que oigo sobre el rol de la mujer a menudo se inspiran en una ideología machista. Las mujeres están formulando cuestiones profundas que debemos afrontar. La Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer y el papel que ésta desempeña. La mujer es imprescindible para la Iglesia. María, una mujer, es más importante que los obispos. Digo esto porque no hay que confundir la función con la dignidad. Es preciso, por tanto, profundizar más en la figura de la mujer en la Iglesia. Hay que trabajar más hasta elaborar una teología profunda de la mujer. Sólo tras haberlo hecho podremos reflexionar mejor sobre su función dentro de la Iglesia. En los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino. Afrontamos hoy este desafío: reflexionar sobre el puesto específico de la mujer incluso allí donde se ejercita la autoridad en los varios ámbitos de la Iglesia».

El Concilio Vaticano II

«¿Qué hizo el Concilio Vaticano II? ¿Qué fue, en realidad?». Le dirijo esta pregunta a la luz de las afirmaciones que acaba de hacer, imaginando una respuesta larga y organizada. Y, sin embargo, me da la impresión de que el Papa considerase el Concilio un hecho tan incontestable que apenas valiera la pena dedicarle mucho tiempo corroborando su importancia.

«El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica concreta. Sí, hay líneas de hermenéutica de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible. Luego están algunas cuestiones concretas, como la liturgia según el Vetus Ordo. Pienso que la decisión del Papa Benedicto estuvo dictada por la prudencia, procurando ayudar a algunas personas que tienen esa sensibilidad particular. Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo».

Buscar y encontrar a Dios en todas las cosas

El discurso del Papa Francisco se inclina hacia la apertura cuando habla de los desafíos que afrontamos hoy. Hace algunos años escribía que para ver la realidad hace falta una mirada de fe, porque si no, se contempla una realidad fragmentada, dividida. Este sería uno de los temas de la encíclica Lumen fidei. Tengo presente algunos pasajes de los discursos del Papa Francisco durante la Jornada mundial de la juventud en Río de Janeiro. Se los cito: «Dios es real, si se manifiesta en nuestro hoy»; «Dios está en todas partes». Son frases que se hacen eco de la expresión ignaciana «buscar y encontrar a Dios en todas las cosas». Le pregunto al Papa: «Santidad, ¿cómo se hace para buscar y encontrar a Dios en todas las cosas?».

«Lo que dije en Río tiene un valor temporal. Es verdad que tenemos la tentación de buscar a Dios en el pasado o en lo que creemos que puede darse en el futuro. Dios está ciertamente en el pasado porque está en las huellas que ha ido dejando. Y está también en el futuro como promesa. Pero el Dios “concreto”, por decirlo así, es hoy. Por eso las lamentaciones jamás nos ayudan a encontrar a Dios. Las lamentaciones que se oyen hoy sobre cómo va este mundo “bárbaro” acaban generando en la Iglesia deseos de orden, entendido como pura conservación, como defensa. No: hay que encontrar a Dios en nuestro hoy».

«Dios se manifiesta en una revelación histórica, en el tiempo. Es el tiempo el que inicia los procesos, el espacio los cristaliza. Dios se encuentra en el tiempo, en los procesos en curso. No hay que dar preferencia a los espacios de poder frente a los tiempos, a veces largos, de los procesos. Lo nuestro es poner en marcha procesos, más que ocupar espacios. Dios se manifiesta en el tiempo y está presente en los procesos de la historia. Esto nos hace preferir las acciones que generan dinámicas nuevas. Y exige paciencia y espera».

«Encontrar a Dios en todas las cosas no es un eureka empírico. En el fondo, cuando deseamos encontrar a Dios nos gustaría constatarlo inmediatamente por medios empíricos. Pero así no se encuentra a Dios. Se le encuentra en la brisa ligera de Elías. Los sentidos capaces de percibir a Dios son los que Ignacio llama “sentidos espirituales”. Ignacio quiere que abramos la sensibilidad espiritual y así encontremos a Dios más allá de un contacto puramente empírico. Se necesita una actitud contemplativa: es el sentimiento del que va por el camino bueno de la comprensión y del afecto frente a las cosas y las situaciones. Señales de que estamos en ese buen camino son la paz profunda, la consolación espiritual, el amor de Dios y de ver todas las cosas en Dios».

Certezas y errores

«Si el encuentro con Dios en todas las cosas no es un “eureka empírico” —le digo al Papa— y si, por tanto, se trata de un camino que va leyendo en la historia, es posible cometer errores…».

«Sí, este buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Debe dejarlo. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Quiere decir que es un falso profeta que usa la religión en bien propio. Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda. Tenemos que hacer espacio al Señor, no a nuestras certezas, hemos de ser humildes. En todo discernimiento verdadero, abierto a la confirmación de la consolación espiritual, está presente la incertidumbre».

«El riesgo que existe, pues, en el buscar y hallar a Dios en todas las cosas, son los deseos de ser demasiado explícito, de decir con certeza humana y con arrogancia: “Dios está aquí”. Así encontraríamos sólo un Dios a medida nuestra. La actitud correcta es la agustiniana: buscar a Dios para hallarlo, y hallarlo para buscarle siempre. Y frecuentemente se busca a tientas, como leemos en la Biblia. Esta es la experiencia de los grandes Padres de la fe, modelo nuestro. Hay que releer el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos. Abrahán, por la fe, partió sin saber a dónde iba. Todos nuestros antepasados en la fe murieron teniendo ante los ojos los bienes prometidos, pero muy a lo lejos... No se nos ha entregado la vida como un guión en el que ya todo estuviera escrito, sino que consiste en andar, caminar, hacer, buscar, ver… Hay que embarcarse en la aventura de la búsqueda del encuentro y del dejarse buscar y dejarse encontrar por Dios».

«Porque Dios está primero, está siempre primero, Dios primerea. Dios es un poco como la flor del almendro de tu Sicilia, Antonio, que es siempre la primera en aparecer. Así lo leemos en los profetas. Por tanto, a Dios se le encuentra caminando, en el camino. Y al oírme alguno podría decir que esto es relativismo. ¿Es relativismo? Sí, si se entiende mal, como una especie de confuso panteísmo. No, si se entiende en el sentido bíblico, según el cual Dios es siempre una sorpresa y jamás se sabe dónde y cómo encontrarlo, porque no eres tú el que fija el tiempo ni el lugar para encontrarte con Él. Es preciso discernir el encuentro. Y por eso el discernimiento es fundamental».

«Un cristiano restauracionista, legalista, que lo quiere todo claro y seguro, no va a encontrar nada. La tradición y la memoria del pasado tienen que ayudarnos a reunir el valor necesario para abrir espacios nuevos a Dios. Aquel que hoy buscase siempre soluciones disciplinares, el que tienda a la “seguridad” doctrinal de modo exagerado, el que busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, posee una visión estática e involutiva. Y así la fe se convierte en una ideología entre tantas otras. Por mi parte, tengo una certeza dogmática: Dios está en la vida de toda persona. Dios está en la vida de cada uno. Y aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana. Aunque la vida de una persona sea terreno lleno de espinas y hierbajos, alberga siempre un espacio en que puede crecer la buena semilla. Es necesario fiarse de Dios».

¿Debemos ser optimistas?

Estas palabras del Papa me recuerdan algunas reflexiones suyas de hace tiempo, en las que el entonces cardenal Bergoglio escribía que Dios vive ya en la ciudad, mezclado vitalmente con todos y unido a cada uno. Es otro modo de decir, me parece, lo que escribe san Ignacio en los Ejercicios Espirituales cuando dice que Dios «trabaja y labora» en nuestro mundo. Le pregunto: «¿Debemos ser optimistas? ¿Qué signos de esperanza hay en el mundo actual? ¿Cómo hacemos para ser optimistas en un mundo en crisis?».

«No me gusta mucho la palabra “optimismo” porque expresa una actitud psicológica. Me gusta más usar la palabra “esperanza”, tal como se lee en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos que he citado más arriba. Los Padres siguieron caminando a través de grandes dificultades. La esperanza no defrauda, como leemos en la Carta a los Romanos. Piense en la primera adivinanza del Turandot de Puccini», me dice el Papa.

Sobre la marcha he hecho memoria para recordar los versos de aquella adivinanza de la princesa, que tiene como solución la esperanza: En la oscuridad de la noche vuela un irisado fantasma. / Sube y despliega las alas / sobre la negra, infinita humanidad. / Todos lo invocan / y todos le imploran. / Pero el fantasma se esfuma con la aurora / para renacer en el corazón. / ¡Cada noche nace / y cada día muere! Son versos que revelan el deseo de una esperanza que, sin embargo, es un fantasma irisado que desaparece con la aurora.

«Pues bien —prosigue el Papa Francisco—, la esperanza cristiana no es un fantasma y no engaña. Es una virtud teologal y, en definitiva, un regalo de Dios que no se puede reducir a un optimismo meramente humano. Dios no defrauda la esperanza ni puede traicionarse a sí mismo. Dios es todo promesa».

El arte y la creatividad

He quedado tocado por la alusión del Papa a Turandot, hablando del misterio de la esperanza. Me gustaría captar un poco más cuáles son sus coordenadas artísticas y literarias. Le recuerdo que en el año 2006 decía que los grandes artistas saben cómo presentar con belleza las realidades trágicas y dolorosas de la vida. Y le pregunto cuáles son sus artistas y escritores preferidos, si tienen algo en común… «He sido aficionado a autores muy diferentes entre sí. Amo muchísimo a Dostoyevski y Hölderlin. De Hölderlin me gusta recordar aquella poesía tan bella para el cumpleaños de su abuela, que me ha hecho tanto bien espiritual. Es aquella que termina con el verso Que el hombre mantenga lo que prometió el niño.

Me impresionó porque quería mucho a mi abuela Rosa y en esa poesía Hölderlin pone a su abuela junto a María, la que dio a luz a Jesús, al que él consideraba el amigo de la tierra que no consideró extranjero a ningún viviente. He leído Los novios tres veces y ahora lo tengo sobre la mesa para volverlo a leer. Manzoni me ha dado mucho. Mi abuela me hacía, de niño, aprender de memoria el comienzo de Los novios: “Quel ramo del lago di Como, che volge a mezzogiorno, tra due catene non interrotte di monti…”. También Gerard Manley Hopkins me ha gustado mucho».

«En pintura admiro a Caravaggio: sus lienzos me hablan. Pero también Chagall con su Crucifixión blanca...».

«En música amo a Mozart, obviamente. Aquel Et Incarnatus est de su Misa en Do es insuperable: ¡te lleva a Dios! Me encanta Mozart interpretado por Clara Haskil. Mozart me llena: no puedo pensarlo, tengo que sentirlo. A Beethoven me gusta escucharlo, pero prometeicamente. Y el intérprete más prometeico para mí es Furtwängler. Y después, las Pasiones de Bach. El pasaje de Bach que me gusta mucho es el Erbarme Dich, el llanto de Pedro de la Pasión según San Mateo. Sublime. Después, a distinto nivel, no de la misma intimidad, me gusta Wagner. Me gusta escucharlo, pero no siempre. La Tetralogía del anillo, dirigido por Furtwängler en la Scala en el ’50 es lo mejor que hay. Sin olvidar Parsifal dirigido en el ’62 por Knappertsbusch».

«Deberíamos pasar a hablar de cine. La Strada de Fellini es quizá la película que más me haya gustado. Me identifico con esa película, en la que hay una referencia implícita a san Francisco. Luego creo haber visto todas las películas de Anna Magnani y Aldo Fabrizi cuando tenía entre 10 y 12 años. Otra película que me gustó mucho fue Roma città aperta. Mi cultura cinematográfica se la debo sobre todo a mis padres, que nos llevaban muy a menudo al cine».

«En general puedo decir que me gustan los artistas trágicos, especialmente los más clásicos. Hay una bella definición que Cervantes pone en boca del bachiller Carrasco haciendo el elogio de la historia de Don Quijote: “Los niños la traen en las manos, los jóvenes la leen, los adultos la entienden, los viejos la elogian”. Esta puede ser para mí una buena definición de lo que son los clásicos».

Me doy cuenta de que me han absorbido todas estas citas del Papa y de que desearía entrar en su vida por la puerta de sus preferencias artísticas. Sería, imagino, un largo itinerario. Incluiría el cine, desde el neorrealismo italiano al Festín de Babette. Me vienen a la cabeza otros autores y otras obras que él ha citado en otras ocasiones, quizá menores o peor conocidas o de carácter local, del Martín Fierro de José Hernández a la poesía de Nino Costa, a El gran éxodo de Luigi Orsenigo. Pienso también en Joseph Malègue y José María Pemán. Y obviamente en Dante y Borges, pero también en Leopoldo Marechal, el autor de Adán Buenosayres, El banquete de Severo Arcángelo y Megafón o la guerra. Pienso en Borges porque Bergoglio, entonces profesor de literatura a los veintiocho años en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe, lo conoció personalmente. Bergoglio enseñaba en los dos últimos años del liceo cuando inició a sus alumnos en la escritura creativa. Yo mismo he tenido una experiencia parecida a la suya cuando tenía su edad, en el Istituto Massimo de Roma, fundandoBombaCarta, y se la cuento.

Al final pido al Papa que me narre su experiencia.

«Fue una cosa un poco atrevida —responde—. Quería encontrar la manera de que mis alumnos estudiasen El Cid. Pero a los chicos no les apetecía. Me pedían leer a García Lorca. Entonces decidí que estudiaran El Cid en casa y que en clase yo hablaría de los autores que les gustaban más. Naturalmente los chicos querían leer obras literarias más “picantes”, contemporáneas, como La casada infiel o clásicas, como La Celestina de Fernando de Rojas. Pero leyendo estas cosas que les resultaban entonces más atractivas, le cogían gusto a la literatura y a la poesía en general, y pasaban a otros autores. Y a mí me resultó una gran experiencia. Pude acabar el programa, aunque de forma no estructurada, es decir, no según el orden previsto, sino siguiendo el que iba surgiendo con naturalidad a partir de la lectura de los autores. Esta modalidad se me acomodaba muy bien: no era de mi agrado hacer una programación rígida, todo lo más conocer, poco más o menos, a dónde quería llegar. Y entonces empecé a hacerles escribir. Al final decidí pedir a Borges que leyera dos narraciones escritas por mis chicos. Conocía a su secretaria, que me había dado clases de piano. A Borges le gustaron muchísimo. Y me propuso redactar la introducción de una recopilación».

«Entonces, Santo Padre, para la vida de una persona ¿es importante la creatividad?», le pregunto. Se ríe y me responde: «¡Para un jesuita es enormemente importante! Un jesuita debe ser creativo».

Fronteras y laboratorios

Creatividad, pues: importante para un jesuita. El Papa Francisco, cuando recibió a los padres y colaboradores de «La Civiltà Cattolica», había enunciado otras tres características importantes para el trabajo cultural del jesuita. Vuelvo con la memoria a aquel día, 14 de junio pasado. Recuerdo que entonces, en el intercambio que tuvimos, previo al encuentro con todo el grupo, ya me las había anunciado: diálogo, discernimiento y frontera. Y había insistido en particular en el último punto, citándome a Pablo VI que en un famoso discurso había dicho de los jesuitas: «Dondequiera que en la Iglesia las más candentes exigencias del hombre se han medido con el mensaje perenne del Evangelio, aun en los campos más difíciles y punteros, sea en las encrucijadas de las ideologías o en las trincheras sociales, allí han estado los jesuitas».

Le pido al Papa Francisco que me lo aclare un poco: «Nos ha pedido que estemos atentos a no caer “en la tentación de domesticar las fronteras: hay que salir al encuentro de las fronteras, y no traerse las fronteras a casa para darles un barniz y domesticarlas”. ¿A qué se refería? ¿Qué quería decirnos exactamente? Esta entrevista ha surgido de un acuerdo entre un grupo de revistas dirigidas por la Compañía de Jesús: ¿desea hacerles alguna invitación especial? ¿Cuáles deben ser sus prioridades?».

Autor: Noticelam
Fuente: Santa Sede




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