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04 de Abril, 2016
Haití, una realidad dramática y silenciosa que interesa a pocos

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La pobreza económica golpea la vida y produce las migraciones

Varios años han pasado desde que Haití, este país caribeño fue sacudido por un terremoto que lo devastó, desnudando como en muchos países latinoamericanos y pobres del mundo, una realidad de pobreza económica fruto de los sistemas imperantes y una realidad de subsistencia. 

Haití suena poco en el itsmo, como suena poco el grito de la violencia que golpea duramente al Salvador, el país más pequeño de Centroamérica, o las intervenciones a manera de golpe de Estado en el coloso Brasil. Probablemente porque las noticias solo se mundializan cuando un interés de otro nivel ha sido tocado, no cuando se trata como dice el Papa Francisco de los “descartados”.

Haití como varios países del Caribe, es un pueblo tenaz que va adelante aun cuando tiene en contraposición un sistema que lo descarta y que lo anula. 

La pobreza extrema se agudizó con el terremoto sufrido por ese país hace 5 años y que quedó registrado en la historia con las siguientes cifras de destrucción: “murieron 316, 000 personas, 350 000 más quedaron heridas, y más de 1,5 millones de personas se quedaron sin hogar, con lo cual, es una de las catástrofes humanas más graves de la historia.

La situación política del país es complicada, las elecciones fueron pospuestas los últimos meses y continúa la inestabilidad, grandes cantidades de pobladores buscan emigrar sobre todo a República Dominicana, que es lo más cerca, y la situación se torna complicada.

Los Obispos Haitianos se han pronunciado en repetidas ocasiones ante la situación en favor de la población y han realizados gestos comunicativos en la frontera con República Dominicana para llamar la atención ante lo que en Haití se vive.

José Ricardo Taveras Blanco, es un abogado y político dominicano, miembro de la Fuerza Nacional Progresista donde ocupa la posición de Secretario General y de Relaciones Internacionales. Nacido en Santiago de los Caballeros, es egresado del colegio Mahatma Gandhi y Licenciado en Derecho de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra donde se desempeñó como miembro fundador y Presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho (ADER). Ha sido además catedrático de Derecho Romano en su alma matter. Es a la sazón Director de Migración de la República Dominicana.

José Ricardo publicó un artículo sobre la situación de Haití vista desde República Dominicana. Desde el ojo externo e interno de los sistemas ofrece un panorama de la situación actual de Haití, poniendo en claro la necesidad que hay de atención de la situación silenciosa pero dramática con sus predecibles repercusiones que tendrá si fuera ignorada.

 

Migración y vecindad con el colapso

JOSÉ RICARDO TAVERAS BLANCO

HAITÍ|30 MAR 2016, 12:00 AM


No es posible comprender las causas de los flujos migratorios en general, si no partimos del reconocimiento de la pobreza como motor fundamental de los mismos. La sola observación de los desplazamientos de personas, nos permite constatar que se generan de manera abrumadora desde sociedades subdesarrolladas con altos índices de desempleo; deficiente, escasa o ninguna política de seguridad social; déficit en los indicadores de institucionalidad, salubridad, educación y vivienda entre otros; nos muestra claramente que la migración constituye una ruta de esperanza.

La desproporcionada e injusta distribución de las riquezas del mundo, hoy más que nunca expuesta a los ojos de todos a través de una comunicación social plana, abundante y universal; pone diariamente en evidencia las diferencias entre modos de vida muchas veces opulentos o de patrón consumista, frente a las más inimaginables expresiones de miseria, lo que resulta ser un motor eficaz para el incentivo de movilidad migratoria como una oportunidad.

Esta realidad genera el desbordamiento de los desplazamientos humanos en procesos migratorios no ordenados e ilegales, que ya empieza a acusar signos de preocupación en las sociedades pacíficamente invadidas, muchas veces por ciudadanos de identidades contrapuestas cultural y religiosamente, por citar solo dos factores de fricción. Dada la ley natural del principio de causa y efecto, resulta pues lógico que los desbordamientos así producidos, comiencen a generar como consecuencia una tendencia política y de opinión pública que no dejará a los Estados otro camino que dirigirse hacia la reivindicación del derecho que les asiste, de promover políticas migratorias restrictivas y controles de frontera cada vez más rigurosos y sofisticados, como las que acaba de aprobar el Reino Unido, que ha dispuesto deportar a los migrantes que no sepan inglés o los cierres de frontera temporal en el espacio Schengen, dispuestos ya frecuentemente en diferentes momentos por Francia, Suecia, Austria, etc.

Ciertamente, el derecho internacional reserva a los Estados el dominio de decidir a discreción, en el marco de su Estado de derecho, el ordenamiento de sus políticas de nacionalidad y migración, por lo que, el criterio del dominio reservado de las mismas, consagrado inveteradamente por las jurisdicciones internacionales, tiende a consolidarse ante los desafíos que plantea hoy en día el manejo de sucesivas crisis migratorias alrededor del mundo. No se puede, so pena de socavar las columnas que sostienen la comunidad internacional, condenar a los Estados por el hecho de impulsar políticas tendentes a la defensa de la seguridad, fronteras e identidad de sus naciones, a través del ordenamiento adecuado de sus migraciones en un marco de legalidad y orden.

La afectación de varios miembros del Consejo de Seguridad de ONU y otras naciones poderosas, implicará eventual y gradualmente un cambio en el discurso de los organismos internacionales y la comunidad mediática internacional respecto al tema migratorio, llevándonos a un escenario de defensa de fronteras, seguridad, etc. Dado que algunas de ellas son preponderantes en el financiamiento de las agendas que desde el olvido de la historia y el desconocimiento de las implicaciones que ello supone, acusan un irresponsable manejo en naciones como la nuestra, para evitar ser ellos el destino de migraciones no deseadas; la realidad les obligará a disimular el discurso y su financiamiento por razones de coherencia de su política interior y exterior en el tema.

La dinámica del transporte, la globalización y digitalización de las prácticas de comercio harán el mundo cada vez más plano y más móvil, por lo que las migraciones acusan una tendencia de incremento natural conjuntamente con el reto de estimular que las mismas sean ordenadas y legales, dado que son un fenómeno que le va a la naturaleza del hombre y resultan ser valiosas para el enriquecimiento de las sociedades.

Este proceso, al que nos dirige la lógica inevitable de los acontecimientos, no debe implicar que sea asumida la migración como una plaga repudiable dadas las reacciones que generan el fenómeno del terrorismo y la violencia social de minorías étnicas. Contra eso hay que construir consciencia y tolerancia sin renunciar a los valores, soberanía e identidad de las naciones, pero sobre todo, sin menoscabar el imperativo de la seguridad, sin la cual las sociedades expresan una visión gráfica del caos, del cual deben ser redimidos nacionales y migrantes.

Todo lo antes dicho, nos conduce a que los dominicanos debemos prepararnos para sacar de nuestras cabezas la idea de que en nuestro país existe una crisis migratoria haitiana, enfocándonos en la problemática de la presencia masiva de haitianos en nuestro territorio sin reparar en las causas de esa presencia, pues, de no ser así, nunca lograremos comunicar efectivamente a la comunidad internacional respecto a la singularidad y carácter especial de la situación de la República de Haití y su impacto en la isla, que va mucho más allá de la migración, a un universo de dramas. Todos los parámetros institucionales, medioambientales, económicos, sanitarios, educativos, de infraestructura y vivienda, entre otras muchas situaciones de naturaleza agudamente dramáticas, indican claramente que lejos de estar frente a un drama migratorio, Haití expresa a través de cifras científicamente comprobables y obvias, niveles de colapso total que lo colocan en categoría de drama humano.

Históricamente, nuestros gobiernos han asumido una actuación reactiva e irresponsable con el tratamiento del tema, queriendo pasar paño tibio para sofocar los episodios mediáticos generados de vez en cuando, sin el abordaje de una doctrina nacional respecto al tratamiento de la problemática haitiana.

En el marco de la comunidad internacional y aún en el debate nacional acudimos temerosos, sicológicamente sentados en un banquillo de acusados, como auto inculpado arrepentido, sin reparar en que nos corresponde el rol de demandantes hasta el desafío por la indiferencia de una comunidad internacional que en sus más elevadas esferas, tiene vínculos con causales históricas de esa desgracia, frente a la cual se limitan a financiar la pose de una “solidaridad” de ignaros y señoritos satisfechos, cuyo propósito no es otro que la foto cursi de frívolas e inconducentes filantropías que no van más allá del interés de usufructuar el drama ajeno, aunque para ello crucifiquen nuestra imagen como nación.

La verdadera solidaridad con Haití debe expresarse a través de la implementación de un plan especial bajo la responsabilidad y administración de la comunidad internacional para su auxilio y el fortalecimiento de su Estado, lo que lejos de ser un llamado pasa a ser un imperativo político, ético, moral y humano. El diseño de un plan de rescate de Haití en Haití a mediano y largo plazo, que evoque el famoso Plan Marshall, con una caja única que evite la atomización de la ayuda y priorice los renglones básicos necesarios para el objetivo, resulta ser urgente para eventualmente evitar la vergüenza del mundo por el potencial de catástrofe humanitaria en que puede degenerar el hecho de dar la espalda a semejante y dantesca situación de pobreza general, que obviamente, nos involucrará a nosotros y desestabilizará a través del derramamiento de población a todo el Caribe y más allá.

Lejos de acomplejarnos frente a las acusaciones de la industria del usufructo de drama ajeno, debemos reconocernos como una nación que carga sin poder y de manera injusta el peso de su vecindad con el colapso, situación en la que debe ser debidamente asistida a través de la promoción del desarrollo haitiano, de manera tal, que se pueda conducir a ambas naciones a una situación de equilibrio económico e institucional que facilite la paz y el desarrollo de sus pueblos. Para nosotros, ha sido, es y seguirá siendo el reto de toda la vida, dada la historia y la geopolítica de la isla, de peculiar singularidad en el mundo.

La tendencia de la problemática migratoria a nivel mundial impulsará el viento a nuestro favor, actuemos y empoderemos electoralmente la acción.

Twitter: @JoseRicardoTB

facebook.com/josericardotaverasblanco

josericardotaveras@gmail.com

 

 

Autor: Noticelam
Fuente: Diariolibre.com




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