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23 de Febrero, 2016
El Santuario de Dios es la vida de sus hijos

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Homilía de la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe.

Cada momento de la visita del Papa Francisco desde su llegada, fue intenso, no en tensión, sino en profundad. Atento a todo, a todo y a toda circunstancia de la vida. Sensible a las realidades y situaciones humanas, experto en la comprensión de las complejidades de la convivencia  humana y de las realidades sociopolíticas.

“Voy como misionero de la misericordia y de la paz”, dijo Francisco en el video mensaje que hizo llegar días antes de su partida. Se trataba entonces de un viaje pastoral, y pastoral en el sentido bíblico, que abarca y abraza toda la vida. Su presencia llenaba el ambiente, por ser el Papa, aunque en realidad su personalidad más bien de bajo perfil, no es del bullicio ni de los egocentristas que buscan la fama, es en sí, de una personalidad llena de simplicidad y de gran calidez humana, lleno de ternura para con todos, en particular con los sufridos de la tierra, los pobres, los heridos, los enfermos.

Otro momento importante es cuando Francisco habla. Sus Palabras están cargadas de Espíritu. No son palabras vacías. En la antigüedad, Dios hablaba por medio de los profetas. En el Presente nos habla por medio de Jesucristo. Pero el Señor, “eligió a los que él quiso y los envío” dándoles su Espíritu.

La espiritualidad del Papa se nutre de su relación de fidelidad a Dios. Por eso insiste en la oración “dime como rezas y te diré quién eres”, y por otro lado siempre solicita: “no se olviden de rezar por mí”. Nadie puede dar de lo que no tiene, y una de las fuentes importantes es “el propio pozo”. Esa riqueza espiritual que Dios da en cada lugar, situación, revelación y acontecimiento.

Algo resaltante en el anuncio que el Papa hizo al anunciar su visita a México fue, “es mi deseo visitar a la Madre”, refiriéndose a la virgen de Guadalupe, cuya presencia en su imagen yace en la Basílica del Tepeyac, en pleno corazón de la ciudad de México.

El Papa presidió la misa en la basílica, con Espíritu de recogimiento. Su homilía hizo un recuento histórico del hecho fundante de México bajo la presencia y cercanía tierna de la madre del cielo, que escogió como embajador para comunicar su presencia a San Juan Diego.

La homilía fue corta, hermosa y profunda. Al final, la misa no terminó con el rito establecido, terminada la oración colecta y dada la bendición, el Papa se adentró en el “camarín”, (pequeña capilla interna donde está la imagen de la virgen). Allí la imagen que siempre mira al frente donde se convoca el pueblo, fue movida, el Papa sentado en una silla y la “señora del cielo” mirando de frente. La madre de Cristo, aparecida en América, mirando al Papa y el Papa mirando a la Madre. Los obispos y cardenales, sacerdotes y diáconos presentes, concelebrantes de la misa, acostumbrados a lo estructurado y a la norma del rito,  parecía que no sabían que hacer ante la espontaneidad del Papa que del altar pasó directo al Camarín para dedicarle unos minutos de oración y contemplación a la Santa Madre del Tepeyac. Finalmente el clero decidió acompañarle y fueron acomodándose, mientras el pueblo decidió rezar el Rosario. ¿Por qué al Papa le nació en su corazón con tanta fuerza el deseo de estar ante la Madre? En la homilía habló de San Juan Diego como el embajador, y al verle sentado en silencio, parecía querer vivir la misma experiencia espiritual que San Juan Diego vivió ante las apariciones del Tepeyac.

Era fácil ver que ese momento marcaría fuertemente la misión de los siguientes días, la Madre, aquella de quien San Juan Diego fue embajador, lo acompañaría y estaría presente en su Palabra al decir repetidamente: “esta tierra tiene olor y sabor guadalupano”. He aquí la Homilía del Papa Francisco en la Basílica Guadalupana.

 

 

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO 
(12-18 DE FEBRERO DE 2016)

SANTA MISA EN LA BASÍLICA DE GUADALUPE

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Ciudad de México 
Sábado 13 de febrero de 2016


 

Escuchamos cómo María fue al encuentro de su prima Isabel. Sin demoras, sin dudas, sin lentitud va a acompañar a su pariente que estaba en los últimos meses de embarazo.

El encuentro con el ángel a María no la detuvo, porque no se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse de la vida de los suyos. Al contrario, reavivó y puso en movimiento una actitud por la que María es y será reconocida siempre como la mujer del «sí», un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de ella yendo en camino al encuentro con los demás.

Escuchar este pasaje evangélico en esta casa tiene un sabor especial. María, la mujer del sí, también quiso visitar a los habitantes de estas tierras de América en la persona del indio san Juan Diego. Así como se movió por los caminos de Judea y Galilea, de la misma manera caminó al Tepeyac, con sus ropas, usando su lengua, para servir a esta gran Nación. Y, así como acompañó la gestación de Isabel, ha acompañado y acompaña la gestación de esta bendita tierra mexicana. Así como se hizo presente al pequeño Juanito, de esa misma manera se sigue haciendo presente a todos nosotros; especialmente a aquellos que como él sienten «que no valían nada» (cf. Nican Mopohua, 55). Esta elección particular, digamos preferencial, no fue en contra de nadie sino a favor de todos. El pequeño indio Juan, que se llamaba a sí mismo como «mecapal, cacaxtle, cola, ala, sometido a cargo ajeno» (cf. ibíd, 55), se volvía «el embajador, muy digno de confianza».

En aquel amanecer de diciembre de 1531 se producía el primer milagro que luego será la memoria viva de todo lo que este Santuario custodia. En ese amanecer, en ese encuentro, Dios despertó la esperanza de su hijo Juan, la esperanza de un pueblo. En ese amanecer, Dios despertó y despierta la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de todos aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en estas tierras. En ese amanecer, Dios se acercó y se acerca al corazón sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos.

En ese amanecer, Juancito experimenta en su propia vida lo que es la esperanza, lo que es la misericordia de Dios. Él es elegido para supervisar, cuidar, custodiar e impulsar la construcción de este Santuario. En repetidas ocasiones le dijo a la Virgen que él no era la persona adecuada, al contrario, si quería llevar adelante esa obra tenía que elegir a otros, ya que él no era ilustrado, letrado o perteneciente al grupo de los que podrían hacerlo. María, empecinada —con el empecinamiento que nace del corazón misericordioso del Padre— le dice: no, que él sería su embajador.

Así logra despertar algo que él no sabía expresar, una verdadera bandera de amor y de justicia: en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera. Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la «altura de las circunstancias» o por no «aportar el capital necesario» para la construcción de las mismas. El Santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder construirse y levantarse. El santuario de Dios es el rostro de tantos que salen a nuestros caminos…

Al venir a este Santuario nos puede pasar lo mismo que le pasó a Juan Diego. Mirar a la Madre desde nuestros dolores, miedos, desesperaciones, tristezas, y decirle: «Madre, ¿qué puedo aportar yo si no soy un letrado?». Miramos a la madre con ojos que dicen: son tantas las situaciones que nos quitan la fuerza, que hacen sentir que no hay espacio para la esperanza, para el cambio, para la transformación.

Por eso creo que hoy nos va a hacer bien un poco de silencio, y mirarla a ella, mirarla mucho y calmamente, y decirle como lo hizo aquel otro hijo que la quería mucho:

«Mirarte simplemente, Madre,
dejar abierta sólo la mirada; 
mirarte toda sin decirte nada, 
decirte todo, mudo y reverente.

No perturbar el viento de tu frente; 
sólo acunar mi soledad violada, 
en tus ojos de Madre enamorada
y en tu nido de tierra trasparente.

Las horas se desploman; sacudidos, 
muerden los hombres necios la basura
de la vida y de la muerte, con sus ruidos.

Mirarte, Madre; contemplarte apenas, 
el corazón callado en tu ternura, 
en tu casto silencio de azucenas».

(Himno litúrgico)

Y en silencio, y en este estar mirándola, escuchar una vez más que nos vuelve a decir: «¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón?» (cf. Nican Mopohua, 107.118). «¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?» (ibíd., 119).

Ella nos dice que tiene el «honor» de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles. Son una oración silenciosa que sube hasta el cielo y que en María encuentra siempre lugar en su manto. En ella y con ella, Dios se hace hermano y compañero de camino, carga con nosotros las cruces para no quedar aplastados por nuestros dolores.

¿Acaso no soy yo tu madre? ¿No estoy aquí? No te dejes vencer por tus dolores, tristezas, nos dice. Hoy nuevamente nos vuelve a enviar, como a Juanito; hoy nuevamente nos vuelve a decir, sé mi embajador, sé mi enviado a construir tantos y nuevos santuarios, acompañar tantas vidas, consolar tantas lágrimas. Tan sólo camina por los caminos de tu vecindario, de tu comunidad, de tu parroquia como mi embajador, mi embajadora; levanta santuarios compartiendo la alegría de saber que no estamos solos, que ella va con nosotros. Sé mi embajador, nos dice, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, da lugar al necesitado, viste al desnudo y visita al enfermo. Socorre al que está preso, no lo dejes solo, perdona al que te lastimó, consuela al que esta triste, ten paciencia con los demás y, especialmente, pide y ruega a nuestro Dios. Y, en silencio, le decimos lo que nos venga al corazón.

¿Acaso no soy yo tu madre? ¿Acaso no estoy yo aquí?, nos vuelve a decir María. Anda a construir mi santuario, ayúdame a levantar la vida de mis hijos, que son tus hermanos.

Autor: Noticelam
Fuente: news.va
Foto: Aciprensa




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