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23 de Febrero, 2016
Con el maligno no se dialoga, sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder

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Homilía Santa Misa y Ángelus en el área de estudios de Ecatepec.

Ecatepec queda a hora y media viajando en transporte,  puede ser transporte público ordinario, se ubica en las orillas de la ciudad de México, es de esas áreas de municipios absorbidos por el crecimiento de las ciudades, pero que de alguna manera tiene autonomía. “Es ciudad dormitorio”, nos explica el Padre Antonio Camacho, del Departamento de Comunicaciones de la CEM, indicando que la mayoría de la población sale a trabajar a distintos lugares de la ciudad y regresa en la noche para dormir.

Era Domingo, la prensa había sido convocada a las 4:30 de la mañana para ser conducida al lugar muy tempranito. Allí iban en las manos de sus operadores las grandes cámaras de televisión, (las independientes, porque las oficiales, ya estaban en lugares correspondientes situadas) de fotografía y diversos aparatos de últimas tecnologías.

El espacio, era una planicie, donde se había convocado una multitud que sobrepasó las expectativas, se esperaban 300 mil personas y había seguramente más de 600 mil. La mayoría habían llegado desde las siete de la mañana del día anterior. Habían pasado orando la mayor parte del día y de la noche soportando el frío y la inclemencia de la noche. Pero estaban alegres, se respiraba paz y tranquilidad. Por la mañana la multitud coreaba: “Papa Francisco México está listo", aludiendo seguramente a la preparación que habían tenido previo a su llegada y a la disponibilidad de participación y escucha. El día estaba radiante, la mañana fresca, un poco de frío que desapareció mientras calentaba el Sol. Muchos medios internacionales, como una revista Italiana, días antes, había publicado un titular que decía: “Papa francisco viajará al infierno”, haciendo alusión al viaje del Papa a México y  a una problemática de violencia, narcotráfico, criminalidad, corrupción y otros males sufridos por la sociedad mexicana.

Los mensajes de animación desde la tribuna, antes del arribo del Papa, parecían un poco titubeantes y temerosos, a veces contradictorios, por un lado había palabras para levantar el ánimo y por otro lado se les apagaba mediante llamadas de atención con palabras finas para que no se notara y que la gente tomaba con suma calma y elegante ánimo. El ambiente era extraordinario, la gente musitaba oraciones, se respiraba paz y el pueblo se veía noble y sanamente orgulloso.

El helicóptero del Papa custodiado por otros más, apareció, la televisión oficial proyectaba imágenes en pantallas grandes distribuidas en diversos lugares para la expectación de la gente que quedaba lejos, muy lejos del lugar donde se había preparado el altar mayor, y donde solo se podía estar con pase VIP, como decían los lugareños sonriendo.

El sol estaba radiante, por momentos quemaba, pegaba de frente, y el Papa presidió la Eucaristía en actitud de sintonía con el rebaño que lo aclamaba con respeto, aprecio, reverencia y cariño. El sol abrazaba el lugar donde celebraba el Papa con los celebrantes, pero en ningún momento pidió sombra.

Su homilía, como sus discursos, fue breve, concisa, directa. Sin rodeos ni tanteos, buscando de provocar el mayor bien posible. Algunas frases resonaban. Hablando de la obra del maligno que hay que enfrentar en cuaresma con valentía por medio de la conversión decía: “aquel (el maligno) que busca separarnos, generando una familia dividida y enfrentada. Una sociedad dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos.”

Más adelante en su palabra que iba tomando cada vez  mayor energía,  a la luz de la primera tentación, hablando de la apropiación egoísta de la riqueza dijo: “Primera, (tentación) la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos».”

La multitud escuchaba, con mucha atención, algunos orando, otros con lágrimas en los ojos conmocionados, y el paso de Dios en las palabras tiernas del pastor, fortalecían, sanaban, consolaban, orientaban, a un pueblo noble, valiente y herido por tantos y diversos sufrimientos. A continuación la homilía del Papa en Ecatepec.

 

 

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO 
(12-18 DE FEBRERO DE 2016)

SANTA MISA EN EL ÁREA DEL CENTRO DE ESTUDIOS DE ECATEPEC

HOMILÍA DEL SANTO PADRE 

Domingo 14 de febrero de 2016

 

El miércoles pasado hemos comenzado el tiempo litúrgico de la cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a prepararnos para celebrar la gran fiesta de la Pascua. Tiempo especial para recordar el regalo de nuestro bautismo, cuando fuimos hechos hijos de Dios. La Iglesia nos invita a reavivar el don que se nos ha obsequiado para no dejarlo dormido como algo del pasado o en un «cajón de los recuerdos». Este tiempo de cuaresma es un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos hijos amados del Padre. Este Padre que nos espera para sacarnos las ropas del cansancio, de la apatía, de la desconfianza y así vestirnos con la dignidad que solo un verdadero padre o madre sabe darle a sus hijos, las vestimentas que nacen de la ternura y del amor.

Nuestro Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único, pero no sabe generar y criar «hijos únicos». Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro, no del «padre mío» y «padrastro vuestro».

En cada uno de nosotros anida, vive, ese sueño de Dios que en cada Pascua, en cada eucaristía lo volvemos a celebrar, somos hijos de Dios. Sueño con el que han vivido tantos hermanos nuestros a lo largo y ancho de la historia. Sueño testimoniado por la sangre de tantos mártires de ayer y de hoy.

Cuaresma, tiempo de conversión, porque a diario hacemos experiencia en nuestra vida de cómo ese sueño se vuelve continuamente amenazado por el padre de la mentira —escuchamos en el Evangelio lo que hacía con Jesús—, por aquel que busca separarnos, generando una familia dividida y enfrentada. Una sociedad dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos. Cuántas veces experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta de que no hemos reconocido esa dignidad en otros. Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena.

Cuaresma, tiempo para ajustar los sentidos, abrir los ojos frente a tantas injusticias que atentan directamente contra el sueño y el proyecto de Dios. Tiempo para desenmascarar esas tres grandes formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios ha querido plasmar.

Las tres tentaciones de Cristo.

Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que hemos sido llamados.

 

Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos.

Primera, la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos». Es tener el «pan» a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta, ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos. Segunda tentación, la vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que «no son como uno». La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la «fama» de los demás, y, «haciendo leña del árbol caído», va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de los mortales», y que reza todos los días: «Gracias te doy, Señor, porque no me has hecho como ellos».

Tres tentaciones de Cristo.

Tres tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente.

Tres tentaciones que buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado.

Vale la pena que nos preguntemos:

¿Hasta dónde somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos? 

¿Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuente y la fuerza de la vida?

¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuente de alegría y esperanza?

Hemos optado por Jesús y no por el demonio. Si nos acordamos lo que escuchamos en el Evangelio, Jesús no le contesta al demonio con ninguna palabra propia, sino que le contesta con las palabras de Dios, con las palabras de la Escritura. Porque, hermanas y hermanos, metámoslo en la cabeza, con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a ganar siempre. Solamente la fuerza de la Palabra de Dios lo puede derrotar. Hemos optado por Jesús y no por el demonio; queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder y en su nombre una vez más volvemos a decir con el salmo: «Tú eres mi Dios y en ti confío». ¿Se animan a repetirlo juntos? Tres veces: «Tú eres mi Dios y en ti confío». «Tú eres mi Dios y en ti confío». «Tú eres mi Dios y en ti confío».

Que en esta Eucaristía el Espíritu Santo renueve en nosotros la certeza de que su nombre es misericordia, y nos haga experimentar cada día que «el Evangelio llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús», sabiendo que con Él y en Él «siempre nace y renace la alegría» (Evangelii gaudium, 1).

 

Autor: Noticelam
Fuente: news.va
Foto: comunicacioncelam




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