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29 de Febrero, 2016
Francisco exhorta a no caer en la tentación de la resignación

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Homilía con sacerdotes, consagrados y seminaristas en Morelia

Durante su viaje apostólica a México (12 al 18 de febrero), Morelia fue la cuarta ciudad que el papa Francisco visitó, después de Ciudad de México, Ecatepec, Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal de Las Casas.

La jornada inició en el estadio “Venustiano Carranza”, en la mañana del martes 16 de febrero, con la celebración de la Santa Misa con aproximadamente 20.000 sacerdotes, religiosas/os y seminaristas provenientes de todo el país, que se dieron cita en la capital del Estado de Michoacán, uno de los más azotados por la problemática del narcotráfico.

En su homilía, Francisco destacó el valor de la oración y exhortó a no caer en la tentación de la resignación, como lo hizo el primer obispo de Michoacán, monseñor Vasco Vázquez de Quiroga.

“Dime cómo rezas y te diré cómo vives, dime cómo vives y te diré cómo rezas”, comenzó diciendo Francisco, apelando al dicho popular y agregando que “nuestra vida habla de la oración y la oración habla de nuestra vida. A rezar se aprende, como aprendemos a caminar, a hablar, a escuchar. La escuela de la oración es la escuela de la vida y en la escuela de la vida es donde vamos haciendo la escuela de la oración”.

Del mismo modo, al recordar la insistencia del apóstol san Pablo a considerar que “nuestra primera llamada es aprender a decir «Padre nuestro» (…), «Abba»”, para experimentar y comunicar el amor misericordioso de Dios Padre en la propia historia, el Papa advirtió –como lo ha hecho en otros contextos– que “no queremos ser funcionarios de lo divino, no somos ni queremos ser nunca empleados de la empresa de Dios”, por el contrario, continuó el Sumo Pontífice, “somos invitados a participar de su vida, somos invitados a introducirnos en su corazón, un corazón que reza y vive diciendo: «Padre nuestro»”.

Particularmente, Bergoglio se detuvo en una de las frases del Padrenuestro: “no nos dejes caer en tentación”, para interpelar a sus hermanos/as consagrados/as: “¿Cuál puede ser una de las tentaciones que nos pueden asediar? ¿Cuál puede ser una de las tentaciones que brota no sólo de contemplar la realidad sino de caminarla? ¿Qué tentación nos puede venir de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad? ¿Qué tentación podemos tener nosotros, una y otra vez, –nosotros llamados a la vida consagrada, al presbiterado al episcopado–, qué tentación podemos tener frente a todo esto, frente a esta realidad que parece haberse convertido en un sistema inamovible?”. La respuesta la resumió en una sola palabra: resignación. “Una resignación que nos paraliza, una resignación que nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras «sacristías» y aparentes seguridades; una resignación que no sólo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar, nos quita la alegría, el gozo de la alabanza. Una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar”, ahondó el obispo de Roma.

Al finalizar la homilía, con un sentido esperanzador, Francisco exaltó el testimonio del primer obispo de Michoacán, el «Tata Vasco», como era llamado, “que en lengua purhépecha significa: Papá”, en quien “el dolor del sufrimiento de sus hermanos se hizo oración y la oración se hizo respuesta”.

A continuación, se reproduce la homilía del papa Francisco en la eucaristía con los sacerdotes, las religiosas, los religiosos y los seminaristas en Morelia.

 

SANTA MISA CON SACERDOTES, RELIGIOSAS, RELIGIOSOS Y SEMINARISTAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

 

Morelia, Martes 16 de febrero de 2016

 

Hay un dicho entre nosotros que dice así: «Dime cómo rezas y te diré cómo vives, dime cómo vives y te diré cómo rezas», porque mostrándome cómo rezas, aprenderé a descubrir el Dios que vives y, mostrándome cómo vives, aprenderé a creer en el Dios al que rezas»; porque nuestra vida habla de la oración y la oración habla de nuestra vida. A rezar se aprende, como aprendemos a caminar, a hablar, a escuchar. La escuela de la oración es la escuela de la vida y en la escuela de la vida es donde vamos haciendo la escuela de la oración.

Y Pablo, a su discípulo predilecto Timoteo, cuando le enseñaba o lo exhortaba a vivir la fe le decía: «Acordate de tu madre y de tu abuela». Y a los seminaristas, cuando entraban al seminario, muchas veces me preguntaban: «Padre, pero yo quisiera tener una oración más profunda, más mental». «Mirá, seguí rezando como te enseñaron en tu casa y después, poco a poco, tu oración irá creciendo, como tu vida fue creciendo». A rezar se aprende, como en la vida.

Jesús quiso introducir a los suyos en el misterio de la Vida, en el misterio de su vida. Les mostró –comiendo, durmiendo, curando, predicando, rezando– qué significa ser Hijo de Dios. Los invitó a compartir su vida, su intimidad y estando con Él, los hizo tocar en su carne la vida del Padre. Los hace experimentar en su mirada, en su andar la fuerza, la novedad de decir: «Padre nuestro». En Jesús, esta expresión, «Padre Nuestro», no tiene el «gustillo» de la rutina o de la repetición, al contrario, tiene sabor a vida, a experiencia, a autenticidad. Él supo vivir rezando y rezar viviendo, diciendo: «Padre nuestro».

Y nos ha invitado a nosotros a lo mismo. Nuestra primera llamada es a hacer experiencia de ese amor misericordioso del Padre en nuestra vida, en nuestra historia. Su primera llamada es a introducirnos en esa nueva dinámica de amor, de filiación. Nuestra primera llamada es aprender a decir «Padre nuestro», como Pablo insiste: «Abba».

¡Ay de mí sino evangelizara!, dice Pablo. ¡Ay de mí!, porque evangelizar —prosigue— no es motivo de gloria sino de necesidad (cf. 1 Co 9,16).

Nos ha invitado a participar de su vida, de la vida divina. Ay de nosotros –consagrados, consagradas, seminaristas, sacerdotes, obispos–, ay de nosotros si no la compartimos, ay de nosotros si no somos testigos de lo que hemos visto y oído, ay de nosotros… No queremos ser funcionarios de lo divino, no somos ni queremos ser nunca empleados de la empresa de Dios, porque somos invitados a participar de su vida, somos invitados a introducirnos en su corazón, un corazón que reza y vive diciendo: «Padre nuestro». ¿Y qué es la misión sino decir con nuestra vida –desde el principio hasta el final, como nuestro hermano Obispo que murió anoche–, qué es la misión sino decir con nuestra vida «Padre nuestro»?

A este Padre nuestro es a quien rezamos con insistencia todos los días. Y, ¿qué le decimos en una de esas invocaciones? No nos dejes caer en la tentación. El mismo Jesús lo hizo. Él rezó para que sus discípulos —de ayer y de hoy— no cayéramos en la tentación. ¿Cuál puede ser una de las tentaciones que nos pueden asediar? ¿Cuál puede ser una de las tentaciones que brota no sólo de contemplar la realidad sino de caminarla? ¿Qué tentación nos puede venir de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad? ¿Qué tentación podemos tener nosotros, una y otra vez, –nosotros llamados a la vida consagrada, al presbiterado al episcopado–, qué tentación podemos tener frente a todo esto, frente a esta realidad que parece haberse convertido en un sistema inamovible?

Creo que la podríamos resumir con una sola palabra: resignación. Y Frente a esta realidad nos puede ganar una de las armas preferidas del demonio, la resignación. «¿Y qué le vas a hacer? La vida es así». Una resignación que nos paraliza, una resignación que nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras «sacristías» y aparentes seguridades; una resignación que no sólo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar, nos quita la alegría, el gozo de la alabanza. Una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar.

Por eso, Padre nuestro, no nos dejes caer en la tentación.

Qué bien nos hace apelar en los momentos de tentación a nuestra memoria. Cuánto nos ayuda el mirar la «madera» de la que fuimos hechos. No todo ha comenzado con nosotros, y tampoco todo terminará con nosotros, por eso, cuánto bien nos hace recuperar la historia que nos ha traído hasta aquí.

Y, en este hacer memoria, no podemos saltearnos a alguien que amó tanto este lugar que se hizo hijo de esta tierra. A alguien que supo decir de sí mismo: «Me arrancaron de la magistratura y me pusieron en el timón del sacerdocio, por mérito de mis pecados. A mí, inútil y enteramente inhábil para la ejecución de tan grande empresa; a mí, que no sabía manejar el remo, me eligieron primer Obispo de Michoacán» (Vasco Vázquez de Quiroga, Carta pastoral, 1554).

Agradezco –paréntesis– al Señor Cardenal Arzobispo que haya querido que se celebrase esta Eucaristía con el báculo de este hombre y el cáliz de él.

Con ustedes quiero hacer memoria de este evangelizador, conocido también como Tata Vasco, como «el español que se hizo indio». La realidad que vivían los indios Purhépechas descritos por él como «vendidos, vejados y vagabundos por los mercados, recogiendo las arrebañaduras tiradas por los suelos», lejos de llevarlo a la tentación y de la acedía de la resignación, movió su fe, movió su vida, movió su compasión y lo impulsó a realizar diversas propuestas que fuesen de «respiro» ante esta realidad tan paralizante e injusta. El dolor del sufrimiento de sus hermanos se hizo oración y la oración se hizo respuesta. Y eso le ganó el nombre entre los indios del «Tata Vasco», que en lengua purhépecha significa: Papá.

Padre, papá, Tata, abba.

Esa es la oración, esa es la expresión a la que Jesús nos invitó.

Padre, papá, abba, no nos dejes caer en la tentación de la resignación, no nos dejes caer en la tentación de la acedía, no nos dejes caer en la tentación de la pérdida de la memoria, no nos dejes caer en la tentación de olvidarnos de nuestros mayores, que nos enseñaron con su vida a decir: Padre Nuestro.

 

Autor: Óscar Elizalde Prada
Fuentes: vatican.va y agencias
Foto: sipse.com




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