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29 de Febrero, 2016
Es un engaño social creer que la seguridad y el orden solamente se logran encarcelando.

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Visita al Centro de Readaptación social (Cereso) número 3

El Papa había llegado a Juárez por la Mañana de aquel jueves 17 de febrero. En el aeropuerto le esperaban algunos Obispos, autoridades civiles, y estudiantes adolescentes y Jóvenes que con el profesor de música habían preparado unas canciones como “Cielito lindo”, una canción, de antaño que ha sido parte de la memoria de la música que con sabor a México, ha visto desfilar varias generaciones y es parte del repertorio clásico musical mexicano. Los aplausos empezaron a resonar desde que fue visto el avión que condujo al Papa desde Ciudad México al Aeropuerto Abraham González, frontera mexicana con Estados Unidos. La visita tenía como objetivo central: mostrar solidaridad y hacer presencia simbólica en un punto de paso de migrantes indocumentados camino de Estados Unidos. Era primera vez en la historia que un Papa visitaba esa ciudad fronteriza. Y es primera vez que un papa se solidariza tan fuerte y claramente con los migrantes indocumentados. Por la tarde estaba prevista la celebración de la misa, que iba a ser el centro de la visita. Una misa ofrecida en particular por los migrantes.

Es un regalo magnifico que el Papa visite un lugar del mundo. La agenda había sido cuidadosamente preparada entre la Iglesia mexicana y la Santa Sede. La conferencia Episcopal mexicana había emitido varios comunicados previos, a la llegada del Papa abriendo las puertas de par en par a esa esperada visita. El Papa por su lado en un video-mensaje había saludado a la iglesia y pueblo mexicano y les anunció que iría a México como “mensajero de la misericordia y la paz”.

Se había previsto para la mañana del 17 de febrero en ciudad Juárez una visita del Papa a la cárcel de ciudad Juárez llamado “centro de readaptación social  (Cereso)”.

Los medios de comunicación apenas hace 4 años en Agosto de 2011 dieron cuenta de un enfrentamiento interno de reclusos de este Penal que dejó un saldo de 17 muertos y algunos heridos. También en ese entonces se consideraba el centro carcelario  más peligroso de américa latina.

Unos días antes, cuando el Papa viajaba a México, ocurrió un hecho sangriento en una cárcel de Monterey por lo que el Papa envió un mensaje en el que se condolía y oraba por las familias y los que perdieron la vida en el hecho sangriento: El diario la Stampa de Italia Publicó la siguiente nota: “Mientras se dirige hacia México, el Papa envió un mensaje, a través del Secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolín, al arzobispo de la ciudad de Monterrey, mons. Rogelio Cabrera López, por la tragedia de la cárcel de Topo Chico, en la que perdieron la vida más de 50 personas durante una riña de los detenidos que provocó un incendio en la estructura.

El Papa se dijo «profundamente apenado por la noticia de los trágicos incidentes ocurridos en la cárcel de Topo Chico, de Monterrey, que han provocado numerosas víctimas, ofrece sufragios al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, a la vez que desea hacer llegar a sus familiares su más sentido pésame así como su cercanía espiritual, junto con el deseo de un pronto y total restablecimiento de los heridos”

El mensaje al que se refería la Stampa fue leído por la encargada de prensa, oficialmente en el centro internacional de comunicaciones, instalado en un hotel de la ciudad de México con motivo de la llegada del Papa.

El Papa llegó y el ambiente se conmocionó, se generó un clima de solemnidad. El Papa tal como dijo en su mensaje,  quería celebrar el jubileo de la misericordia con los presos que le esperaron con cantos, oraciones y saludos de bienvenida.

Ya estaba previsto que el Papa se encontraría con alrededor de 100 personas en la capilla, 50 de la fiscalía y 50 de los familiares de los recluidos. Así como como con 700 internos, entre ellos 250 mujeres.

Francisco se internó hasta un sitio previsto en donde varios recluidos hicieron cola para darle la mano y saludarle con profundo cariño y respeto. El Papa les estrechó la mano a la vez que rezaba con ellos y por ellos. Muchos recluidos lloraban y oraban en silencio conmocionados por la visita.

El Papa en su discurso comunicó la misericordia y la paz, dio líneas para una pastoral carcelaria que tiene,  que debe,  abrir siempre caminos de misericordia y esperanza. Así mismo hizo ver a la sociedad y Estado Mexicano y sociedades y Estados del mundo,  que las cárceles no son la solución a la inseguridad. “La reinserción social comienza insertando a todos nuestros hijos en las escuelas, y a sus familias en trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios sanitarios, acceso a los servicios básicos, por nombrar sólo algunas medidas. Ahí empieza todo proceso de reinserción.” dijo Francisco ante los presentes en el centro penal. Al final una de las reclusas dirigiéndose al Papa  dijo: “Benditos sean los pies que vienen en nombre de Dios”

Lea usted aquí el mensaje que el Papa pronunció en su visita al reclusorio.

 

 

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO 
(12-18 DE FEBRERO DE 2016)

VISITA AL CENTRO DE READAPTACIÓN SOCIAL (CERESO 3) DE CIUDAD JUÁREZ

Miércoles 17 de febrero de 2016

[Multimedia]

Palabras improvisadas en la capilla de la cárcel

¡Buenos días!

Les agradezco su presencia aquí. Les agradezco todo el bien que hacen aquí. Mil maneras de hacer bien que no se ve.

Y ustedes se van a encontrar con mucha fragilidad. Por eso quise traer esta imagen de lo más frágil. El cristal es lo más frágil, se rompe enseguida. Y Cristo en la Cruz es la fragilidad más grande de la humanidad y, sin embargo, con esa fragilidad nos salva, nos ayuda, nos hace andar adelante, nos abre las puertas de la esperanza.

Deseo que cada uno de ustedes, con la bendición de la Virgen y contemplando la fragilidad en Cristo, que se hizo pecado, se hizo muerte para salvarnos, sepan sembrar semillas de esperanza y de resurrección.

[Rezo del Ave María y Bendición Apostólica]

Nuestra Señora de Guadalupe [R: Ruega por nosotros]

San Maximiliano Kolbe [R: Ruega por nosotros]

Y no se olviden de rezar por mí.

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy concluyendo mi visita a México. No quería irme sin venir a saludarlos, sin celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes.

Agradezco de corazón las palabras de saludo que me han dirigido, en las que manifiestan tantas esperanzas y aspiraciones, como también tantos dolores, temores e interrogantes.

En el viaje a África, en la ciudad de Bangui, pude abrir la primera puerta de la misericordia para el mundo entero –de esteJubileo, porque la primera puerta de la Misericordia la abrió nuestro Padre Dios con su Hijo Jesús–. Hoy, junto a ustedes y con ustedes, quiero reafirmar una vez más la confianza a la que Jesús nos impulsa: la misericordia que abraza a todos y en todos los rincones de la tierra. No hay espacio donde su misericordia no pueda llegar, no hay espacio ni persona a la que no pueda tocar.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es recordar el camino urgente que debemos tomar para romper los círculos de la violencia y de la delincuencia. Ya tenemos varias décadas perdidas pensando y creyendo que todo se resuelve aislando, apartando, encarcelando, sacándonos los problemas de encima, creyendo que esas medidas solucionan verdaderamente los problemas. Nos hemos olvidado de concentrarnos en lo que realmente debe ser nuestra verdadera preocupación: la vida de las personas; «sus» vidas, las de sus familias, la de aquellos que también han sufrido a causa de este círculo de violencia.

La misericordia divina nos recuerda que las cárceles son un síntoma de cómo estamos en sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios y de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que, poco a poco, ha ido abandonando a sus hijos.

La misericordia nos recuerda que la reinserción no comienza acá en estas paredes; sino que comienza antes, comienza «afuera», en las calles de la ciudad. La reinserción o rehabilitación comienza creando un sistema que podríamos llamarlo de salud social, es decir, una sociedad que busque no enfermar contaminando las relaciones en el barrio, en las escuelas, en las plazas, en las calles, en los hogares, en todo el espectro social. Un sistema de salud social que procure generar una cultura que actúe y busque prevenir aquellas situaciones, aquellos caminos que terminan lastimando y deteriorando el tejido social.

A veces pareciera que las cárceles se proponen incapacitar a las personas a seguir cometiendo delitos más que promover los procesos de reinserción que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y familiares que llevaron a una persona a determinada actitud. El problema de la seguridad no se agota solamente encarcelando, sino que es un llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de la inseguridad, que afectan a todo el entramado social.

La preocupación de Jesús por atender a los hambrientos, a los sedientos, a los sin techo o a los presos (Mt 25,34-40), era para expresar las entrañas de misericordia del Padre, que se vuelve un imperativo moral para toda sociedad que desea tener las condiciones necesarias para una mejor convivencia. En la capacidad que tenga una sociedad de incluir a sus pobres, a sus enfermos o a sus presos está la posibilidad de que ellos puedan sanar sus heridas y ser constructores de una buena convivencia. La reinserción social comienza insertando a todos nuestros hijos en las escuelas, y a sus familias en trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios sanitarios, acceso a los servicios básicos, por nombrar sólo algunas medidas. Ahí empieza todo proceso de reinserción.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es aprender a no quedar presos del pasado, del ayer. Es aprender a abrir la puerta al futuro, al mañana; es creer que las cosas pueden ser diferentes. Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es invitarlos a levantar la cabeza y a trabajar para ganar ese espacio de libertad anhelado. Celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes es repetir esa frase que escuchamos recién, tan bien dicha y con tanta fuerza: «Cuando me dieron mi sentencia, alguien me dijo: “No te preguntes por qué estás aquí sino para qué”»; y que este «para qué» nos lleve adelante, que este «para qué» nos haga ir saltando las vallas de ese engaño social que cree que la seguridad y el orden solamente se logra encarcelando.

Sabemos que no se puede volver atrás, sabemos que lo realizado, realizado está; pero, he querido celebrar con ustedes el Jubileo de la misericordia, para que quede claro que eso no quiere decir que no haya posibilidad de escribir una nueva historia, una nueva historia hacia delante: «para qué». Ustedes sufren el dolor de la caída –y ojalá que todos nosotros suframos el dolor de las caídas escondidas y tapadas–, sienten el arrepentimiento de sus actos y sé que, en tantos casos, entre grandes limitaciones, buscan rehacer esa vida desde la soledad. Han conocido la fuerza del dolor y del pecado, no se olviden que también tienen a su alcance la fuerza de la resurrección, la fuerza de la misericordia divina que hace nuevas todas las cosas. Ahora les puede tocar la parte más dura, más difícil, pero que posiblemente sea la que más fruto genere, luchen desde acá dentro por revertir las situaciones que generan más exclusión. Hablen con los suyos, cuenten su experiencia, ayuden a frenar el círculo de la violencia y la exclusión. Quien ha sufrido el dolor al máximo, y que podríamos decir «experimentó el infierno», puede volverse un profeta en la sociedad. Trabajen para que esta sociedad que usa y tira a la gente, no siga cobrándose víctimas.

Y, al decirles estas cosas, recuerdo aquellas palabras de Jesús: «El que esté sin pecado que tire la primera piedra», y yo me tendría que ir. Al decirles estas cosas no lo hago como quien da cátedra, con el dedo en alto, lo hago desde la experiencia de mis propias heridas, de errores y pecados que el Señor quiso perdonar y reeducar. Lo hago desde la conciencia de que, sin su gracia y mi vigilancia, podría volver a repetirlos. Hermanos, siempre me pregunto al entrar a una cárcel: «¿Por qué ellos y no yo?». Y es un misterio de la misericordia divina; pero esa misericordia divina hoy la estamos celebrando todos mirando hacia delante en esperanza.

Quisiera también alentar al personal que trabaja en este Centro u otros similares: a los dirigentes, a los agentes de la Policía penitenciaria, a todos los que realizan cualquier tipo de asistencia en este Centro. Y agradezco el esfuerzo de los capellanes, las personas consagradas, los laicos, que se dedican a mantener viva la esperanza del Evangelio de la Misericordia en el reclusorio, los pastores, todos aquellos que se acercan a darles la Palabra de Dios. Todos ustedes, no se olviden, pueden ser signos de la entrañas del Padre. Nos necesitamos unos a otros, nos decía nuestra hermana recién, recordando la carta a los Hebreos: «Siéntanse encarcelados con ellos».

Antes de darles la bendición me gustaría que oráramos en silencio, todos juntos; cada uno sabe lo que le va a decir al Señor, cada uno sabe de qué pedir perdón. Pero también les pido a ustedes que en esta oración de silencio agrandemos el corazón para poder perdonar a la sociedad que no supo ayudarnos y que tantas veces nos empujó a los errores. Que cada uno pida a Dios, desde la intimidad del corazón, que nos ayude a creer en su misericordia. Oramos en silencio.

Y abrimos nuestro corazón para recibir la bendición del Señor.

Que el Señor los bendiga y los proteja, haga brillar su rostro sobre ustedes y les muestre su gracia, les descubra su rostro y les conceda la Paz. Amén.

Y les pido que no se olviden de rezar por mí. Gracias.

 

Autor: Noticelam
Fuente: Vatican.va




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