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30 de Mayo, 2016
Camino al Congreso sobre el Jubileo de la Misericordia

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Testimonios de misericordia: santo hermano Pedro de San José de Betancurt

“Que un viento impetuoso de santidad recorra en este jubileo extraordinario de la misericordia en todas las Américas”. Estas palabras, pronunciadas por el papa Francisco en su homilía del 2 de mayo de 2015, en el Pontificio Colegio Americano del Norte (Janículo, Roma), constituye el lema del Congreso sobre el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que tendrá lugar en Bogotá, del 27 al 30 de agosto de 2016, organizado por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y por la Pontificia Comisión para América Latina (CAL).

Durante el Congreso intervendrán, en calidad de ponentes, monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización; el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos; monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia; monseñor José Horacio Gómez, arzobispo de Los Ángeles; y el padre Eduardo Chávez, doctor en historia de la Iglesia.

De acuerdo con el padre Leonidas Ortiz, secretario adjunto del CELAM, “una de las actividades más importantes del Congreso es custodiar la memoria y proponer el testimonio de los santos, testigos de la misericordia en el continente americano, desde distintos caminos de santidad”.

En este sentido, camino al Congreso, vale la pena evocar algunos de estos testimonios de misericordia asumidos por los santos latinoamericanos, como es el caso de san Pedro de San José de Betancurt, más conocido como “santo hermano Pedro”, primer santo guatemalteco.

Nacido en Vilaflor, Tenerife, el 21 de marzo de 1626, el “hermano Pedro” fue un misionero español desde los 23 años de edad –cuando viajó a América–, y posteriormente, a Guatemala, donde desarrolló la mayor parte de su labor misionera, profesó como religioso terciario franciscano.

Por su labor social y su compromiso radical con los más pobres fue reconocido como “el san Francisco de Asís de las Américas”. En efecto, fundó centros de acogida para pobres, indígenas e indigentes. En 1656, con otros co-hermanos de su congregación, fundó la Orden de los Bethlemitas (primera congregación religiosa nacida en América). Del mismo modo, con algunas mujeres que atendían la educación de los niños, fundó la Orden de las Bethelemitas, aún cuando éstas solo obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede más tarde. 

A lo largo de su vida, abundan los ejemplos de misericordia del “hermano Pedro”, siempre dispuesto a atender a los pobres, los enfermos, los huérfanos, los moribundos, siendo también un precursor de los derechos humanos y “un hombre adelantado a su tiempo, tanto en sus métodos para enseñar a leer y escribir como en el trato a los enfermos”. 

Además, escribió algunas obras como: Instrucción al hermano De La Cruz, Corona de la Pasión de Jesucristo nuestro bien, y Reglas de la Confraternidad de los Betlemitas.

Murió en Guatemala el 25 de abril de 1667, con tan solo 41 años de edad. Fue beatificado por san Juan Pablo II el 22 de junio de 1980 en Roma, quien también lo canonizó el 30 de julio de 2002 en Guatemala, durante su tercera y última visita al país centroamericano.

La homilía que san Juan Pablo II pronunció en la eucaristía de la canonización del santo hermano Pedro es, con toda seguridad, una exaltación de sus virtudes como “hombre que fue caridad” y practicó la misericordia con espíritu humilde y vida austera.

CANONIZACIÓN DEL BEATO HERMANO PEDRO DE SAN JOSÉ DE BETANCURT 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Ciudad de Guatemala, martes 30 de julio de 2002

1. "Venid vosotros, benditos de mi Padre; ...Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis" (Mt 25, 34.40). ¿Cómo no pensar que estas palabras de Jesús, con las que se concluirá la historia de la humanidad, puedan aplicarse también al Hermano Pedro, que con tanta generosidad se dedicó al servicio de los más pobres y abandonados?

Al inscribir hoy en el catálogo de los Santos al Hermano Pedro de San José de Betancurt, lo hago convencido de la actualidad de su mensaje. El nuevo Santo, con el único equipaje de su fe y su confianza en Dios, surcó el Atlántico para atender a los pobres e indígenas de América: primero en Cuba, después en Honduras y, finalmente, en esta bendita tierra de Guatemala, su "tierra prometida".

2. Agradezco cordialmente las amables palabras que me ha dirigido Mons. Rodolfo Quezada, Arzobispo de Guatemala, presentándome a estas queridas comunidades eclesiales. Saludo a los Señores Cardenales, a los Obispos guatemaltecos, al Obispo de Tenerife y a los venidos de otras partes del Continente americano.

También saludo con gran estima a los sacerdotes y a los consagrados y consagradas. Un saludo especial y afectuoso también a los Hermanos de la Orden de Belén y a las Hermanas Bethlemitas, fruto de la inspiración de la Madre Encarnación Rosal, primera Beata guatemalteca y reformadora del Beaterio donde fraguó la fundación para recuperar los valores fundamentales de los seguidores del Hermano Pedro.

Agradezco particularmente la presencia en esta celebración de los Presidentes de las Repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, del Primer Ministro de Belice y demás Autoridades civiles. Aprecio también la participación en este acto de la Misión oficial que el Gobierno Español ha querido enviar para esta feliz ocasión.

Deseo asimismo expresar mi aprecio y cercanía a los numerosos indígenas. El Papa no os olvida y, admirando los valores de vuestras culturas, os alienta a superar con esperanza las situaciones, a veces difíciles, que atravesáis. ¡Construid con responsabilidad el futuro, trabajad por el armónico progreso de vuestros pueblos! Merecéis todo respeto y tenéis derecho a realizaros plenamente en la justicia, el desarrollo integral y la paz.

3. "Que su Espíritu los fortalezca interiormente y que Cristo habite en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el amor, podrán comprender [...] la profundidad del amor de Cristo" (Ef 3, 16-19). Estas palabras de san Pablo que hemos escuchado hoy, manifiestan cómo el encuentro interior con Cristo transforma al ser humano, llenándole de misericordia para con el prójimo.

El Hermano Pedro fue hombre de profunda oración, ya en su tierra natal, Tenerife, y después en todas las etapas de su vida, hasta llegar aquí, donde, especialmente en la ermita del Calvario, buscaba asiduamente la voluntad de Dios en cada momento.

Por eso es un ejemplo eximio para los cristianos de hoy, a quienes recuerda que, para ser santo, "es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración" (Novo millennio ineunte, 32). Por tanto, renuevo mi exhortación a todas las comunidades cristianas, de Guatemala y de otros países, a ser auténticas escuelas de oración, donde orar sea parte central de toda actividad. Una intensa vida de piedad produce siempre frutos abundantes. 

El Hermano Pedro forjó así su espiritualidad, particularmente en la contemplación de los misterios de Belén y de la Cruz. Si en el nacimiento e infancia de Jesús ahondó en el acontecimiento fundamental de la Encarnación del Verbo, que le lleva a descubrir casi con naturalidad el rostro de Dios en el hombre, en la meditación sobre la Cruz encontró la fuerza para practicar heroicamente la misericordia con los más pequeños y necesitados.

4. Hoy somos testigos de la profunda verdad de las palabras del Salmo que antes hemos recitado: el justo "no temerá. Distribuyó, dio a los pobres; su justicia permanece por los siglos de los siglos" (111, 8-9). La justicia que perdura es la que se practica con humildad, compartiendo cordialmente la suerte de los hermanos, sembrando por doquier el espíritu de perdón y misericordia.

Pedro de Betancurt se distinguió precisamente por practicar la misericordia con espíritu humilde y vida austera. Sentía en su corazón de servidor la amonestación del Apóstol Pablo: "Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres" (Col 3, 23). Por eso fue verdaderamente hermano de todo el que vive en el infortunio y se entregó con ternura e inmenso amor a su salvación. Así se pone de manifiesto en los acontecimientos de su vida, como su dedicación a los enfermos en el pequeño hospital de Nuestra Señora de Belén, cuna de la Orden Bethlemita.

El nuevo Santo es también hoy un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad actual, sobre todo cuando son tantos los que esperan una mano tendida que los socorra. Pensemos en los niños y jóvenes sin hogar o sin educación; en las mujeres abandonadas con muchas necesidades que remediar; en la multitud de marginados en las ciudades; en las víctimas de organizaciones del crimen organizado, de la prostitución o la droga; en los enfermos desatendidos o en los ancianos que viven en soledad.

5. El Hermano Pedro "es una herencia que no se ha de perder y que se ha de transmitir para un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación" (Novo millennio ineunte, 7). Esta herencia ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre, y se promueva la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables. 

Quisiera concluir recordando cómo la devoción a la Santísima Virgen acompañó siempre la vida de piedad y misericordia del Hermano Pedro. Que Ella nos guíe también a nosotros para que, iluminados por los ejemplos del "hombre que fue caridad", como se conoce a Pedro de Betancurt, podamos llegar hasta su hijo Jesús. Amén.

¡Alabado sea Jesucristo!

 

Autor: Dpto. de Comunicación y Prensa del CELAM
Fuentes: vatican.va; Wikipedia.org;
Foto. pinterest.com




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