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20 de Junio, 2016
Los planes de Dios difieren de los planes de los hombres

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San Martín de Porres

Martín, con el ejemplo de su vida, nos demuestra que es posible conseguir la salvación y la santidad por el camino que Cristo enseña”: Papa Juan XXIII.

Del 27 al 30 de Agosto de 2016 se realizará en Bogotá, Colombia, el Congreso sobre el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, organizado por la Pontificia Comisión para América Latina-CAL y el Consejo Episcopal Latinoamericano-CELAM, con el lema: “Que un viento impetuoso de santidad recorra el próximo Jubileo extraordinario de la misericordia en todas las América”

(...) Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia para que dirija a nosotros su mirada y vele en nuestro camino”. Así anunció el Papa Francisco la celebración de un jubileo de la misericordia, un año santo extraordinario.

Y en el camino de preparación del Congreso es necesario recordar  santos que entregaron su vida al trabajo por los demás como  San Martín de Porres. Contrario a las mentalidades y sistemas humanos, Dios elige y se manifiesta a su modo,  “porque Dios sondea el corazón humano y no las apariencias”, de tal manera que las grandezas de este mundo no manifiestan la Gloria de Dios.

El Papa de feliz memoria Pío XII, nombró a Martín de Porres Patrono de todas las instituciones sociales de la República del Perú.

En un contexto histórico marcado por la discriminación hacia quienes no hacían parte de los círculos de dominación, el primer santo mulato de América, con su testimonio de misericordia “primerea” en la defensa de los más pobres, en la austeridad de vida, y en la solidaridad sin límites con los más necesitados, en tiempos de prosperidad, antes de los devastadores terremotos de 1687 y 1746, en Lima, y de las epidemias, que trajeron consigo la recesión del comercio y la escasez de alimentos.

Martín escogió el camino más humilde, barrer el convento y dedicarse al servicio de la limpieza, ante la mentalidad “esclavista” Dios rompe los sistemas actuando con su gracia desde los marginados de este mundo e instaurando su Reino. Sus vidas siguen siendo un grito de Dios en la historia actual.

Muchos son los milagros atribuidos a san Martín de Porres y muchas las historias recogidas como testimonios jurados en los procesos diocesano y apostólico abiertos para promover su beatificación y posterior canonización.

Se le atribuye el don de la bilocación, es decir el de estar presente en varias lugares ciudades, países o continentes al mismo tiempo. Igualmente se le vio entrar y salir de recintos cerrados sin  necesidad de utilizar llaves. Se le atribuyó el don de la sanación, la facultad de la videncia y del control de la naturaleza. Algunos testigos declararon haberlo visto levitar mientras rezaba con mucha devoción.

Martín de Porres nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579 y fue conocido como el santo de la escoba. Su imagen era representada con una escoba en la mano, porque él asumió el barrer y el hacer limpieza pues era lo que se le permitía. Sin embargo  asumió ese servicio con entrega y generosidad, haciendo  de la escoba el símbolo de humildad.

A los 15 años y después de una infancia llena de carencias, ingresó en calidad de “donado” a la orden de Santo Domingo de Guzmán. Tras 9 años de practicar los más humildes oficios  logró ingresar como hermano en 1603. Tres años más tarde se convirtió en fraile profesando los votos de pobreza, castidad y obediencia.

Era tal su entrega, que en una crisis económica que afectó a su convento, se ofreció al Prior para que lo vendiera como esclavo para que pudieran obtener fondos con el fin de remediar la situación.

Dio la mano a miles que Vivian a la intemperie, huérfanos  y limosneros mediante la fundación de un asilo y escuela llamado Santa Cruz.

Se caracterizó por usar siempre el mismo hábito negro con un cordellate blanco y se le obligó a aceptar otro de regalo, el cual recibió con estas palabras: “pues con éste me han de enterrar”, lo que en efecto ocurrió.

Fue seguidor de modelos de santidad de Santo Domingo de Guzmán, Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer.  Fue buscado por personas de todos los ámbitos sociales por su personalidad carismática.

Murió a los 59 años tras caer enfermo causando profundo dolor en la ciudad de Lima.

En 1960 se inició la recolección de declaraciones de las virtudes y milagros de Martín para promover su beatificación.

El Papa Juan XXIII en su homilía durante el rito de Canonización, Martín de Porres dijo: “Martín, con el ejemplo de su vida, nos demuestra que es posible conseguir la salvación y la santidad por el camino que Cristo enseña: si ante todo amamos a Dios de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Cf. Mt 22, 36-38)

A continuación el texto completo de la Homilía de su santidad Juan XXIII, durante el Rito de Canonización del Beato Martín de Porres.

 

RITO DE CANONIZACIÓN DEL BEATO MARTÍN DE PORRES 

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII*

Domingo 6 de mayo de 1962

Nuestro corazón y el de todos los que profesan la fe de Cristo, está pendiente del importante acontecimiento que es el Concilio Ecuménico Vaticano II; en el cual están puestas las esperanzas de un rejuvenecimiento con mayor vigor del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. A esto tienden especialmente en estos momentos nuestras tareas y actividades, que el Redentor Santísimo de los hambres nos encomendó, aquí en la tierra, para gobernar y dirigir a su esposa incontaminada. Por esta razón el rito solemne, que ahora con gran majestad se realiza en la basílica vaticana tiende, de una manera especial, a este mismo fin; pues al inscribir en el número de los santos del cielo, con gran solemnidad, a un varón insigne y de singulares virtudes, hemos pretendido significar que no puede esperarse cosa mejor del Concilio que un nuevo acicate a los hijos de la Iglesia para una vida mejor.

Martín, con el ejemplo de su vida, nos demuestra que es posible conseguir la salvación y la santidad por el camino que Cristo enseña: si ante todo amamos a Dios de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismo (Cf. Mt 22, 36-38). 

Por lo cual, ante todo, Martín, ya desde niño, amó a Dios, dulcísimo Padre de todos: y con tales características de ingenuidad y sencillez que no pudieron menos que agradar a Dios.

Posteriormente cuando entró en la Orden Dominicana, de tal modo ardió en piedad que, no una sola vez, mientras oraba, libre su mente de todas las cosas, parecía estar arrebatado al cielo. Pues tenia en su corazón bien fijo lo que Santa Catalina de Siena había afirmado con estas palabras: "Es normal amar a aquel que ama. Aquel que vuelve amor por amor puede decirse que da un vaso de agua a su Creador" (Carta número 8 de Santa Catalina). Después de haber meditado que Cristo padeció por nosotros..., que llevó en su cuerpo nuestros pecados sobre el madero (Cf. 1P 2, 21-24), se encendió en amor a Cristo crucificado, y al contemplar sus acerbos dolores, no podía dominarse y lloraba abundantemente. Amó también con especial caridad al augusto Sacramento de la Eucaristía al que, con frecuencia escondido, adoraba durante muchas horas en el sagrario y del que se nutría con la mayor frecuencia posible. Amó de una manera increíble a la Virgen María, y la tuvo siempre como una Madre querida. Además, San Martín, siguiendo las enseñanzas del Divino Maestro, amó con profunda caridad, nacida de una fe inquebrantable y de un corazón desprendido a sus hermanos. Amaba a los hombres porque los juzgaba hermanos suyos por ser hijos de Dios; más aún, los amaba más que a sí mismo, pues en su humildad juzgaba a todos más justos y mejores que él. Amaba a sus prójimos con la benevolencia propia de los héroes de la fe cristiana.

Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno  de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad. Hay que tener también en cuenta que en esto siguió caminos, que podemos juzgar ciertamente nuevos en aquellos tiempos, y que pueden considerarse como anticipados a nuestros días. Por esta razón ya nuestro predecesor de feliz memoria Pío XII nombró a Martín de Porres Patrono de todas las instituciones sociales de la República del Perú (Cfr. Carta Apostólica del 10 de junio de 1945).

Con tanto ardor siguió los caminos del Señor que llegó a un alto grado de perfecta virtud y se inmoló como hostia propiciatoria. Siguiendo la vocación del Divido Redentor, abrazó la vida religiosa para ligarse con vínculos de más perfecta santidad. Ya en el convento no se contentó con guardar con diligencia lo que le exigían sus votos, sino que tan íntegramente cultivó la castidad, la pobreza y la obediencia que sus compañeros y superiores lo tenían como una perfecta imagen de la virtud.

La dulzura y delicadeza de su santidad de vida llegó a tanto que durante su vida y después de la muerte ganó el corazón de todos, aun de razas y procedencias distintas; por esto nos parece muy apropiada la comparación de este hijo pequeño de la nación peruana con Santa Catalina de Sena, estrella brillante también de la familia dominicana, elevada al honor de los altares hace ya cinco siglos: ésta, porque sobresalió por su claridad de doctrina y firmeza de ánimo; aquél, porque adaptó sus actividades durante toda su vida a los preceptos cristianos.

Venerables hermanos y queridos hijos. Como ya hemos afirmado al comienzo de nuestra homilía, juzgamos muy oportuno el que este año en que se ha de celebrar el Concilio, sea enumerado entre los santos Martín de Porres. Pues la senda de santidad que él siguió y los resplandores de preclara virtud con que brilló su vida, pueden contemplarse como los frutos saludables que deseamos a la Iglesia católica y a todos los hombres como consecuencia del Concilio Ecuménico.

Porque este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el cielo. No todos, por desgracia, comprenden cómo son precisos estos supremos bienes, no todos los tienen como un honor; más aún, hay muchos que siguiendo el placer y el vicio los desestiman, los tienen como fastidiosos, o los desprecian. ¡Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos lo feliz y maravilloso que es seguir los pasos y obedecer los mandatos divinos de Cristo!

Venerables hermanos y queridos hijos. Tenéis trazada a grandes rasgos la imagen de este santo celestial. Miradla con admiración y procurad imitar en vuestra vida su excelsa virtud. Invitamos a esto especialmente a la juventud animosa que hoy se ve rodeada de tantas insidias y peligros. Y que especialmente el pueblo peruano para Nos tan querido emule sus glorias en la religión católica, y por la intercesión de San Martín de Porres, produzca nuevos ejemplos de virtud y santidad. Amen, Jesús.

* AAS 54 (1962) 306; Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 244-247.

 

Autor: Departamento de Comunicación y Prensa del CELAM
Fuente: Homilia Papa Juan XXIII
Foto: Aciprensa




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