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27 de Junio, 2016
Camino hacia el Congreso de la Misericordia

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San Juan Diego

“Queridos hermanos y hermanas, doy gracias a Dios por encontrarme de nuevo en México. Una oración que llevo en mi corazón desde mi primer viaje apostólico unido a la mirada Maternal de nuestra Señora de Guadalupe” dijo el Papa Juan Pablo II, quien canonizó a San Juan Diego en una misa multitudinaria en el monte del Tepeyac, lugar donde se realizaron las apariciones de Santa María de Guadalupe.

En 1990, el Papa Juan Pablo II beatificó a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, indígena perteneciente al pueblo Chichimeca de México.

“Hoy viaje con la misma divina providencia, me encuentro de nuevo en esta misma colina del Tepeyac, aquí el Cristo luz de las gentes quiso manifestar su presencia salvadora en los albores de la Evangelización de América latina, por medio de la virgen María su madre, en la persona de Juan Diego, que hoy ante todo la iglesia quiere proclamar Santo.” Así  se expresó el “Papa viajero, peregrino, aquel 31 de Julio del año 2002, en la homilía de Canonización de Juan Diego.

En Febrero de 2005, el Papa Francisco que a su vez declaró Santo al querido Papa Juan Pablo II, junto al también querido Papa Juan XXIII, viajó a México para una visita pastoral, habiendo dedicado un tiempo especial y solemne a “contemplar el rostro de la Señora del cielo” sentado cerca de media hora en el camarín frente a la imagen de Santa María de Guadalupe.

Ya en “1573, (….) el Papa Gregorio III, concedió gracias e indulgencias plenarias a los fieles que visitaran la iglesia de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe y ahí recitaran piadosas preces”.

Según Eduardo Chávez Sánchez, Presbítero y  Doctor en historia de la Iglesia, así mismo postulador de la causa de canonización del Beato: “Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que significa: Águila que habla o El que habla como águila), un indio humilde, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, que en ese tiempo pertenecía al reino de Texcoco. Juan Diego fue bautizado por los primeros franciscanos, aproximadamente en 1524. En 1531, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad; edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”.

También el historiador hace saber que “Juan Diego tuvo el gran privilegio de encontrarse con la Madre de Dios, María Santísima de Guadalupe, siendo encomendado a portar a la cabeza de la Iglesia y al mundo entero el mensaje de unidad, de paz y de amor para todos los hombres; fue precisamente este encuentro y esta maravillosa misión lo que dio plenitud a cada una de las hermosas virtudes que estaban en el corazón de este humilde hombre y fueron convertidas en modelo de virtudes cristianas; Juan Diego fue un hombre humilde y sencillo, obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad.”

Ya anciano y con mal de párkinson, el Papa Juan Pablo II testificó el privilegio que tuvo Juan Diego, de ser escogido como el mensajero de la madre de Cristo en tierras de américa. Fue el último viaje del “papa peregrino, de aquel mes de Julio de 2002 en que a su vez canonizó al Santo hermano Pedro de San José de Betencourth, en ciudad de Guatemala. En esa ocasión el Papa visitó Toronto, Canadá, Guatemala y México.

Ahora camino al congreso de la misericordia que tendrá su sede en Bogotá Colombia del 27 al 30 de Agosto de este 2016, en el marco del año Jubilar promulgado por el Papa Francisco, vamos trayendo delante de nosotros, testimonios de Santos cuyas vidas fueron transformadas por la presencia Divina en rostros o en mensajeros de la misericordia de Dios para los pueblos de América latina, el continente y el mundo. Con este objetivo presentamos ahora, la vida de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, para que a partir de esos testimonios nuestras vidas se enriquezcan y se conviertan en misericordia para los demás. A continuación la homilía (y el video hecho por EWTN” ) de San Juan Pablo II, el “Papa peregrino” en la misa de canonización de San Juan Diego.

 

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A TORONTO, CIUDAD DE GUATEMALA Y CIUDAD DE MÉXICO

CANONIZACIÓN DE JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Ciudad de México, Miércoles 31 de julio de 2002

1. “¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” (Mt 11, 25).

Queridos hermanos y hermanas: Estas palabras de Jesús en el evangelio de hoy son para nosotros una invitación especial a alabar y dar gracias a Dios por el don del primer santo indígena del Continente americano.

Con gran gozo he peregrinado hasta esta Basílica de Guadalupe, corazón mariano de México y de América, para proclamar la santidad de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indio sencillo y humilde que contempló el rostro dulce y sereno de la Virgen del Tepeyac, tan querido por los pueblos de México.

2. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo de México, así como la calurosa hospitalidad de los hombres y mujeres de esta Arquidiócesis Primada: para todos  mi saludo cordial. Saludo también con afecto al Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, Arzobispo emérito de México y a los demás Cardenales, a los Obispos mexicanos, de América, de Filipinas y de otros lugares del mundo. Asimismo, agradezco particularmente al Señor Presidente y a las Autoridades civiles su presencia en esta celebración. 

Dirijo hoy un saludo muy entrañable a los numerosos indígenas venidos de las diferentes regiones del País, representantes de las diversas etnias y culturas que integran la rica y pluriforme realidad mexicana. El Papa les expresa su cercanía, su profundo respeto y admiración, y los recibe fraternalmente en el nombre del Señor.

3. ¿Cómo era Juan Diego? ¿Por qué Dios se fijó en él? El libro del Eclesiástico, como hemos escuchado, nos enseña que sólo Dios “es poderoso y sólo los humildes le dan gloria” (3, 20). También las palabras de San Pablo proclamadas en esta celebración iluminan este modo divino de actuar la salvación: “Dios ha elegido a los insignificantes y despreciados del mundo; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios” (1 Co 1, 28.29).

Es conmovedor leer los relatos guadalupanos, escritos con delicadeza y empapados de ternura. En ellos la Virgen María, la esclava “que glorifica al Señor” (Lc 1, 46), se manifiesta a Juan Diego como la Madre del verdadero Dios. Ella le regala, como señal, unas rosas preciosas y él, al mostrarlas al Obispo, descubre grabada en su tilma la bendita imagen de Nuestra Señora.

“El acontecimiento guadalupano -como ha señalado el Episcopado Mexicano- significó el comienzo de la evangelización con una vitalidad que rebasó toda expectativa. El mensaje de Cristo a través de su Madre tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación” (14.05.2002, n. 8). Así pues, Guadalupe y Juan Diego tienen un hondo sentido eclesial y misionero y son un modelo de evangelización perfectamente inculturada.

4. “Desde el cielo el Señor, atentamente, mira a todos los hombres” (Sal 32, 13), hemos recitado con el salmista, confesando una vez más nuestra fe en Dios, que no repara en distinciones de raza o de cultura. Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el testimonio de su vida debe seguir impulsando la construcción de la nación mexicana, promover la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones.

Esta noble tarea de edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la colaboración de todos. En particular es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!

Amados hermanos y hermanas de todas las etnias de México y América, al ensalzar hoy la figura del indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa hacia todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan. 

5. En este momento decisivo de la historia de México, cruzado ya el umbral del nuevo milenio, encomiendo a la valiosa intercesión de San Juan Diego los gozos y esperanzas, los temores y angustias del querido pueblo mexicano, que llevo tan adentro de mi corazón.

¡Bendito Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la Iglesia que peregrina en México, para que cada día sea más evangelizadora y misionera. Alienta a los Obispos, sostén a los sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones, ayuda a todos los que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión de su Reino.

¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.

¡Amado Juan Diego, “el águila que habla”! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios. Amén.

Antes de impartir la bendición, el Vicario de Cristo dirigió las siguientes palabras: 

Al concluir esta canonización de Juan Diego, deseo renovar el saludo a todos los que habéis podido participar, algunos desde esta basílica, otros desde los aledaños y muchos más a través de la radio y la televisión. Agradezco de corazón el afecto de cuantos he encontrado en las calles que he recorrido. En el nuevo santo tenéis el maravilloso ejemplo de un hombre de bien, recto de costumbres, leal hijo de la Iglesia, dócil a los pastores, amante de la Virgen, buen discípulo de Jesús. Que sea modelo para vosotros que tanto lo amáis, y que él interceda por México para que sea siempre fiel. Llevad a todos el mensaje de esta celebración y el saludo y el afecto del Papa a todos los mexicanos.

- Homilia Papa Juan Pablo II de EWTN

 

Autor: Departamento de comunicación y Prensa CELAM
Fuente homilia: w2.vatican.va/
Fotografia: www.revistaeclesia.com




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