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16 de Septiembre, 2016
Editorial No 135

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“Fuimos misericordiados” II

Las noticias sobre “actos sin misericordia” se repiten una y otra vez, sobre todo en este tiempo en que las comunicaciones en texto, fotografía y audio están sobre la palma de la mano de multitudes de habitantes sobre la tierra. Y estos actos de seres golpeando sin misericordia a otros seres o destruyéndoles la vida, nos producen rechazo y son detestables. Ante esto estamos llamados a cambiar el mundo y la historia aunque parezca imposible. El mundo es duro y parece sin misericordia. Sin embargo también hay que afirmar que no podemos imaginar cuantos actos de misericordia se realizan desde aquellos que no han renunciado a amar al prójimo y son antorchas encendidas que iluminan en la oscuridad de las tinieblas.

Bien podemos afirmar que el día en que se termine la misericordia en la tierra, ese día, la historia humana llega a su fin, porque no se podrá vivir sin misericordia. La falta de misericordia es la renuncia al bien y negación a Dios.

Ciertamente aunque la vida se torna dura, cada minuto, cada segundo se realiza una obra de misericordia. Misericordia como acción de amor de un vecino hacia otro vecino, un familiar hacia el otro, en el barrio, en la aldea, en la ciudad, en el campo, incluso ante el drama del mal, en cualquier esquina brota un acto de misericordia desde el corazón. Esos son los “actos anónimos”. Siempre surge un samaritano que Dios envía en medio de esos mundos fríos en los que los sistemas han agotado el amor del cántaro del corazón humano, pero del cántaro del corazón de Dios no se agota.

Es verdad que tantísimos gestos del corazón de vecino a vecino no son contabilizados. La santidad, si brota del Evangelio y del contacto con la persona de Cristo, no es otra cosa que llenarse del amor divino para irradiarlo convertido en supremo bien. Por eso como dijo el Evangelista “Nadie puede decir que ama a Dios si aborrece a su hermano”, o si daña, o malatrata sin misericordia a otros seres humanos, o a otros seres de la creación.

La iglesia está llamada a irradiar la misericordia de Dios, pero no como una moda, ni como algo pasajero, sino como un estilo de ser constante porque se estremece en el corazón, configurándose a Jesús a quien proclama, sirve y testimonia. Por eso el Papa Francisco insiste en que el pastor no puede ser “príncipe”, porque deja de ser pastor. Pero es igual para cada cristiano. El título que dieron los antiguos, a los seguidores de Jesús, fue el de cristiano, que implica configurarse con cristo. 

Las preguntas de la prensa interna y externa ante la celebración del Jubileo era y ¿después de la celebración que habrá? ¿Qué surgirá o continuará como obra de misericordia? ¿En que se manifestará la misericordia de la iglesia en el mundo?

La celebración del jubileo continental fue sin duda un tiempo de gracia de Dios, que como dijo el Papa Francisco, fue un signo de unidad que le recordó “el sínodo de la Iglesia en América”, sucedido hace 20 años. Un momento muy hermoso de encuentro, celebración y compromiso. 

Varios signos sucedieron en torno al Jubileo continental, entre ellos el del proceso de paz de Colombia, bien iluminado por Monseñor Luis Augusto Castro, Obispo de Tunja y Presidente de la Conferencia Episcopal de ese país, desde las perspectivas de justicia y misericordia, hizo pensar que hay que apostar por un verdadero proceso de paz sin titubeos, ni actitudes tibias.

En la preparación del Jubileo, el trabajo de los equipos fue arduo, y fue un trabajo colectivo, hubo mucho esfuerzo y sacrificio silencioso, mucha generosidad. Hubo al final del encuentro por parte del secretario general del Celam, un agradecimiento especial franco y sincero, que queremos traer  con su frescura a esta edición para irradiar ese agradecimiento. Al mismo tiempo desde el Departamento de Comunicación y Prensa, hacemos un elogio con palabras desde lo hondo del corazón en particular, dirigido a todos los medios de comunicación, prensa, radio, televisión, redes sociales y otros medios en el continente de América y en distintos países y lugares de la tierra. Desde los equipos que nos aliamos como responsables de socializar la riqueza de este momento de encuentro y celebración de Iglesia, hasta distintas agencias noticiosas y medios de comunicación, que ejercieron esa función desde dentro y fuera de la Iglesia. Gracias por ese torrente de generosidad y servicio sobre todo al ser hecho con amor al prójimo y no como protagonismo. Dios les recompense en lo que más necesiten por su generosidad invaluable.

Les ofrecemos tal como les prometimos en esta segunda edición de Noticelam  “fuimos misericordiados II, la segunda parte  de documentos y contenidos del Jubileo continental de la misericordia de la Iglesia en América, organizado por la Pontificia comisión para América latina Cal, y el Consejo Episcopal latinoamericano, Celam, con la Presencia especial del responsable del dicasterio para la “Evangelización de los pueblos” de la Santa Sede, que es desde donde el Papa Francisco proclamó el año extraordinario de la misericordia que nos obliga por su propia naturaleza a profundizar en lo esencial del Corazón de Cristo y del Evangelio. Para que nunca olvidemos la proclamación de Jesús: “Sean misericordiosos como mi Padre es misericordioso” y “Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”.

Enriquezcámonos con este rico legado espiritual y humano.




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