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16 de Septiembre, 2016
Júbilo en el cierre de la celebración continental del Año de la Misericordia

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En la eucaristía conclusiva, el cardenal Salazar invitó a ser “instrumentos de la misericordia de Dios”.

El cardenal Rubén Salazar Gómez, presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y Arzobispo de Bogotá, presidió la celebración eucarística con la que culminó el Jubileo Extraordinario de la Misericordia en el Continente Americano, el martes 30 de agosto, exhortando a los participantes, entre quienes se encontraban obispos, cardenales, sacerdotes, religiosos y laicos, a permitir que Cristo los convierta en “signos e instrumentos de la misericordia divina como fuerza liberadora y transformadora de la existencia humana”.

Desde la iglesia de la Porciúncula, en Bogotá, el purpurado afirmó que durante este Jubileo Extraordinario, que inició el sábado 27, “hemos vivido intensamente la misericordia del Señor”, siguiendo el llamado del papa Francisco para que en este Año Santo “nos dejemos transformar por el mismo Señor y lleguemos a ser ‘misericordiosos como el Padre’”.

En ese sentido, “la fiesta de Santa Rosa de Lima nos brinda el marco ideal para esta Eucaristía de clausura en la que queremos dar gracias al Señor por las maravillas que ha realizado en cada uno de nosotros y, por medio nuestro, en todo el Continente Americano”. “Ella floreció en el desierto de su época; fue la rosa que con su perfume transformó los ambientes de los pobres, de los enfermos, de los desheredados de su tiempo”, afirmó el cardenal Salazar Gómez.

Para ser instrumentos de la misericordia divina, propuso asumir la invitación de san Pablo de “hacer nuestra la gloria del Señor”, manifestada plenamente en su muerte y resurrección. Ahí –explicó– Cristo cargó sobre sí todo el dolor, sufrimiento, injusticia y violencia de la humanidad, “y, clavándolos en la cruz, los ha destruido transformándolos en perdón, reconciliación, amor, solidaridad”.

“He ahí la misericordia del Señor: una fuerza transformadora, que toma el mal y lo destruye transformándolo, haciendo que de la muerte brote la vida, que el odio se haga amor, que la injusticia se haga solidaridad, que la violencia se haga respeto y servicio; que la humanidad fragmentada y destruida por el pecado renazca en una sola familia, animada por el Espíritu, familia llamada a ser sal y luz como fuerza transformadora de toda la realidad”, afirmó.  “Gloriarse en el Señor”, como invita san Pablo, significa “permitir que el Señor nos tome y nos transforme haciéndonos signos e instrumentos de esa gloria” y nuestra vida manifieste “con claridad la fuerza transformadora de la misericordia del Señor”. “Nuestra misión consiste en hacer posible que la misericordia divina transforme la vida de la humanidad”, agregó. 

El presidente del CELAM también aseguró que cuando la persona es transformada por la misericordia divina, su existencia “adquiere un pleno sentido y una unidad profunda”. “Todo en nuestra vida se ordena, se integra, se unifica permitiéndonos entregarnos totalmente a ser signos e instrumentos de la misericordia del Señor”.

De este modo, exhortó a los participantes del Jubileo continental a “dirigir todos los esfuerzos de su trabajo evangelizador” para que cada fiel y comunidad “glorifique al Señor ejerciendo en cada momento su vida, inserta en el mundo, el ministerio de la misericordia como sal de la tierra y luz del mundo”. “Sólo así –por medio de este ministerio de la misericordia por parte de todo el pueblo de Dios– podremos contribuir eficazmente a una transformación del mundo. El mal en todas sus dimensiones no desaparecerá del mundo pero sí podrá ser transformado por la fuerza de la misericordia divina, hecha presente por medio de nosotros, signos e instrumentos de la misericordia”, aseveró.

Por ello, imploró a todos los santos y discípulos que del Señor, “no sólo los proclamados como tales por la Iglesia, sino todos los discípulos misioneros del Señor que a lo largo de los siglos han sido sal de la tierra y luz del mundo”, que intercedan para que esta celebración continental “expanda como perfume de suave olor la misericordia del Señor hasta los últimos rincones de nuestro continente”.

“Misericordia que haga cesar la injusticia y la violencia, los odios y las guerras transformándolas en el gozo y la alegría que nacen del servir al Señor en los hermanos (…). Dejémonos impregnar de esa presencia misericordiosa para crecer todos los días haciéndonos cada vez más ‘misericordiosos como el Padre’”, culminó.

Previo a la celebración eucarística, los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, junto con los fieles parroquianos, rezaron el Rosario Continental por la Paz. Asimismo, al término de la Misa realizaron la consagración “del continente americano a la misericordia divina”.

De este modo, con alegría y júbilo concluyó la celebración del Jubileo Extraordinario de la Misericordia en el Continente Americano, un espacio de encuentro, oración, reconciliación, reflexión, compartir fraterno, y de encuentro con la misericordia de Dios en la ciudad de Bogotá, que acogió plenamente la invitación del papa Francisco: “que un viento impetuoso de santidad recorra el próximo Jubileo Extraordinario de la Misericordia en todas las Américas”.

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Dpto. de Comunicación y Prensa CELAM

 

 

 


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· Homilía del cardenal Rubén Salazar Gómez en español

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