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12 de Marzo, 2014
MUNDO

El primer año de Francisco

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El 13 de marzo de 2013 se inauguró una nueva página en la historia de la Iglesia Universal. Susana Nuin Núñez, José María Poirier y Jaime Septién nos ayudan - desde su valiosa mirada americana- a interpretar y comprender en integralidad este primer año de Francisco Papa.

EL PRIMER AÑO DE FRANCISCO

Por José María Poirier*

Es inevitable intentar un balance cuando se cumple un año del nuevo pontificado. Acaso sea un vicio del periodismo. Y es inevitable también equivocarse en el análisis, no por malas intenciones sino porque no se tiene (ni se podría tener todavía) la suficiente perspectiva histórica. Además, muchas de las medidas más importantes que ha tomado el Papa en estos doce meses no son las que más trascienden en los medios. Conviene no olvidar que Jorge Bergoglio es un pastor con marcada sensibilidad política; y sabe que un hombre de mando no anuncia sus disposiciones: las ejecuta.

Heredó de su ilustre predecesor —y hoy consejero sabio— tres líneas directrices que debía continuar y profundizar: afrontar con valentía el problema de la pedofilia en la Iglesia, dar transparencia a las finanzas vaticanas y reformar drásticamente la curia romana, convertida en una suerte de cogobierno desde los últimos años de Juan Pablo II. Tareas complejas y que no dejan de ofrecer resistencia desde los organismos burocráticos, pero Francisco cuenta con el sostén de importantes cardenales y obispos de todo el mundo. Y, sobre todo, tiene el claro apoyo de muchísimos laicos y laicas, o —como definiría el Concilio Vaticano II— de gran parte del Pueblo de Dios. Numerosos católicos quieren una Iglesia más maternal y más atenta al dolor de los menos favorecidos, cuando no excluidos. En palabras de Francisco: más cercanas a las periferias existenciales.

Su tarea no es sencilla. En la milenaria historia de la Iglesia, un año es casi nada y una persona se pierde entre otras a medida que se recorre la tradición. Pero posiblemente la apuesta de Francisco es la de marcar un hito, así como lo estampó la revolucionaria renuncia de Benedicto XVI, quien de un solo golpe barrió con la vieja monarquía romana y privilegió las funciones (hoy tendríamos que decir los "servicios") a las personas. Es decir, privilegió a la Iglesia de Jesús.

Pero quizá lo que más impresiona cuando se está frente a Francisco es su sereno dominio de la situación, su hondura espiritual, su mirada inteligente y compasiva a la vez. En efecto, la misericordia es posiblemente su mayor aporte a la teología de hoy, a una teología pastoral que marcará rumbos también a la doctrina. No se trata ya de una virtud de segunda clase, sino la primera entre las demás; y desde la cual pueden entenderse evangélicamente tanto la verdad como la justicia.

Sus viajes a la isla de Lampedusa y a Brasil marcan un trazo. Lo esperan Tierra Santa, y luego Asia y África, continentes del futuro. Su exhortación Evangelii gaudium es un verdadero programa y una propuesta abierta a todos.

*El autor es director de la revista Criterio de Buenos Aires; puede consultarse el último número de la publicación enteramente dedicado al pontificado de Francisco: www.revistacriterio.com.ar

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UN ESTILO PERSONAL

Por Jaime Septién*

Ha pasado, como un suspiro, el primer año de pontificado de Francisco. Aún no nos reponemos de tantas sorpresas. Cada día es diferente. Y cada jornada es un hecho inédito en la historia de la Iglesia católica. Me pregunto: ¿dónde están aquéllos que profetizaban a los cuatro vientos que el elefante anquilosado y renqueante ya era incapaz siquiera de reformarse? No me refiero a las portadas de revistas como The Rolling Stone; me refiero a las voces avinagradas de dentro y fuera de la Iglesia, a quienes les molestaba la infalibilidad de Benedicto XVI porque afectaba a su propia infalibilidad...

En fin, mulas habrá siempre en el camino de los arados. Y surcar la tierra con la semilla del Evangelio no es algo que le guste a quienes suelen vivir del no y de la rebeldía incautada por los intereses a los cuales defender, porque propician su propio poder. Una rebeldía farisaica e inútil que se ha topado con un genio de la comunicación llamado Jorge Mario Bergoglio. ¿Genio de la comunicación? Habla claro, directo, y enraizado en la Escritura. La certificación de calidad en un mensaje como el del Papa se llama coherencia. Decir lo que se hace y hacer lo que se dice. Es el líder moral indiscutible en el mundo. Por la sencilla razón de que es razonable. Y presenta a la gente la Palabra en estado puro: la razón que da razones.

Entre el vocinglero de los medios y la cháchara de la publicidad, Francisco asume el sentido del lenguaje: la verdad.

*Periodista mexicano, director de El Observador

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LA TRANSPARENCIA QUE UNIÓ EL MENSAJE

Susana Nuin Núñez*

La escena vuelve a repetirse. El CELAM en su reunión en Bogotá con los Directivos (presidentes de departamentos) y Secretarios Generales de las Conferencias Episcopales se preparan para celebrar mañana 13 de marzo el primer año del Papa Francisco.

Vuelve a repetirse porque este mismo núcleo de obispos representantes de las veintidós conferencias episcopales hace un año se encontraban en torno a un televisor mientras almorzaban en un clima fraterno, siguiendo el desenlace del cónclave.

Minuto a minuto crecía la expectativa entre todos, al punto que en los últimos minutos antes del humo blanco, todos abandonaron sus mesas y, como sucede en una familia, se ubicaron como podían ante el televisor. Más parecido a un cuadro de fútbol que a un grupo de obispos.

Había un clima sumamente expectante, profundo, porque el Papa Ratzinger había dejado tras de sí una importante experiencia de Dios con su renuncia. Se vivió mucha expectativa y mucha interioridad en simultáneo. Hasta que el conocido por todos los obispos latinoamericanos cardenal Bergoglio fue nombrado y presentado al mundo como el nuevo Pontífice. Desde ese momento la reunión del CELAM se vio atravesada de una gran algarabía y emoción. Recordamos aún las lágrimas del presidente del CELAM, el arzobispo mexicano Carlos Aguiar Retes, quien no pudo ocultar su honda emoción.

Después, paulatinamente, se fue cayendo en la cuenta: el Papa era Latinoamericano. El cardenal Bergoglio que tanto tuvo que ver con la construcción del Documento de Aparecida, varias veces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. Muchos evocaban la cercanía, el conocimiento de antes, la amistad y fraternidad que los unía desde hacía años al nuevo Papa.

Hoy estamos en la misma sede, ha pasado un año y desde ese 13 de marzo no ha habido un solo día en el cual no camináramos acompañados de una manera u otra por la presencia del Papa, sus homilías cotidianas, sus recorridos en la plaza San Pedro, sus manifestaciones de ternura con los más débiles, su visita a la favela en Brasil, su decisión de vivir en Santa Marta, sus visitas a las parroquias de Roma, por la Jornada de la Juventud, por su encuentro con el CELAM en Río... La lista no terminaría... Como me dijo un taxista en Roma: "Soy ateo, pero me pasa un fenómeno raro, cuando llego a mi casa invito a mi esposa a mirar televisión para ver qué hizo Francisco...".

Un fenómeno inexplicable y expresado hasta por las publicaciones más reconocidas —e increíbles— a nivel mundial. Un hombre que llegó del sur del mundo, que no tiene pasión ni habilidad por la informática, ni por el mundo digital, habita en la primera fila de las redes sociales. Un Papa que toma el legado de Papa Ratzinger y avanza en comunión con el pasado, decidiendo minuto a minuto las posibilidades de los múltiples cambios necesarios, deseados y soñados por muchos en la Iglesia, con una particularidad: poniendo en acción todas las posibles dimensiones colegiales en esta noble causa de cambios profundos.

Podríamos detenernos en muchísimos aspectos que ofrece la persona del Papa Francisco: sus gestos, su presencia, sus decisiones, su compromiso con Jesús que se expresa y manifiesta en infinidad de matices de la transformación social, cultural, política y religiosa.

Pero haremos un alto, sí, en una zona que ha marcado sustancialmente la comunicación de la Iglesia. Antes del Papa Francisco se hablaba de una comunicación interna y una comunicación externa como dos dimensiones que muchas veces se presentaban en conflicto. A partir de la presencia de Papa Francisco, una dimensión de transparencia ha operado sustancialmente. Hay un adentro que está en evolución, en conversión, en transformación y así se lo reconoce, hay un afuera que se extiende para llegar a los más alejados, a todos. Parecería un camino que encontró su relacionamiento, un adentro que no puede no transparentarse, y un afuera que no puede no ser expresión también del adentro. La comunicación, podemos llegar a afirmar, es una, es única, y siempre —se desee o no— se transparenta. La diferencia que marca la presencia de Francisco es que une indisolublemente el adentro y el afuera de esa comunicación, no por un voluntarismo periodístico o por una concepción comunicativa: lo hace de la mano del testimonio, realidad tan esencial en el cristianismo, en los orígenes de la Iglesia, y que por mucho tiempo parecía haber sido exiliada.

El testimonio que evidencia lo que se es y se vive, lo que se siente y se piensa. Ese poderoso cristal que permite ver las raíces más profundas evangélicas en los rasgos fundamentales de las personas. Así llega a la Iglesia una nueva época, la de la transparencia testimonial, si somos se ve, se percibe, se constata, si somos felices todos lo ven, si no somos felices no nos alcanzan todas las bibliotecas del mundo para justificarlo, nuestro rostro lo expresa, lo grita.

Así, podemos leer el testimonio del Papa Francisco. Se lo ve, se lo siente, se lo escucha, se lo percibe, y así todos, cercanos, lejanos, católicos o musulmanes, creyentes o agnósticos, todos encuentran en él una realidad indiscutible, encantadora. Francisco traza un camino abierto para todos, en el cual difícilmente se pueda volver atrás, el camino de la vida que se manifiesta, que se expresa, que es y porque es, es capaz de volverse mensaje.

Desde Bogotá, sede del CELAM: ¡Feliz primer año, Papa Francisco!

*La autora es secretaria ejecutiva del Departamento de Comunicación y Prensa del CELAM, doctora en Ciencias Sociales con especialización en Comunicación. 

   




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