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03 de Abril, 2014
CONFERENCIA EPISCOPAL URUGUAYA

Entrevista con monseņor Heriberto Bodeant, obispo de Melo y secretario general de la Conferencia Episcopal Uruguaya (CEU): "Lo primero que tiene que hacer un misionero es escuchar".

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"Jesús, fuente de agua viva. Orientaciones pastorales para la Iglesia Uruguaya" —quinquenio 2014-2019— fueron el eje de la conversación que mantuvimos desde el NOTICELAM con monseñor Heriberto Andrés Bodeant.

El Objetivo general de estas orientaciones es "Ser Iglesia en estado de Misión Permanente". ¿Cómo se traduce en hechos este concepto tan profundo y amplio? ¿Cuáles son sus proyecciones y posibilidades reales?

Poner este objetivo es un desafío grande para la Iglesia del Uruguay de la que podemos decir es una Iglesia joven porque no tenemos el tiempo de desarrollo de otras Iglesias de América Latina que ya caminan hace 500 años. Nosotros hemos celebrado hace no demasiado tiempo los 100 años de nuestra primera diócesis. Estamos en un país que tiene una historia de secularización muy fuerte. Es una Iglesia que puede sentirse fácilmente tocada hasta quedar un poco cerrada sobre sí misma, prestando atención a quienes ya están dentro. Aquí nosotros estamos intentando asumir el desafío que nos presenta la Conferencia de Aparecida del 2007. Ya llevamos 7 años planteándonos ser Iglesia en estado de misión permanente.

El Papa Francisco nos da una pista cuando dice que se trata de poner en clave de misión el trabajo habitual, ordinario de la Iglesia. Y al mismo abrazar Aparecida para salir a la misión. Las orientaciones no son un programa; son justamente eso: marcar un punto grande en el cual cada diócesis puede realizarlo. Cada una de las 10 diócesis del Uruguay tiene que hacer su propia programación.

Eso es lo que vamos a iniciar en la próxima reunión de la Conferencia Episcopal que es la semana que viene ver con los vicarios pastorales de las diócesis cómo vamos asumiendo esto y con los secretarios ejecutivos de las comisiones de la Conferencia Episcopal una programación para concretar este aspecto y otros de las orientaciones. (Nota de la Redacción: esta entrevista se realizó e 13 de marzo de 2014 y la Asamblea de Obispos del Uruguay se llevó a cabo del 24 al 28 de marzo)

Aparecen temas comunes a América Latina y El Caribe: la familia, el consumo de drogas, la búsqueda de las periferias existenciales. Ustedes atizan una frase muy significativa: "recepción de las personas heridas". ¿Cuáles son las herramientas con las que cuenta la Iglesia uruguaya en estos temas?

Son herramientas limitadas. Una de mis mayores preocupaciones como coordinador pastoral es qué es lo más pertinente para poder responder a este desafío pastoral.

El primer elemento, la primera forma de respuesta, es la implementación de una pastoral de la escucha porque a veces eso es lo primero y, aunque a primero vista pueda parecer poco, es en realidad muy grande.

Yo personalmente he vivido una experiencia cuando estaba recién ordenado diácono y me encontré con una persona que lo que buscaba era eso: ser escuchada. Una persona muy lastimada por una cantidad de acontecimientos en su vida familiar, todo de muy difícil solución. Mientras yo la escuchaba, en la mitad de mi cabeza pensaba ¿qué le voy a decir a esta señora? Cuando terminó de hablar me dijo: "Gracias, padre, por haberme escuchado". Y se fue. Ella no necesitaba otra cosa.

Y lo que yo sentí es que en realidad yo tendría que haberla escuchado con toda la cabeza y con todo el corazón. No estar pensando en buscarle una solución que yo no le podía dar sino darle todavía mayor calidad a mi escucha. Tal vez ella no percibió mi inquietud. Creo que aquí hay un primer elemento.

Venimos conversando con religiosas y religiosos del Uruguay, con una de ellas que es psicóloga, y ver cómo podemos dar algunas herramientas muy básicas para los agentes pastorales, para las personas que en las parroquias reciben a la gente, no sólo los sacerdotes o los diáconos, a veces la secretaria, la catequista, la persona que prepara para los bautismos, en fin: todos aquellos que están en contacto con quienes se acercan a la Iglesia. Y también con quienes quieran salir en una visita o salida misionera porque lo primero que tiene que hacer el misionero es escuchar.

Muchas veces también van a dar la posibilidad a los que no se acercan a las parroquias a tener ese oído; antes que llevarles un mensaje me parece que es necesaria esta actitud de escucha que a veces significa desahogarse la persona antes que decirle te esperamos en la parroquia, en un grupo para participar en la misión.

Me parece que ahí hay una clave que está al alcance de cualquier persona con un poquito de buena voluntad, que sea capaz de frenar su ansiedad, y que sepa vaciarse de sí mismo para darle espacio a los demás, como tiempo y escucha de caridad.

¿Como describiría usted a la sociedad uruguaya, ese pueblo de Dios al cual ustedes pastorean?

La secularización en el Uruguay implica una especie de autoamputación de la expresión religiosa. Recuerdo la primera vez que fui a Buenos Aires, siendo seminarista, estuve un momento parado frente a la catedral, allí había una hornacina con una imagen de la Virgen, sobre la calle. Pasó frente a ella un hombre con saco, corbata, un ejecutivo, se detuvo, puso su mano en el vidrio de la hornacina, rezó un momentito y después se fue.

Eso me hizo sentir que estaba en otro país. Hay tantas cosas que los uruguayos y los argentinos —en Buenos Aires y en Montevideo— son tan similares y sin embargo es escena no podría darse en el Uruguay. Esa manera de expresar públicamente la fe con naturalidad, expresando la devoción, no es muy nuestra. Y eso nos pasa incluso a quienes somos católicos. Tenemos una especie de pudor por manifestar públicamente la fe. Eso es algo que nos viene de muy atrás. Por supuesto, lo tratamos de cambiar y asumir pero que están como esos ríos que corren subterráneos, que están allí y que de alguna manera configuran un modo de ser. Pero el uruguayo, como cualquier persona, cualquier ser humano, tiene sus dudas, deseos e interrogantes.

Es interesante escuchar al presidente Mujica ­en una entrevista que le hicieron por televisión, le preguntaron sobre Dios y él dice "yo no soy creyente, pero yo me pregunto 'esta pobre criatura humana —curiosamente usó la palabra «criatura» en evidente referencia al Creador— va a terminar en un hoyo o hay algo más'. Dijo eso. Eso para una persona pública, no creyente y en el Uruguay es una manifestación enorme. Y como fue una manifestación enorme, terminó de decirlo y se retrajo. Fue una pregunta planteada. Pero me parece que esa expresión muestra esa inquietud que habita en el uruguayo, que siente ese vacío porque esta cultura secularizada lo ha privado de una búsqueda natural del ser humano: la búsqueda de la trascendencia, de Dios, de un sentido profundo de la vida, de las cosas que realmente pueden llenar la vida.

¿Cómo percibe usted el clero en su país, cómo son los sacerdotes del Uruguay?

A veces, nos gustaría que fuera verdad lo que muchos dicen 'ustedes viven una experiencia de una sociedad secularizada' y sin dudas tienen respuestas para este proceso que otros países también están viviendo. Estamos en esta búsqueda y en esta reflexión muy en serio. Ha habido entre nosotros quienes de alguna manera se abrazaron a esta secularización. Espero que este pasado sea de verdad un pasado.

Los uruguayos tienen también expresiones de religiosidad popular. Cuando yo era seminarista me tocó descubrir algunas y darme cuenta de que las estábamos negando. Y no son expresiones que están tan vivas y coloridas como en otros pueblos de América latina, son al estilo uruguayo, un poquito de bajo perfil, nosotros tenemos esta cosa de no querer destacarnos mucho menos en el fútbol (risas)... Ahí se nos cae la modestia y el bajo perfil pero normalmente no.

Tenemos cuatro manifestaciones populares: La Virgen del Verdún, en un cerro que está cerca de la ciudad de Minas, el 19 de abril, mucha gente concurre espontáneamente, algunos que tienen participación en la vida parroquial y otros no tanto. Yo digo que ahí no van peregrinos, van excursiones. La gente allí sube de rodillas, otros van caminando, haciendo su promesa a la Virgen.

En Montevideo está la cripta del Señor de la Paciencia, en cuyas paredes se escriben las peticiones. Está tan aceptado esto que había un cartel que decía: "Por favor, no escriba en los bancos, escriba en las paredes". Se escribe con lo que sea, lápiz, birome. Yo estuve una vez leyendo las peticiones y había absolutamente de todo. Desde el que quería sacarse a un inquilino que no pagaba hasta una mamá que pedía por sus hijos que habían viajado a Canadá y que no veía hacía mucho tiempo. En fin, toda la vida, las angustias las tristezas están presentes allí.

También está la gruta de Lourdes en Montevideo y una peculiaridad uruguaya es san Cono. San Cono es un santo de cuya existencia se llegó a dudar pero finalmente, investigando su origen, se constató que había venido de un pueblito de Italia, cercano a Nápoles, su vida se relacionó con este pueblo, se estableció allí un puente y se rescató este santo local, de la Edad Media, cuando no existían las canonizaciones universalmente. Hay muchos santos que simplemente la Iglesia local los reconoció —por eso no están en el calendario universal— pero sí hay una diócesis, o una parroquia que tiene la memoria de alguien que vivió santamente. En el caso de san Cono es llevado por un grupo de migrantes y la devoción comienza en otra parte; aquí en el Uruguay llegó al estado de Florida donde está también el santuario de la Virgen de los Treinta y Tres, patrona de nuestro país. Esta advocación de María es una imagen misionera que nos llega desde las misiones jesuíticas, por los guaraníes, nos pone en contacto con la raíces más profunda del Uruguay, raíz bastante enterrada pero que aflora. Es una imagen muy bonita, pequeñita, proporcionada al Uruguay, y a la cual le tenemos un gran cariño.

¿El clero uruguayo acompaña estas manifestaciones populares?

Yo diría que cada vez más. Hubo una época en la que negábamos eso. Y, a veces, se ve solo una parte: la secularización en el Uruguay. La realidad es que hay una demanda de nuestro pueblo para ayudar a descubrir otra dimensión de la fe, a encontrar un camino de encuentro con Jesucristo a través de la Virgen María y los santos, pero también un encuentro con la propia fe en la propia vida.

Pensaba en Aparecida, donde las expresiones del pueblo de Dios — simple y sencillo— y la religiosidad popular adquirieron una importancia y visibilidad decisivas. El Uruguay, ¿en qué parte de ese camino se encuentra?

En un camino propio donde estas manifestaciones están haciendo algo importante. El Papa Francisco señaló que Aparecida fue la primera Conferencia del Episcopado de América Latina y El Caribe que se realizó en un santuario mariano. Cuando los obispos estaban reunidos, desde la parte de abajo del santuario, les llegaba un murmullo, como una música de fondo que provenía de la presencia de la gente con su oración, cantando. Él decía que eso le dio a la Conferencia una tonalidad especial. Me parece que lo que él quiere decir es que la presencia de María estuvo como impregnando la Conferencia. Y la presencia del pueblo de Dios expresando su devoción hacia Ella también. Eso marca mucho el espíritu de Aparecida y también nos marca una dirección importante a nosotros.

Pérdida del "sentido del domingo" es uno de los puntos que se describen en estas orientaciones. ¿Podría ampliarnos el concepto?

Esto viene de Juan Pablo II, de su carta "Dies Domini" del año 1998, donde justamente se habla del "sentido del domingo".

El domingo, como día del Señor, me transmite en primer lugar la participación en la eucaristía dominical, la Pascua dominical, Jesucristo muerto y resucitado, en su palabra. El pueblo creyente es un pueblo poco practicante. La práctica es reducida.

También la pérdida del sentido del domingo tiene que ver con algo de este mundo globalizado y de la sociedad de consumo. El domingo se transforma en un día de shopping, en un día de compras. Como decía un sacerdote cuya parroquia es cercana a uno de los shoppings de Montevideo: "Yo tengo la competencia muy cerca". Ahí al lado hay una especie de templo que reúne a una cantidad importante de adoradores y marcan su domingo con su presencia allí. Un poco en broma, un poco en serio, mi sueño sería tener una capilla en el shopping. Voy adonde está yendo la gente.

Pero no sólo está esta pérdida en cuanto a tener un lugar que convoca, que reúne por lo menos a un sector de la gente, sino que también eso significa que se trabaja especialmente en el domingo. La demanda de un tipo de servicios por parte de algunos supone el trabajo de otros. En esta diócesis de Melo tenemos una ciudad, Río Branco, que linda con Brasil, que tiene una zona de free shops. Los brasileños vienen todos los días y el domingo es día particularmente de paseo. Muchísima gente trabaja en estas tiendas, y es bueno que haya trabajo, pero al final la familia termina un poco desarmada porque no es posible contar con un día libre en común. Contaba un párroco que una pareja de novios para encontrar un día en que les coincidiera el día libre en sus respectivos trabajos —y que no era el domingo— tenían que esperar tres meses cuando lo lograban algún jueves.

La pérdida del domingo es la pérdida del ritmo semanal. Nosotros os cristianos pasamos del sábado al domingo y recordamos el día en el que Dios descansó después de la Creación. Y no es que estuviera cansado: es el día en el que Dios se recoge para contemplar su obra. Nos instituye este día de descanso como un día para mirar la vida de otra forma, desde una perspectiva para dar gracias, un día para encontrarse con Dios, para encontrarse en familia.

La pérdida del sentido del domingo también es la pérdida del sentido de la diferencia. Los días terminan siempre igual para la gente de trabajo. Y si el día libre puede ser cualquier día de la semana ahí estamos perdiendo el día del Señor.

¿Se corrigen en el camino las orientaciones pastorales de la Iglesia?

Sí. Lo vamos a tener que hacer por varias cosas. Primero vamos a empezar por el proceso de elaboración que nos llevó un año más o menos. Ahí recogimos los aportes de las Vicarías Pastorales de las diez diócesis y el secretariado de la Conferencia Episcopal —secretarios ejecutivos de los distintos departamentos y comisiones—, y los de la Conferencia de Religiosos del Uruguay. Tuvimos diferentes instancias de encuentro, intercambio de borradores por vía electrónica y la última palabra la tuvimos los obispos. Leímos el borrador final, trabajamos más sobre el objetivo y los criterios, luego un poco más rápidamente sobre el cuerpo que ya había sido trabajado por los expertos.

En nuestra asamblea de noviembre del 2013 quedaron conformadas las orientaciones que tenemos hoy. Ya ahí decíamos, cuando dábamos nuestra mirada a la realidad, que esto es la coyuntura, la foto de hoy. Dentro de un año esto puede puede haber cambiado, dentro de dos años puede haber dado un giro. Entonces tenemos que seguir viendo de qué forma se van dando estas búsquedas de nuestro pueblo, de nuestra gente.

Recordemos que estas orientaciones tienen un eje inspirador en el diálogo de Jesús con la mujer samaritana. De modo que la sed es una clave importante desde la cual miramos a todo nuestro pueblo buscando precisamente cómo se manifiesta esa sed y nuestras distintas ansias y cómo se busca responder a ellas. A veces tenemos caminos de vida y a veces agua estancada, no es agua viva. Toda esa coyuntura puede cambiar. Este aspecto nos lleva a ir monitoreando estas orientaciones y ver qué tenemos que ajustar.

Por otro lado, cuando nosotros terminamos la asamblea y aprobamos las orientaciones era mediados de noviembre. A fines de noviembre el Papa Francisco nos regala Evangelii Gaudium. Yo no tuve valor para decir "tenemos que empezar de nuevo". Tuvimos que ver cómo recibir Evangelii Gaudium en nuestras Orientaciones Pastorales. Simplemente yo me limité a escribir un apéndice donde pregunto qué cosas de la Evangelii Gaudium nosotros ya las estábamos incorporando de alguna manera. El Papa Francisco también recoge cosas que él ya había dicho, ya había un camino de su enseñanza. Nosotros también recogemos eso. Seguramente hay otros elementos nuevos de Evangelii Gaudium que nosotros vamos a trabajar.

De modo que tenemos nuestras Orientaciones y Evangelii Gaudium. Tenemos que juntar las dos cosas en la formación de agentes pastorales, los encuentros comunitarios-pastorales, en todo. Eso nos va a llevar a ir haciendo ajustes.

¿Cómo lo tomó la elección del primer Papa latinoamericano y argentino, cómo va viviendo este pontificado y cómo le suena esta "música" que desde Roma llega en español, con giros rioplatenses?

El 13 de marzo de 2013 yo estaba en Bogotá en una reunión de secretarios generales del CELAM. Era un momento particularmente privilegiado de un encuentro de obispos, Latinoamérica representada por cada uno de nosotros, lo cual hizo de ese momento un momento muy fuerte. Ahí estaban dos hermanos argentinos, auxiliares de monseñor Bergoglio, Raúl Martín y Enrique Eguía Seguí, así que además tuvimos la sorpresa en la cara de ellos. Fue un momento muy emotivo. Todos sentimos que algo se había dado vuelta en el mundo de la Iglesia, en el mundo nuestro y se nos abrían unas expectativas enormes.

Esas expectativas han sido cubiertas más que con creces. Es decir, por un lado, la presencia de un Papa latinoamericano llevando llevando la voz de América latina sobre todo a través del espíritu de Aparecida. Cuando leí Evangelii Gaudium me cuidé un poco de mirar a ver si el Papa lograba un cierto equilibrio porque es el pastor de toda la Iglesia. Él tiene que tener este color latinoamericano y a la vez la capacidad de recoger la voz de todos. Una de las cosas más fantásticas de Evangelii Gaudium son las citas de los distintos episcopados: por supuesto hay citas de Aparecida y también un documento importante de los obispos de EE.UU., cita a los obispos de Filipinas y de la India. En fin: una mirada de una familia que está en todo el mundo y también la mirada de la Compañía de Jesús que él pone al servicio ahora como obispo de Roma, como le gusta decir.

Oírlo hablar en nuestro idioma, en nuestra modalidad, con nuestras expresiones, calienta el corazón. Pero también, y vuelvo a Evangelii Gaudium y a su discurso a los obispos del CELAM, nos habla desde una experiencia pastoral que es muy cercana. Nos sentimos en una gran sintonía y muy fortalecidos en nuestras tareas. Estamos en una comunión muy especial. Él me conforta mucho. Lo sigo a través de la radio, la televisión, en los Ángelus del domingo, recuerdo muy especialmente el día que llamó a la oración por la paz en Siria, día en que la sonrisa que nos regala habitualmente estaba cambiada por una expresión seria, en la que transmitía su preocupación, su angustia por una situación realmente dramática. Uno no podía menos que responderle y unirse a esa oración. Tuve la alegría de encontrarme a fines de febrero con un obispo de Siria y decirle que gracias al llamado del Papa "rezamos por ustedes". Éramos varios obispos de distintos lugares del mundo y fui el único que le compartió eso y él se lo compartió después al Santo Padre.

El Papa Francisco, con su manera de comunicar, nos está ayudando a vivir esta comunión en América Latina pero también con los hermanos del mundo entero, especialmente aquellos que están sufriendo. Nos aproxima a todos.

Podemos cerrar recordando estas, sus palabras, hablándonos de san José, cuando nos invita a que nos cuidemos unos a otros, así como él cuidó a María y a Jesús.

 

VIRGINIA BONARD 




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