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30 de Abril, 2014
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Gabo: una lectura creyente

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Reproducimos una lectura creyente de la pascua de Gabriel García Márquez, escrita por Javier Darío Restrepo, director de Vida Nueva Colombia, en la edición No. 99.

La vida nueva de Gabo

No estará lleno de flores amarillas, ni iluminado por la inocencia invencible de Remedios la bella. Es posible que una música de acordeón domine en esa sinfonía del universo de que hablaba Dante; pero estos son datos menores frente a lo que debe ser, después de su partida tan repentina y lamentada, la nueva vida de Gabo.

Uno se hace el cielo que quiere y Gabo se hizo un cielo poblado por esas presencias luminosas de su madre, de su abuelo y de sus hermanos según la carne y en el espíritu. ¿Por qué no pensar  en la humanidad revivida en su cielo con Faulkner, tan cercana compañía en su creación literaria, o el viejo Sabato, y el gran Hemingway, o Sófocles, su autor  favorito. Miguel de Cervantes ya no será manco y exhibirá su brazo renacido, y Lope de Vega, o más cercanos, Alvaro Cepeda, o Fuentes, o Escalona o Mutis. ¿Hicieron todos ellos parte del cortejo de recibimiento? Para muchos lectores de este editorial, lo que llevo escrito es imaginación o retórica de ocasión.

Para el creyente es una realidad que a todos nos llena de una alegre esperanza. Al morir saldrán a nuestro encuentro todos los que amamos y que algún día nos amaron. Gabo, con su inextinguible capacidad de asombro, al morir debió iniciar una inesperada sucesión de asombros. Lo que aquí vivió con el júbilo de los descubrimientos, al morir se le convirtió en la fiesta interminable de los reencuentros. ¿Fue esta la devastadora sensación de Ursula ante la muerte de Amaranta Ursula cuando dijo, sin poder contener el torrente de las palabras: “De modo que esto es la muerte”?

Sus últimos años estuvieron ocupados con la lidia de esa bestia  caprichosa que es la fama, esa forma tosca de la inmortalidad al estilo de los humanos. Quienes conocieron a Gabo de cerca saben que la fama lo incomodaba y que poco culto le rindió a esa inmortalidad artificial de los humanos porque, genial conocedor de la naturaleza humana, Gabo había  descubierto los pies de barro de ese erguido y soberbio monumento de la vanidad. Al reencontrar a los suyos, su familia de sangre y la del espíritu, debió entender que su inmortalidad no había nacido en Estocolmo aquella noche del diez de diciembre de 1982, sino el pasado jueves santo en ciudad de México. El alud de flores amarillas, el torrente de titulares y de crónicas, el océano de adjetivos de elogio, fueron un reflejo pálido de la inmortalidad que había alcanzado.

Sí, hay una inmortalidad a la que todos aspiramos y es la que nos da derecho a un nicho en la memoria de los demás; pero esa es una inmortalidad tan  transitoria como la de aquellas víctimas de la peste del olvido con que Gabo describió la veleidosa capacidad de recordar de los humanos. En cambio, la inmortalidad de que hoy goza, es una plenitud de vida en un presente que no termina ni está sujeto a alteración alguna. Es la eternidad que  él disfrutaba como un anticipo cuando estaba entre amigos: “el único momento de la vida en que me siento yo mismo”.

Esa plenitud de estar  en medio del afecto, es la sorpresa de que hoy está disfrutando.

El cielo no llega de improviso ni como una realidad completamente nueva. Desde esta vida imperfecta se comienza a soñar la vida perfecta. Cuanto más intenso es ese sueño,  mayor la sensación de estar viviendo una vida en borrador, como una sombra, tan desechable como esas hojas que arrugaba y botaba a la caneca antes de lograr la cuartilla perfecta.

Cuando la hoja quedaba sin errores y se apilaba con las que habían atrapado sus sueños, se explicaba  a sí mismo la razón de todo: escribo para que me quieren más; y lo debe estar sintiendo así en esta hora de eternidad en que su muerte ha desatado el caudaloso río del afecto universal por su nombre.

Había escrito como resultado de experiencias vividas por él o por sus personajes: “creo que no hay mayor desgracia humana que la incapacidad para amar”. Por eso el castigo de la soledad llega a la vida de los humanos como resultado de la falta de fraternidad, de modo que su gran sueño, proclamado ante el mundo en la noche gloriosa de Estocolmo, es la de una era en que, vencida la soledad con los acercamientos y abrazos de la fraternidad, América Latina pueda tener su segunda oportunidad sobre la tierra.

Lo dijo, como soñando, ante la audiencia deslumbrada por el brillo de su palabra y de su pensamiento. Al entrar en su segunda y definitiva vida nueva debió entender que no era un sueño porque esta realidad desbordaba todos los sueños: el hombre que nació para renacer, entra en la inmortalidad sumergido en un afecto de una intensidad qué él ni nadie pudo llegar a imaginar.

Gabo creó un mundo que a todos sus lectores mantiene deslumbrados; sin embargo, este creador de mundos y de sueños a esta hora creerá morir de sombro ante unas realidades que parecían esconderse e invisibilizarse detrás de las puertas de la muerte. Ni lo había imaginado, ni creía necesario imaginarlo cuando puso en boca de Bolívar su propio pensamiento: “yo no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo”. No fue necesario que creyera en esa felicidad, le bastó intuirla, desearla y paladearla en su intensa vida mortal. La realidad del amor es superior a las imaginaciones o deseos de los humanos. Más que una segunda oportunidad, la de Gabo a esta hora es una sorpresa nunca imaginada por él. Que solo tendrá una sombra: que no podrá convertirla en una crónica para llenarnos, otra vez, de asombro y de admiración.

JAVIER DARÍO RESTREPO

Director de Vida Nueva Colombia




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