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02 de Julio, 2014
Primer encuentro regional de pastoral indígena de Centroamérica y México

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Del 16 al 20 de junio, la ciudad de Guatemala acogió el primer encuentro regional de pastoral indígena de Centroamérica y México, que contó con la participación de los obispos y los secretarios ejecutivos de la pastoral indígena de los países de la región.

En el mensaje final que se comparte a continuación, se reconoce “una mayor y más significativa presencia de los pueblos originarios en la Iglesia”, auténticos interlocutores, sujetos y protagonistas responsables de su historia y de su desarrollo integral. De igual forma, se proponen 11 desafíos en clave de “conversión pastoral”.

MENSAJE FINAL DEL PRIMER ENCUENTRO REGIONAL DE PASTORAL INDÍGENA DE CENTROAMÉRICA Y MÉXICO

Queridos hermanos Obispos de las Conferencias Episcopales de Centroamérica y México, y fieles todos de nuestras Iglesias particulares:

1.  Los Obispos y Secretarios Ejecutivos de la Pastoral Indígena de las Conferencias Episcopales de Centroamérica y México, hemos participado en el Primer Encuentro Regional de Pastoral Indígena organizado por el Departamento de Cultura y de Educación del Consejo Episcopal Latinoamericano  (CELAM),  y  que  ha  tenido  lugar  en  la  Ciudad  de Guatemala los días 16 al 20 de junio de 2014.

A ustedes se dirige nuestro cordial y fraterno saludo: con todas y todos nos sentimos en profunda comunión y los acompañamos con nuestra oración.

2. Durante estos días de reflexión y compartir fraterno, nos ha sido motivo de reconfortante  inspiración  y  de  esperanza  cristiana,  el  magisterio  y  los “gestos proféticos” de nuestro Papa Francisco. Lo que necesita nuestra actual  Pastoral  Indígena  es  precisamente  el  sentirse  parte  viva  de  una “Iglesia en salida”, que va hacia las periferias existenciales y geográficas, que busca y acoge, como “casa común”, a todos y que vive y se compromete con amor preferencial a favor de los más pobres y abandonados.

3. Convencidos de que la Iglesia es impulsada y guiada por el Espíritu Santo, protagonista de la misión, le damos gracias por todo lo que se está llevando a cabo a favor de los pueblos originarios de parte de tantos generosos y abnegados agentes de pastoral.

En este crucial contexto histórico, el anuncio del Reino de Dios no podrá ser acogido si no va acompañado (en palabras del venerable Pablo VI) por el “testimonio de la potencia del Espíritu Santo, operante en la acción de la comunidad cristiana al servicio de sus hermanos y hermanas, en los puntos donde se juegan éstos su existencia y su porvenir” (OA n. 51) 

4.  Hemos constatado que se está fortaleciendo entre los pueblos indígenas una más clara y elevada conciencia de lo que ellos son, de sus valores y de que “están en la raíz primera de la identidad latinoamericana y caribeña”, como leemos en el Documento de Aparecida (n. 88).

Reconocemos también, gracias a la acción de Jesucristo “que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9) y “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 6), una mayor  y  más  significativa  presencia  de  los  pueblos  originarios  en  la Iglesia, presencia que se manifiesta, por ejemplo, con un destacado protagonismo en las distintas formas de apostolado, y con más notables expresiones de la propia religiosidad y espiritualidad; en el aumento de vocaciones indígenas a la vida sacerdotal, religiosa y misionera.

Al mismo tiempo, con una mirada retrospectiva a la historia, hemos constatado el grave error que ha acompañado la labor a favor de los pueblos originarios, al considerarlos, quizá exclusivamente, como destinatarios de la acción evangelizadora y no como verdaderos interlocutores, es decir, como auténticos sujetos y protagonistas responsables de su historia y de su desarrollo integral, que tan acertadamente ha sido descrito por Pablo VI como “el paso, para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas” (PP n. 20).

La auténtica “conversión pastoral” tan urgida en Aparecida, nos lleva a acercarnos a los pueblos indígenas con total respeto, de sujetos a sujetos responsables; trabajando con ellos y no tanto para ellos y reconociéndolos como primeros actores de sus proyectos y de su destino.

Estamos convencidos que no sólo los pueblos indígenas necesitan de la Iglesia sino que también la Iglesia los necesita para constituirse en la Iglesia de Pentecostés, a saber: real y verdaderamente católica, que integre a “pueblos de toda raza y lengua”, de Oriente a Occidente, del Norte al Sur.

5.  Una vez más nos hallamos en la desafiante experiencia del ya pero todavía no”. Nos encontramos con el ya de todo lo que hasta ahora y durante más de quinientos años de evangelización ha sido alcanzado, pero también con el “todavía no” de múltiples retos que el Espíritu nos llama a enfrentar y a asumir.

Se trata de ponerse a disposición, generosa y humilde, y a la vez, creativa y paciente, de la acción salvífica y humanizadora de Dios, que siempre nos precede, y que siempre “primerea” como diría el Papa Francisco (cf. Evangelii Gaudium, n. 24).

Ha sido a la luz de estas constataciones y convicciones que hemos considerado útil describir varios desafíos que hoy enfrenta nuestra Pastoral Indígena.

a)  El primer desafío nos llega de la extraordinaria variedad, no sólo de etnias, lenguas y   culturas,   sino   de   los   “procesos   evangelizadores”   y   sus responsables y agentes. Más aún, a este respecto, debemos dolorosamente admitir que en alguna Iglesia local se ha dado una cierta disminución de los compromisos propios de la Pastoral Indígena. Vemos urgente que se determine sus causas y que se “revitalice” la Pastoral Indígena.

b) Corresponde  primeramente  a  las  diferentes  Conferencias  Episcopales lograr  una  mayor  toma  de  conciencia  de  las  justas  demandas  de  la Pastoral Indígena, dando todo su apoyo a cuantos generosamente se comprometen en ella, asumiendo lo que pide el Documento de Aparecida: “Nuestro servicio pastoral a la vida plena de los pueblos indígenas exige anunciar a Jesucristo y la Buena Nueva del Reino de Dios (…) Jesucristo es la plenitud de la revelación para todos los pueblos y el centro fundamental de referencia para discernir los valores y las deficiencias de todas las culturas, incluidas las indígenas.” (n. 95).

c)  El tercer desafío deriva del abierto contraste entre la creciente conciencia de su identidad y de sus derechos, de parte de los pueblos originarios, y la “perplejidad” que se advierte en ciertos ambientes de Iglesia, en asumir y acompañar todos los procesos de “crecimiento” personal y comunitario. Se trata de “signos de los tiempos” que estamos llamados a leer e interpretar para darles una adecuada y comprometida respuesta cristiana.

d) Lamentamos algunos prejuicios y el desconocimiento de la rica y compleja realidad de los pueblos originarios, también de parte de algunos miembros del Episcopado y del Clero, que frena y a veces anula una verdadera y eficaz Pastoral Indígena, y en otras ocasiones lleva a no respetar, con paciencia, el “paso” y el ritmo de respuesta a la acción evangelizadora, de parte de los pueblos indígenas.

e) Animamos  a  una  mayor  difusión  del  Documento  de  Aparecida, promoviendo su mejor conocimiento, asimilación de su teología y de sus propuestas pastorales, especialmente en lo que se refiere a la “conversión pastoral”.  Esta  es  del  todo  indispensable cuando  se  trata  de  renovar  e impulsar       una      evangelización inculturada.  Hay  urgencia  de  “volver  a Aparecida”.

f) La “conversión pastoral” implica también el esfuerzo para superar la constante tentación del “etnocentrismo” que nos hace pensar que lo “nuestro” es lo mejor y que impide el sincero aprecio y la abierta acogida de los         “otros”,  más  allá  de  toda  actitud  de  inconsciente  o  consciente “superioridad”.

g) Otro desafío nos viene de la necesaria y paciente labor para lograr una Evangelización realmente inculturada, ya en el ámbito del primer Anuncio (Kerygma) como en el de la Catequesis y en el de mayor dificultad, que es la Liturgia, motivándonos por la luz y la inspiración que nos viene de aquel maravilloso icono de evangelización inculturada que es Nuestra Señora de Guadalupe.

h) Hay un nuevo hecho: los pueblos indígenas se van desplazando más y más hacia las zonas urbanas y aún fuera de su país. Se calcula, por ejemplo, que son más de dos millones en el Distrito Federal y zona metropolitana de México, y casi el mismo número en la Ciudad de Guatemala. Este hecho nos exige “repensar” la necesaria preparación y asumir “nuevas estrategias” para impulsar una nueva Pastoral Urbana Indígena, en necesaria colaboración con otras fuerzas e instancias pastorales.

i)  Este último hecho no nos dispensa del deber de acompañar y apoyar a los pueblos originarios en sus derechos por defender o recuperar sus tierras y “territorios”, actualmente amenazados por la minería química de metales, por proyectos hidroeléctricos y otros.

j)  Constatamos que todo esto implica un nuevo cambio de mentalidad. Para ello pedimos que en los Seminarios y en las Casas de Formación, desde los primeros años, tenga lugar una positiva iniciación a la pluriculturalidad, educando a la aceptación y a la auténtica estima de lo que es culturalmente distinto, y fundamentando tal proceso en el misterio de que “la Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14).

k) A todos nos urge pasar del “evento” o acontecimiento, al “proceso”. Es por eso que asumimos también el desafío de la necesaria continuidad con cuanto implica de comunicación y transmisión a cuantos van asumiendo nuestra       misma  tarea.  La   obra  es   de   todos  y   entonces  también  la responsabilidad.

Precisamente,  como  sencillo  pero  significativo  signo  de  continuidad, hacemos nuestra la conclusión del Encuentro de Pastoral Indígena celebrado en Bogotá, Colombia, del 14 al 18 de octubre de 2013.

Encomendamos a María, la Madre del Señor, María de los muchos títulos de América  Latina  y  El  Caribe,  todos  los  esfuerzos  que  nuestra  Iglesia  está llevando adelante con nuestros hermanos y hermanas Indígenas. Ha sido María quien ha podido unir las historias latinoamericanas diversas en una historia compartida: aquella que conduce hacia Cristo, Señor de la Vida, en quien se realiza la más alta dignidad de nuestra común vocación humana”.

Con nuestro renovado y fraterno saludo, nos encomendamos a su oración.

Ciudad de Guatemala, 16 al 20 de junio de 2014.

ÓSCAR ELIZALDE PRADA
FUENTE: CELAM




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