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Las batallas del Papa

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El Papa Benedicto XVI cumplió 85 años de vida y entra, utilizando términos deportivos, en la “recta final” de su Pontificado.


Está viviendo un  tiempo privilegiado: se celebran los 50 años del Concilio Vaticano II, convoca a un Año de la Fe y está a las puertas del Sínodo para la Nueva Evangelización. El Doctor Guillermo León Escobar, Ex-embajador de Colombia ante la Santa Sede, nos habla de las batallas que le ha tocado enfrentar al Papa en estos años.


No es fácil para Benedicto XVI el gobierno de la Iglesia. El papa, que celebra mañana 85 años de vida, es un cruzado que libra muchos combates justo cuando están por cumplirse 50 años de vigencia del Concilio Vaticano II. Hoy enfrenta el mismo pensar antirreligioso de los años 60 que intenta quitar a la Iglesia algo que le pertenece por naturaleza y derecho propios, y es su obligatoriedad de anunciar el Evangelio.


Desde 1968 hay un crudo y cada vez más violento enfrentamiento entre el ‘relativismo’ y el cristianismo en su versión más difundida como lo es la Iglesia regida por el papa. Benedicto XVI es consciente de esta confrontación, tan sólo disminuida por el grande carisma que se desplegó con la personalidad de Juan Pablo II, capaz de hacer pasar a segundos planos problemas tan graves como los que hoy se discuten y se colocan ante la ‘opinión pública’ bajo la única responsabilidad del jefe de la Iglesia cristiano-católica.Basta no más considerar cómo desde el inicio de su pontificado se vienen creando y difundiendo informaciones, muchas veces ciertas, pero que ignoran sistemáticamente los positivos quehaceres de la Iglesia en la sociedad contemporánea.


A agravar los casos aparecen los inocultables problemas de administración de lo que ha quedado de poder temporal, sobre todo en el cuidado monetario y de recursos, así como las personales rencillas por el poder que sin duda alguna otorgan a lo fundamental ese aire de mundanidad de la que ninguna institución religiosa está hoy exenta.


Benedicto XVI no es un político que sepa calcular y disimular expresiones. El “Papa Profesor”, como lo llaman muchos, está acostumbrado a alejarse de la ambigüedad, y lo hace a sabiendas de que está pisando susceptibilidades de quienes creyeron poder ‘manejarlo’. Su vínculo con la verdad es definitivo y ella no es negociable hoy, cuando dialogar es pactar, aun con la certeza de que es está debilitando lo fundamental.


Este “Papa Profesor” es incansable. Da batalla. Sabía que al término del pontificado de Juan Pablo II vendría la confrontación conceptual, de fondo, en ese difícil diálogo entre Fe y Razón que sólo pocos están en capacidad de afrontar.

Pedofilia

La pausa lograda por Juan Pablo II en el conocimiento, manejo y en la discusión de muchos temas, terminó aun antes de su sepelio.


Nadie puede olvidar el encargo recibido por el cardenal Ratzinger de parte del papa muriente, de presidir en el Coliseo Romano el Viacrucis y elaborar las meditaciones para cada “estación” que contempla los pasos del Cristo hacia el Calvario. En la Novena Estación está contenida la “gran denuncia” del entonces prefecto de la Doctrina de la Fe. “Cuánta suciedad en la Iglesia y entre quienes, por su sacerdocio, deberían estar entregados totalmente a él. Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia”.


Son palabras impresionantes, que ningún periodista logra igualar cuando habla de los escándalos reales que se ocultan en la Iglesia, porque esa meditación obedece a un sentido real de autodenuncia y no a la búsqueda de un titular de prensa.


Sistemáticamente se ha querido olvidar este evento y ocultarlo, porque si se parte de él se asume el serio compromiso de la propia reforma y no como era la estrategia de la denuncia a una iglesia ciega frente a sus propias debilidades y pecados. Ratzinger es el denunciante y el papa que en él se formó en virtud del Cónclave es el sistemático ejecutor de un camino de purificación sin regreso.


Todo cayó sobre él de improviso. No sólo el caso de Marcial Maciel Degollado, fundador de los Legionarios de Cristo, sino las reclamaciones múltiples frente a otros casos particulares de religiosos complicados en acciones violatorias de la integridad de los niños confiados a su protección o prevalidos de su influencia. No sólo en la iglesia norteamericana, sino también la irlandesa y luego la europea, la latinoamericana y aquellas del Asia y de África.


Con Marcial Maciel procedió Benedicto XVI de inmediato, ya que era quien más conocía el caso y estaba cierto de su culpabilidad. Y lo hizo de una manera que no dejó lugar a dudas, aunque para sus enemigos cualquier decisión que se hubiese tomado siempre sería insuficiente el castigo, que por lo común es lo peor para un clérigo que ha de verse suspenso “a divinis”, es decir, con la absoluta prohibición de ejercer como sacerdote. En el caso de Marcial Maciel, su grave y final enfermedad y la muerte no permitieron a los tribunales civiles hacerse a una causa penal que lo castigara merecidamente.


Los herederos de Maciel, sus viudas y huérfanos, tienen todo el derecho a ser reparados, así como sus víctimas, de la misma manera que han de ser sancionados quienes sabiendo lo que ocurría no pusieron en sobreaviso a las autoridades civiles y eclesiásticas aportando pruebas que sólo ellos estaban en capacidad de aportar.


Diplomacia


Enfrentó una avalancha de protestas: Malta, Estados Unidos,Irlanda y tantos otros países, pero también los sensibles y significativos datos sobre los desórdenes en Alemania, y más aún, aquellos detectados en Múnich a los que el papa Benedicto hizo frente, a sabiendas de la torcida intención de algunos medios de comunicación, que quisieron sembrar toda clase de rumores para crear al menos alguna sospecha sobre lo acontecido en su servicio pastoral en aquella Arquidiócesis. Fue el momento culminante del ataque al pontífice, al que él contestó con su largo y significativo viaje a Alemania en búsqueda de acercamientos a la unidad perdida, y recordando permanentemente las huellas que Martín Lutero ha dejado en la historia de la cristiandad.


Vinieron entonces las peregrinaciones para pedir perdón por los pedófilos —aun enfrentando internamente a los que sostenían que ésta no debía dar cuentas a nadie—, luego de verse limitado a hacer una corrección paternal al sacerdote implicado, y dejando generalmente en el olvido a las víctimas inocentes (menores de edad) sólo para proteger el buen nombre de la iglesia y no dar a conocer el hecho a las autoridades civiles.


Esta realidad abrió un frente frágil que no favorecía la causa de canonización del beato Juan Pablo II. Pero las recientes giras por Europa y Latinoamérica fortalecieron a Benedicto XVI. Nunca en sus años de pontificado ha sido tan fuerte el papa, ni tan claro. Nunca tan humilde y dolido; nunca tan cercano y tan poseído de esa ira dolorosa que se lee en las cartas irlandesas, y nunca tan cercano a esa ternura que ha sido una de las grandes víctimas de los desórdenes frente a la juventud en estos sectores de la Iglesia.


Doctrina


Al papa no lo desvela la administración del mundo católico, sino los problemas de la seguridad doctrinal y los testimonios personales de la vida de los llamados ‘hombres de Iglesia’. Es en estos puntos donde se verá su obra en el futuro. Y es en estos puntos en los que trabaja con mayor decisión.


Como tal, todas sus determinaciones no tienen el sello de la urgencia sino el de la permanencia. Maneja con exactitud las exigencias del ‘principio de la lentitud’, porque no es amigo de repetir ni de corregir lo que desde el principio, hecho al ritmo que se debe, puede ser evitado.


Así ha abordado temas para muchos muy espinosos, como el del matrimonio de los sacerdotes, el sacerdocio de las mujeres y la mayor permisión en el terreno del aborto, así como en el de la eutanasia. Con la misma decisión confronta al clero de Austria y a aquellos que buscan hacerle concesiones a la disciplina eclesiástica, ya que ha dado a entender que el problema no es la cantidad de sacerdotes, sino la calidad de los mismos, que han de vivir lo que prometieron con autenticidad y rigurosidad. En ninguno de esos puntos habrá cambio en este pontificado, y esa decisión pontificia hay que darla por descontada.


Sabe muy bien que junto con Hans Küng son los únicos supervivientes de ese mundo intelectual y de profunda espiritualidad que ayudó a orientar el Concilio Vaticano II, y sabe de su espíritu y de cuál es la savia secreta que corrió por primera vez en sus documentos básicos.


Porque es curioso observar cómo se le atribuyen al Concilio Vaticano II una serie de intenciones que no tuvo. Menos mal que hay una serie de testimonios escritos de primera mano que permiten corroborar que el Papa se mueve en los ríos profundos de la teología fundamental y de la dogmática, tratando de responder desde ellas a un mundo observado y vivido objetivamente, juzgado a través del Evangelio y sobre el que se actúa con decisión, desde una concepción cristiana de la historia, de la sociedad y del mundo.


Benedicto XVI visto por Beckenbauer


Los testimonios de personalidades de la Iglesia, la política, la cultura, la economía y el deporte sobre el papa fueron incluidos en el libro Benedikt XVI. Prominente über den Papst (Benedicto XVI: personajes ilustres hablan sobre el papa), aún no traducido al español. La obra fue promovida por su secretario personal, monseñor Georg Gänswein, que lo presentó en Múnich esta semana, y será uno de los regalos de cumpleaños que recibirá en el Vaticano mañana lunes. Escriben allí el actual ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble; la campeona olímpica de esquí Maria Höfl-Riesch, y el exfutbolista Franz Beckenbauer, entre otros.


El legendario Beckenbauer anotó: “Fui educado en el catolicismo, que era muy importante en mi familia, de forma singular para mi madre... De pequeño fui monaguillo en nuestra parroquia, en Obergiesing, Múnich... Más adelante el fútbol se puso en primer plano y me volví más descuidado con lo de ir a la iglesia”.

Tomado de el periódico El Espectador, Bogotá, Colombia. Abril 14 de 2012.


Doctor Guillermo León Escobar, Ex-embajador de Colombia ante la Santa Sede

   


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