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PLAN GLOBAL 2007 - 2011

APARECIDA, UNA NUEVA ÉPOCA EN NUESTRA IGLESIA 

 

1.1. El Camino de la Iglesia en América Latina y El Caribe

El camino de la Iglesia en nuestro Continente, en los últimos 50 años, ha estado iluminado por el gran acontecimiento del Vaticano II, y por el fuerte impulso evangelizador de las cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano.

El Papa Benedicto XV, al inaugurar la V Conferencia, afirmó que se celebraba “en continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo”[1]. Estos eventos estuvieron animados por “el mismo espíritu” e incidieron en la vida pastoral de las comunidades cristianas. El hilo que unifica todas las Conferencias Generales es la Evangelización. Sin embargo, se puede sintetizar muy esquemáticamente, diciendo que la principal preocupación de Río fueron los evangelizadores, de Medellín la persona humana y la sociedad latinoamericana; de Puebla la Iglesia y de Santo Domingo Jesucristo. En esa continuidad el Papa, en el Discurso Inaugural, trazó la finalidad de la V Conferencia:

Los Pastores quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con la propiavida[2].

 

1.2. Las transformaciones sociales y culturales del Continente 

Las transformaciones culturales que vive América Latina y El Caribe, son propias de un cambio de época. Aquí presentamos algunos rasgos que se inscriben en el ámbito socio-cultural, económico, político y ecológico, desde la perspectiva de nuestra condición de discípulos misioneros abiertos a los “signos de los tiempos” y a los desafíos de la misión de la Iglesia hoy.

 

Un cambio epocal 

La humanidad entera ha entrado en una nueva época. Éste hecho interpela nuestra identidad de discípulos misioneros. La realidad muestra “sucesivas transformaciones sociales y culturales” agitando intensamente nuestro mundo y resquebrajando el referente de nuestros valores. Vivimos pues, en “una sociedad inestable y en transición, con sus luces y sombras”[3]. Nuestra Iglesia no es ajena al cambio epocal, es interpelada en la perspectiva de un profundo discernimiento de “los ‘signos de los tiempos’, a la luz del Espíritu Santo”; también se siente desafiada en su identidad y misión para ponerse “al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y ‘para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10)”. (DA 33).

Todos los ámbitos de la vida de nuestros pueblos son influenciados en esta era de globalización: “La cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión”. El interés de la Iglesia es discernir la incidencia de este cambio epocal en la dimensión religiosa y ética de las personas que buscan a Dios, puesto que “sin una percepción clara del misterio de Dios, se vuelve opaco el designio amoroso y paternal de una vida digna para todos los seres humanos” (DA 35).

Frente a esa complejidad el interés de la Iglesia son las personas concretas, pues ellas “suelen  sentirse frustradas, ansiosas, angustiadas”, ya que están inmersas en una realidad que las desborda, sintiéndose insignificantes “sin injerencia alguna en los acontecimientos” (DA 36).

 

El impacto de los medios de comunicación social 

Los medios de comunicación social van configurando una nueva mentalidad y escala de valores con las que van presentando su visión de la realidad, sus intereses y sus valores orientados hacia la sociedad de consumo, el individualismo y logran instalar “culturas artificiales” y despreciar “las culturas locales” para dar cabida a “una cultura homogenizada en todos los sectores”.

La nueva colonización cultural se caracteriza por la autorreferencia del individuo, que conduce a la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que tampoco se siente responsable. Se prefiere vivir día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales, familiares y comunitarios. Las relaciones humanas se consideran objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y definitivo (DA 46).

 

Sobrevaloración de la subjetividad individual

El pluralismo cultural da origen a la subjetividad individual “en la que cada uno puede escoger, de la plural oferta de sentidos y prácticas sociales, lo que le parece mejor”. El gran “error” que plantea la sobrevaloración del subjetivismo individual es la exclusión de Dios. Lo señaló Benedicto XVI al afirmar;

Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas” Además, “el individualismo debilita los vínculos comunitarios”, obstaculiza la búsqueda del bien común y cobran fuerza “los deseos de los individuos (Ibid).

 

La Globalización

Más allá de los rasgos negativos y positivos que presenta la globalización (DA 60, 61 y 62), ella constituye para nosotros un desafío y una inédita oportunidad que abre caminos y perspectivas, “para una renovada conciencia de la catolicidad de la Iglesia”, para crecer en la “conciencia de los derechos humanos”, para participar “en las conquistas científicas”, para hacer efectiva la “solidaridad con los más pobres”, para luchar “por la justicia”, para construir la paz, para una mejor “valoración de las culturas locales”. De modo especial se genera la “convicción de que el presente y el futuro de la humanidad depende de todos. Surge así el deber de globalizar la caridad y la solidaridad”[4].

 

Políticas económicas

Las políticas económicas que los Estados están implementando muchas veces están diseñadas para responder a los intereses de “las instituciones financieras y las empresas transnacionales”, “las industrias extractivas internacionales y la agroindustria”; subordinan a las economías locales… la preservación de la naturaleza al desarrollo económico, con daños a la biodiversidad, con el agotamiento de las reservas de agua y de otros recursos naturales, con la contaminación del aire y el cambio climático; debilitan a los Estados, “que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones” (DA 66). Las políticas económicas promueven los Tratados de Libre Comercio, los cuales, muchas veces se dan “entre países con economías asimétricas” (DA 67).

 

La Democracia

La democracia se va consolidando en el Continente y es necesario fortalecer “la democracia participativa”, y “generar cambios importantes para el logro de políticas públicas más justas, que reviertan” la “exclusión” (DA 75).

Sin embargo, se constata el creciente “avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de corte neopopulista” (DA 74); la “influencia de organismos de Naciones Unidas y de Organizaciones No Gubernamentales de carácter internacional, que no siempre ajustan sus recomendaciones a criterios éticos”; la inmadurez

de dirigentes políticos que radicalizan sus posiciones, fomentan la conflictividad, se polarizan, generando con ello frustración (DA 75); el “desencanto por la política y particularmente por la democracia” (DA 77).

 

La violencia

En muchos países se deteriora la vida social como consecuencia del crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera (DA 78).

El origen de la situación de violencia está en: 

La idolatría del dinero, el avance de una ideología individualista y utilitarista, el irrespeto a la dignidad de cada persona, el deterioro del tejido social, la corrupción incluso en las fuerzas del orden, y la falta de políticas públicas de equidad social (DA 78).

 

La agresión a nuestras riquezas naturales

Nuestro Continente es rico en recursos naturales. Se constata una agresión a esa riqueza ecológica y cultural que se manifiesta en el atropello a la sabiduría de las poblaciones tradicionales y sus conocimientos que sonbobjeto de apropiación intelectual ilícita, siendo patentados por industrias farmacéuticas y de biogenética, generando vulnerabilidad de los agricultores y sus familias que dependen de esos recursos para su supervivencia (DA 83).

 

Realidad de los pueblos indígenas y afroamericanos

La emergencia de los pueblos originarios y afrodescendientes buscando un mayor protagonismo en la sociedad y en la Iglesia, desde la riqueza de su sabiduría y cosmovisión contrasta con la situación de exclusión en la que se encuentran ya que afrontan actualmente el menosprecio de la sociedad, la exclusión y la pobreza (DA 89, 90, 96).

Este es un kairós para profundizar el encuentro de la Iglesia con estos sectores humanos que reclaman el reconocimiento pleno de sus derechos individuales y colectivos, ser tomados en cuenta en la catolicidad con su cosmovisión, sus valores y sus identidades particulares, para vivir un nuevo Pentecostés eclesial (DA 91).

 

Rostros que nos desafían e interpelan

La realidad actual de América Latina y El Caribe nos muestra rostros sufrientes que demandan una respuesta solidaria fundada en el amor. Entre ellos, están[5]:

  • Los pueblos originarios y afroamericanos, excluidos y no tratados con dignidad e igualdad.
  • Mujeres maltratadas y “excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica”;
  • Jóvenes, con educación de baja calidad, sin oportunidades de progresar ni de entrar en el mercado del trabajo para desarrollarse y constituir una familia”;
  • Personas que sobreviven “en la economía informal”: “pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra”.
  • “Niños y niñas sometidos a la prostitución infantil; también los niños víctimas del aborto”.
  • Personas y familias que viven en la miseria y pasan hambre.
  • Los rostros debquienes dependen de las drogas, las personas con capacidades diferentes, los portadores y víctima de enfermedades graves como la malaria, la tuberculosis y VIH-SIDA, que sufren de soledad y se ven excluidos de la convivencia familiar y social.
  • Los rostros de “los secuestrados y los que son víctimas de la violencia, del terrorismo, de conflictos armados y de la inseguridad ciudadana”.
  • Ancianos excluidos del sistema productivo, muchas veces rechazados por su familia como personas incómodas e inútiles.
  • Los rostros de quienes están privados de libertad en las cárceles.

 

1.3. Desafíos a la Iglesia hoy

La V Conferencia precisa que “los desafíos que plantea la situación de la sociedad en América Latina y El Caribe requieren una identidad católica más personal y fundamentada” (DA 297). El discípulo misionero “en el fiel cumplimiento de su vocación bautismal, ha de tener en cuenta los desafíos que el mundo de hoy le presenta a la Iglesia de Jesús, entre otros: el éxodo de fieles a las sectas y otros grupos religiosos; las corrientes culturales contrarias a Cristo y la Iglesia; el desaliento de sacerdotes frente al vasto trabajo pastoral; la escasez de sacerdotes en muchos lugares; el cambio de paradigmas culturales; el fenómeno de la globalización y la secularización; los graves problemas de violencia, pobreza e injusticia; la creciente cultura de la muerte que afecta la vida en todas sus formas (DA 185).

Para responder a ese reto fundamental y a los diferentes desafíos que presenta el mundo actual, la Iglesia encuentra unos desafíos internos que ha de resolver para cumplir con su misión evangelizadora, a saber:

  • El crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional. En promedio, el aumento del clero, y sobre todo de las religiosas, se aleja cada vez más del crecimiento poblacional en nuestra región
  • algunos intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II[6], sea algunas lecturas y aplicaciones reduccionistas de la renovación conciliar;
  • lamentamos la ausencia de una auténtica obediencia y de ejercicio evangélico de la autoridad, las infidelidades a la doctrina, a la moral y a la comunión,
  • nuestras débiles vivencias de la opción preferencial por los pobres,
  • no pocas recaídas secularizantes en la vida consagrada influida por una antropología meramente sociológica y no evangélica.
  • el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos.
  • una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones,
  • un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales.
  • una espiritualidad individualista, relativista en lo ético y religioso,
  • la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia,
  • en general, en la pastoral, persisten también lenguajes poco significativos para la cultura actual, y en particular, para los jóvenes.
  • no se ve una presencia importante de la Iglesia en la generación de cultura, de modo especial en el mundo universitario y en los medios de comunicación social.
  • El insuficiente número de sacerdotes y su no equitativa distribución imposibilitan que muchas comunidades puedan participar regularmente en la celebración de la Eucaristía.
  • Falta espíritu misionero en miembros del clero, incluso en su formación.
  • Falta solidaridad en la comunión de bienes al interior de las Iglesias locales y entre ellas.
  • Es insuficiente el acompañamiento pastoral para los migrantes e itinerantes.
  • Algunos movimientos eclesiales no siempre se integran adecuadamente en la pastoral parroquial y diocesana; a su vez, algunas estructuras eclesiales no son suficientemente abiertas para acogerlos (DA 100).
  • Otros desafíos son de carácter estructural, como por ejemplo la existencia de parroquias demasiado grandes, que dificultan el ejercicio de una pastoral adecuada: parroquias muy pobres, que hacen que los pastores se dediquen a otras tareas para poder subsistir; parroquias situadas en sectores de extrema violencia e inseguridad, y la falta y mala distribución de presbíteros en las Iglesias del Continente (DA 197).

Se trata, por tanto, de hacer de la Iglesia de América Latina y El Caribe una Iglesia discípula y misionera que promueva, forme y acompañe a todos sus miembros en el proceso de ser discípulos misioneros de Jesucristo, para cumplir con su mandato y ser sacramento del Reino de Vida[7]  para los hombres y mujeres que viven en el contexto sociocultural de esta nueva época.

 



[1] Benedicto XVI, Discurso Inaugural V Conferencia, 2.

[2] Benedicto XVI, Ídem

[3] CELAM, Síntesis de los Aportes Recibidos, op. cit., 56.

[4] CELAM, Síntesis de los Aportes Recibidos, op. cit., 60.

[5] DA, 65.

[6] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y Prelados superiores de la Curia Romana, jueves 22 de diciembre de 2005.

[7] Cf. Síntesis aportes recibidos, p. 72 ss.



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