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III. Respuesta desde la Fé. Anunciar a Cristo

“Abrirnos con confianza al futuro”

 

1.      Es cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo y hacer resplandecer su rostro en cada época de la historia. Si nuestra mirada de fe se centró en la persona y la obra salvadora de Jesucristo, la respuesta que debemos, como Iglesia, al nuevo contexto que vivimos no ha de ser otra sino la de anunciarlo y poner en ejercicio dicha acción salvadora. “No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva...Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz” (NMI 29).

 

2.    Al abrirnos con confianza al futuro, para cumplir con nuestra vocación y misión eclesial, destacamos los grandes desafíos que el actual contexto social y eclesial plantea a la pastoral, subrayamos los criterios que han de fundamentar nuestra acción, establecemos las prioridades pastorales con las que nos comprometemos y señalamos los campos de acción y tareas por donde ha de avanzar la nueva evangelización de nuestro Continente.

 

1.      Desafíos de la globalización a la pastoral

 

3.     Al iniciar un nuevo período de servicio del CELAM hemos de tener presente todo lo que desafía a la acción pastoral de la Iglesia. En una consideración amplia hemos de asumir los desafíos heredados de nuestro pasado reciente y los que se derivan de la vida apasionante del presente. Lo que hemos logrado nos desafía para consolidarlo y extenderlo, lo que está pendiente nos desafía para hacerlo realidad; las luces del nuevo contexto nos desafían para aprovecharlas, y sus sombras nos desafían para iluminarlas.

 

4.     Aunque los dos capítulos ya considerados nos posibilitan reconocer la amplia cantidad y variedad de desafíos que hoy hemos de asumir en nuestra tarea pastoral, destacamos ahora siete de ellos y queremos asumirlos si pretendemos que nuestra respuesta sea eficaz en la tarea de humanizar la globalización y globalizar la solidaridad.

 

1.1.   Proponer el valor de la gratuidad

 

5.     En un contexto de globalización, marcado por una cultura que busca a todo precio la eficiencia y el éxito económico, los cristianos tenemos el desafío de recordar la dimensión de gratuidad, ya que lo más humano no se compra ni se vende, tiene valor pero no tiene precio. En su esencia, el cristianismo es la religión de la gratuidad, por eso el cristianismo es Evangelio; ahí, todos los excluidos oyen de Jesucristo que Dios los ama de verdad y sin condiciones; ellos no tienen que demostrarle que son buenos, Él los ama primero con un amor que se recibe como regalo.

 

1.2.   Reencontrar el sentido de la vida

 

6.    El nuevo contexto que vivimos está generando un relativismo que niega toda referencia al absoluto y quita el interés para formularse preguntas últimas. Esta realidad ha dado lugar a que los bienes materiales se conviertan en el “absoluto” que orienta la existencia de muchos, situación que va dejando un lastre de vacío y de falta de sentido, tanto entre quienes gozan de ellos como entre quienes los carecen, porque nos hacemos incapaces de acallar las preguntas silenciadas que siguen rondando en el corazón humano. Es un inmenso desafío abrir los espacios que permitan a los seres humanos darle sentido a sus vidas; clarificar los caminos que faciliten a los hombres y mujeres de nuestro tiempo conducirse hacia fines que ordenen sus vidas.

 

1.3.   Buscar el sentido religioso en el actual contexto

 

7.   Aunque América Latina ha conservado siempre un substrato religioso fuerte y continuo a través de su historia, el número de personas alejadas de la fe y los no practicantes aumentó considerablemente durante las últimas décadas del siglo pasado, sobre todo entre las clases media y alta, muchos de los cuales vuelven a experimentar el deseo de introducir en sus vidas el sentido de la trascendencia. Esta búsqueda, por el proceso mismo de globalización, se realiza en el contexto de una pluralidad de propuestas religiosas y se ve afectada por muchos elementos que caracterizan la cultura actual: los escasos criterios de referencia para ubicarse ante Dios, la fragmentariedad del conocimiento, la afirmación de lo individual sobre lo comunitario, la primacía de la experiencia, la emotividad sobre el dato de fe, el rechazo del Magisterio, etc.

 

8.   Para los católicos del Continente, en un momento en que el diálogo y el discernimiento de las relaciones con otras religiones y otros grupos cristianos se vuelve más necesario, es urgente el fortalecimiento de la propia identidad cristiana, así como afrontar la revisión y la purificación de las propias formas de comunicar la fe, para recuperar el verdadero sentido del encuentro con Dios y de la apertura no condicionada a su mensaje de salvación.

 

1.4.   Reconstruir los vínculos de pertenencia y de responsabilidad social

 

9.  Hoy se exalta el valor de la libertad, se promueve la búsqueda de la autonomía del hombre y, al privilegiar la esfera de lo privado sobre la esfera de lo social, se impone un individualismo práctico que tiene sus consecuencias en el campo de la política, la economía y la vida social en general. El precio de esta búsqueda de la individualidad trae consigo la disolución de los vínculos familiares, comunitarios, étnicos, culturales y políticos, lo cual tiende a comprometer la vida y su desarrollo.

 

10.    Esta situación es un desafío para los cristianos, los cuales están llamados a vivir y construir solidariamente su entorno, en relación abierta con los creyentes y con los demás miembros de la sociedad. Reconstruir los vínculos que recompongan el tejido social, y que hacen posible el verdadero desarrollo del hombre es una tarea que encuentra un área fundamental en la familia, como espacio vital donde se reconstruyen los principios, las actitudes y las acciones que luego dan origen a la red de relaciones que el hombre construye en la vida social.

 

1.5.   Formular una ética que nos permita humanizar la globalización

 

11.   En la globalización, como se está produciendo, no pocos experimentan que decisiones vitales que impactan su vida y la de su comunidad son tomadas a distancia por instancias multinacionales, usando como único criterio la rentabilidad, sin contar con la participación de los afectados. Esta situación, que trae consigo grandes riesgos de corrupción y abusos en quienes toman las decisiones y de apatía y exclusión entre quienes las padecen, está exigiendo una ética que asegure el desarrollo humano, que permita humanizar la globalización.

 

12.  Dado el nuevo contexto de la globalización, está ética debe ser pluralista, de manera que permita a cada uno aportar lo mejor que tiene y posibilite aprender de los demás. Es un desafío para los cristianos compartir sencillamente la rica experiencia humana del cristianismo, desde la tradición humanizante recibida del Pueblo de Dios hasta la figura y ejemplo de su Fundador; al mismo tiempo, es un desafío dejarse interpelar por otras tradiciones.

 

1.6.   Cambiar la orientación profunda de la globalización

 

13.   El contexto de la globalización podría ofrecer grandes posibilidades de desarrollo a la humanidad: permitiría no sólo unir e intercomunicar a la familia humana, sino darle a los bienes su destino universal; facilitaría el hacer una sana transferencia tecnológica que permitiría destruir las infamantes diferencias que hoy existen entre los pueblos, etc. Sin embargo, para que la globalización pueda dar buenos frutos, es necesario rescatarla de la orientación economicista de corte neoliberal que hoy la anima. Es un desafío para los cristianos mostrar que, más allá de la motivación de lucro, de la competencia sin cuartel de los individuos y los países en un mercado desregulado, pueden desarrollarse valores de colaboración, intercambio, solidaridad y responsabilidad comunes.

 

1.7.   Dialogar con el mundo de la ciencia y la tecnología

 

14.    En el esfuerzo encaminado a evangelizar toda la realidad humana, es urgente el diálogo de la Iglesia y de los cristianos con el mundo académico y científico, diálogo en el cual los laicos han de ocupar un lugar preponderante. Para los cristianos constituye un reto el mostrar que el respeto integral de la persona y la adopción de un código ético por parte de los hombres dedicados a la investigación, más que limitar el avance de la ciencia y la tecnología, es la mejor garantía para su desarrollo.

 

2.      Criterios pastorales

 

15.     Antes de considerar las prioridades pastorales con las que hemos de comprometernos y de señalar los ámbitos de acción y tareas, subrayamos seis criterios que se desprenden de nuestra mirada de fe y que definirán un estilo y un modo concretos de realizar la nueva evangelización en América Latina ante los desafíos de la globalización.

 

2.1.   Encuentro personal con Jesucristo vivo

 

16.   El encuentro personal con Jesucristo vivo es el único camino de conversión, de comunión y de solidaridad; es el itinerario de toda acción pastoral y la raíz de la cual brotan todos los demás imperativos.

 

17.  “El encuentro personal con el Señor, si es auténtico, llevará también consigo la renovación eclesial: las iglesias particulares del Continente, como Iglesias hermanas y cercanas entre sí, acrecentarán los vínculos de cooperación y solidaridad para prolongar y hacer más viva la obra salvadora de Cristo en la historia de América”.

 

18.   Es necesario que los cristianos seamos los primeros contempladores del rostro de Jesús (cfr. NMI 16) y que asumamos este encuentro como un proceso progresivo de conversión, pues sólo así el Espíritu Santo da testimonio de Cristo Jesús en nuestros corazones (Cfr. Rm 5, 5). El estilo de vida y el modo como lo expresan los agentes de pastoral serán lo que defina la eficacia pastoral, pues ésta jamás podrá ser una realidad, si aquellos no son identificados por su experiencia de Cristo y su ardor para anunciarlo.

 

2.2.   La misión compartida como camino de santidad integral

 

19.   Ciertamente el ministerio ordenado confiere una especial responsabilidad para servir al pueblo de Dios e impulsar la ministerialidad de la Iglesia; no obstante, la naturaleza de la vida cristiana y la globalización con los grandes desafíos que nos plantea, nos exigen reafirmar la misión compartida por todo el pueblo de Dios como el camino de santidad integral. En este marco necesitamos insistir en el protagonismo de todos y cada uno de los bautizados como sujetos de la tarea evangelizadora.

 

20.   Queremos suscitar especialmente, y con énfasis, la actividad evangelizadora de los laicos en la edificación del Reino, desde su responsabilidad específica en la transformación del mundo; ningún ámbito de la vida social debería estar privado de laicos que aporten la luz del Evangelio: la política, la empresa, el sindicalismo, los barrios, etc. Además, la inmensa mayoría de la Iglesia en América Latina la conforma nuestro pueblo pobre y sencillo. Sólo una profunda conversión en cada uno de nosotros, hará de la Iglesia un espacio vital donde los pobres tengan capacidad real de participación y sean reconocidos cada uno en su propio valor.

 

21.   Para que los laicos, y entre ellos especialmente los más pobres y sencillos, sean protagonistas de la nueva evangelización, la promoción humana y la cultura cristiana, es necesaria una constante promoción del laicado, libre de todo clericalismo y sin reducción a lo intraeclesial (SD 97). Esto exige que se prepare a los presbíteros y diáconos permanentes para que confíen más en los laicos, los ayuden a capacitarse y los estimulen en su misión.

 

2.3.   Creatividad social de la Caridad

 

22.   Cristo, al redimir todo lo humano, convoca a colaborar con la dilatación de su Reino, actuando y decidiendo a la luz del Evangelio en orden a la transformación efectiva de las estructuras del mundo. Es tarea de la Iglesia desplegar operativamente la dimensión social de la caridad, atendiendo a las exigencias éticas fundamentales que brotan de la inalienable dignidad de la persona humana. Para esta tarea, la Iglesia encuentra en su Doctrina Social la expresión de un valioso conjunto de valores permanentes, criterios de juicio y directrices de acción para guiar la creatividad social de la caridad.

 

23.   La Doctrina Social es parte de la concepción cristiana de la vida; no es, pues, un saber exterior o accidental dentro de la comprensión de nuestra fe, sino que, al contrario, muestra que la certeza sobre la presencia de Jesucristo no se agota en sus consecuencias dentro de la vida interior o la práctica privada de acciones honestas. Ningún cristiano puede sentirse eximido de las obligaciones que posee respecto del compromiso social y la lucha a favor de la justicia. La diferencia de ministerios dentro de la Iglesia impone que este deber, en conciencia, se realice de múltiples maneras de acuerdo a la identidad y vocación de cada quien; no obstante, en este terreno los fieles laicos poseen una responsabilidad particular, ya que son llamados por el Señor a santificarse precisamente en la transformación del mundo según Cristo.

 

2.4.   Santidad, Comunión e Inculturación como ejes transversales de la pastoral

 

24.   La santidad, la comunión y la inculturación no son opcionales en la pastoral, ni pueden reducirse a una pastoral específica, ellas han de procurarse como ejes transversales que favorezcan una respuesta que sea integral y eficaz en el complejo contexto de la globalización actual.

 

25.   La santidad cristiana consiste en vivir en una plena comunión de amor con Dios y con los demás para transformar la historia (Cfr. NMI 29). En este orden, la Iglesia está llamada a manifestarse como la comunidad santa del Pueblo de Dios que genera ámbitos y estructuras vivas de santidad, no sólo personal, sino también comunitaria. La santidad nos ha de impulsar a la actividad evangelizadora compartida, por ello ha de ser el núcleo de la vida y como el eje transversal que ilumine y potencie las acciones propias de la pastoral ordinaria.

 

26.    Hay que recordar también que la eficacia pastoral se alcanza mediante la intensidad de nuestra comunión con Dios, la calidad de los vínculos de nuestra fraternidad y comunión eclesiales, y la capacidad de convertirnos en servidores de todos. La comunión, así entendida, debe convertirse en eje transversal de la vida de la Iglesia y de su acción evangelizadora, de tal manera que se multipliquen los espacios de solidaridad en todos los niveles de las comunidades eclesiales. El futuro de la misión de la Iglesia dependerá sustancialmente de la vivencia de la comunión.

 

27.   Finalmente, hay que tener siempre presente que evangelizar es encarnar el Evangelio en los ambientes. La Iglesia debe tener la capacidad de colocar su levadura dentro de la tradición cultural que se está dando. La inculturación, como recuerda Juan Pablo II, "debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas... de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud" (NMI 40). Sin inserción, respeto y diálogo con las culturas y sus sujetos, la evangelización no será más que un proceso de sometimiento y colonización.

 

2.5.   Catolicidad para llegar a todos

 

28.    La globalización, que ha multiplicado las relaciones sociales y ha dado la posibilidad de llegar a todas partes con un sinnúmero de mensajes, muchas veces sin un referente ético definido, al mismo tiempo genera la exclusión social. Ante este hecho es necesario reafirmar la catolicidad de la Iglesia y llegar a todos con el mensaje incluyente del Evangelio y su propuesta de vida nueva.

 

29.    La acción evangelizadora tiene por destinatarios a todos los hombres y a todo el hombre, por ello urge hablar según la mentalidad y cultura de los oyentes, de manera que lleguemos realmente a todos; este estilo inclusivo nos exige no despreciar ninguna de las posibles maneras de transmisión de la fe, creer en las personas, y respetar su capacidad y voluntad de respuesta, sin discriminarlas ni abandonarlas, aún en los momentos en que parecieran no responder del modo esperado.

 

2.6.   Evangelización como proceso permanente

 

30.    Dios irrumpe en la historia, muchas veces, sorpresivamente, pero también ilustra su obra con las imágenes de la semilla, la vid, la levadura, por lo que la evangelización también debe entenderse como un proceso permanente de educación en la fe. Los procesos son movimientos vitales de las personas y de las comunidades, y por lo mismo, no se violentan sino que se acompañan con sumo cuidado y respeto.

 

3.      Prioridades en un mundo globalizado

 

31.     Sin agotar el amplio espectro de la realidad que el nuevo contexto nos ofrece, ni la riqueza del Evangelio que la ilumina, nos detenemos ahora a considerar, brevemente, un fundamento y un horizonte como prioridades que asumimos en un mundo globalizado.

 

3.1.   La primacía de la persona

 

32.    En la construcción de una nueva sociedad, el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales debe ser la persona humana, imagen de Dios, ser único, irrepetible, abierto a la trascendencia, en comunión con los demás y con un proyecto propio de vida. Todo tipo de manipulación genética, psicológica, social, política o religiosa de la persona, implica un reduccionismo de la dignidad humana que va en sentido contrario a un desarrollo integral de la humanidad.

 

3.2.   El respeto de la identidad

 

33.    Una de las condiciones para que la globalización no termine en una nivelación ni en un colonialismo económico y cultural, consiste en el respeto del pluralismo, especialmente en el respeto de la dignidad y la identidad de los más débiles. El horizonte de la globalización tiene que mantenerse plural, con la gran diversidad que presenta la humanidad, ya que cada realidad humana refleja a Dios, no sólo de manera limitada, sino también de manera parcial.

 

3.3.   La globalización de la solidaridad

 

34.    La solidaridad, entendida como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (SRS 38), es el propósito de una nueva visión del mundo y de la historia fundada en la primacía de la persona. Por ello, la globalización de la solidaridad debe ser el horizonte que nos ayude a construir una sociedad justa y fraterna, en la cual los más pobres y excluidos tengan el puesto que les corresponde como miembros de la gran familia humana.

 

4.    Ámbitos de acción y tareas

 

35.   Ya que la evangelización sólo será eficaz si asume lo concreto de la historia y la impregna de los valores del Reino, retomamos la riqueza de todo lo considerado para brindar algunos elementos más operativos hacia la programación. Conscientes de que nuestra respuesta de fe ha de encaminarse cada vez más hacia una pastoral orgánica y de conjunto, señalamos los ámbitos de acción y presentamos las tareas que no se deben descuidar si pretendemos impulsar una auténtica nueva evangelización.

 

4.1.   Comunión y diálogo

 

36.     La comunión, antes que un conjunto de acciones supone el cultivo de una espiritualidad y se ha de procurar como un eje transversal de toda acción pastoral; sin embargo, reconociendo el gran papel que para su promoción tiene los señores Obispos, las estructuras, y el diálogo, tanto Ecuménico como Interreligioso, denominamos “comunión y diálogo” al primer ámbito de pastoral y en él destacamos las siguientes tareas:

 

4.1.1.   Contribuir al fortalecimiento de la comunión eclesial en sus diferentes niveles

 

37.   Es necesario continuar el fortalecimiento de la integración eclesial latinoamericana mediante los servicios a las Conferencias Episcopales nacionales y de las experiencias de comunión vividas en las Asambleas Generales del Episcopado Latinoamericano (Cfr. E Am 4). Por otra parte, en el espíritu de Ecclesia in America, que destacó las formas de diálogo episcopal que van más allá de los límites nacionales e hizo ver la conveniencia de fortalecer las reuniones interamericanas, es necesario también promover la colaboración eclesial Americana como expresión de solidaridad efectiva (Cfr. E Am 37).

 

38.   Es necesario también continuar impulsando la solidaridad entre las Iglesias hermanas pues queda ciertamente aún mucho por hacer para expresar, de la mejor manera, las potencialidades de los instrumentos de la comunión (NMI 44). Así mismo, es urgente favorecer el dinamismo de las diócesis a través de la formación y apoyo a los señores Obispos para que sea más eficaz el esfuerzo por la nueva evangelización de América” (E Am 36); no hay que perder de vista que es en las Iglesias locales donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades, e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura (Cfr. NMI 29).

 

4.1.2.   Impulsar los procesos de renovación de la Parroquia y de desarrollo de pequeñas comunidades

 

39.    No hay que olvidar que “la parroquia es un lugar privilegiado en el que los fieles pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia. Hoy en América, como en otras partes del mundo, la parroquia encuentra a veces dificultades en el cumplimiento de su misión. Una atención especial merecen, por sus problemáticas específicas, las parroquias en sus grandes núcleos urbanos...” (E Am 41).

 

40.   El seguimiento de Jesús nos conduce a la formación y vivencia de la espiritualidad de comunión en pequeñas comunidades que sean vivas y dinámicas. Es necesario favorecer el desarrollo de las pequeñas comunidades cristianas que sean testimonio del espíritu comunitario y solidario.

 

4.1.3.   Favorecer la integración de los Movimientos eclesiales y las Asociaciones laicales

 

41.  “Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales” (NMI 45).

 

4.1.4.   Promover el diálogo Ecuménico e Interreligioso

 

42.    En el campo ecuménico es necesario reconocer y apreciar “los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común, que se encuentran entre nuestros hermanos separados" y buscar siempre la renovación de la Iglesia, entendida como el “aumento de la fidelidad hacia su vocación”, especialmente en las dimensiones bíblica, catequética, espiritual y social, propiciando, a la vez, el conocimiento mutuo, la oración conjunta y una seria formación ecuménica.

 

43.     En el diálogo con las religiones no cristianas, además de establecer relaciones de cooperación en temas tan importantes como la defensa y promoción de la vida, es necesario fomentar un sincero respeto por “los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que la Iglesia profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.

 

4.2.   Misión y espiritualidad

 

44.  La Iglesia existe para evangelizar, esta es su vocación más profunda; ha sido llamada para estar con el Señor y para ser enviada como portadora de una palabra viva y eficaz por la acción del Espíritu Santo. Antes de destacar otro campo específico de su acción, o alguna característica o medio que se exige especialmente ante los procesos de globalización mundial que estamos viviendo, es necesario reconocer que un ámbito de acción es el cumplimiento de su misión en sentido amplio, ya que desde ella nace y se desarrolla la espiritualidad cristiana. Dentro de esta ámbito destacamos las siguientes tareas:

 

4.2.1.   Estimular el desarrollo de la pastoral bíblica para favorecer el encuentro personal con Cristo y su seguimiento

 

45.    Es misión de la Iglesia favorecer el encuentro de los hombres con Jesucristo, Palabra del Padre, de manera que aquellos, por la gracia del Espíritu, descubran el amor del Padre y puedan hacer el camino de conversión que conduce a la comunión y a la solidaridad; esto es, el camino del discipulado. En tiempos de crisis, de muchas ofertas de sentido, y de búsquedas tan variadas de experiencias espirituales, es tarea de la Iglesia orientar a los hombres hacia el tesoro de la Palabra de Dios; Ella es el ámbito seguro para el encuentro con Jesús, la fuente segura del discipulado cristiano y la orientadora de nuestros actos.

 

4.2.2.   Impulsar la catequesis y la liturgia

 

46.   En los últimos veinte años hemos escuchado, de manera insistente, el llamado del Papa a promover una nueva evangelización, con nuevo ardor, con nuevos métodos y nuevas expresiones. “La nueva evangelización, en la que todo el Continente está comprometido, indica que la fe no puede darse por supuesta, sino que debe ser presentada explícitamente en toda su amplitud y riqueza. Este es el objetivo principal de la catequesis, la cual, por su misma naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva evangelización”.

 

47.  Unido al esfuerzo por una catequesis renovada, está el impulso que debemos dar a la dimensión celebrativa de nuestra fe. El Concilio Vaticano II abrió las puertas a una reforma litúrgica viva, inculturada, participativa (SC 14) y diversa, dentro de una unidad fundamental que no hemos acompañado suficientemente por desidia, por temor o por simple falta de creatividad.

 

4.2.3.   Valorar la religiosidad popular para discernirla y purificarla

 

48. Dentro del proceso evangelizador tenemos el reto de valorar las tradiciones, los rituales, los símbolos y mitos de la religiosidad popular para purificarlos y asumirlos como auténticas expresiones de vida cristiana. Es por el camino del discernimiento que se logrará presentar a Jesucristo como el verdadero sentido de la vida en los núcleos de la religiosidad popular, de manera que las expresiones religiosas, tan apreciadas por nuestros pueblos, lleguen a ser manifestaciones de la inculturación del Evangelio.

 

4.2.4.   Dinamizar la misión “ad gentes”

 

49.   La Iglesia no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, cuya tarea sigue siendo anunciar a Cristo, Camino, Verdad y Vida, en quien los hombres encuentran la salvación. Esta tarea exige procurar una formación adecuada en el mundo plural actual y una eficaz organización misionera (Cfr. NMI 56).

 

4.3.   Vocaciones y Ministerios

 

50.    Para ser fiel a su vocación y Misión, la Iglesia ha de redescubrirse día a día convocada y enviada, tanto en su conjunto como en la pluralidad de vocaciones y ministerios. En este ámbito subrayamos las siguientes tareas:

 

4.3.1.   Estimular la promoción de las diferentes vocaciones

 

51.    El Papa nos invita a “organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino”.

 

4.3.2.   Impulsar la promoción de los ministerios confiados a los laicos

 

52.   Se debe estimular también la participación activa de los laicos en la vida de la Iglesia, a fin de que aporten sus talentos y carismas al crecimiento de las comunidades cristianas en los diversos servicios y ministerios, teniendo en cuenta una formación adecuada y siempre en comunión con sus pastores.

 

4.3.3.   Colaborar en la integración de la Vida consagrada en la experiencia eclesial

 

53.    Ecclesia in America reconoce la importancia del aporte de las personas consagradas, tanto en la historia pasada de nuestro Continente como en el presente. “Por ello, a las puertas del tercer milenio se ha de procurar que la vida consagrada sea más estimada y promovida por los Obispos, sacerdotes y comunidades cristianas. Y que los consagrados, conscientes del gozo y de la responsabilidad de su vocación, se integren plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y fomenten la comunión y la mutua colaboración” (E Am 43).

 

4.3.4.   Impulsar la formación y acompañamiento de los ministros ordenados

 

54.    Es urgente una adecuada formación inicial y permanente de los ministros ordenados, ya que una expresión pastoral privilegiada de la comunión y de la solidaridad de la Iglesia será la participación comprometida de los Obispos, presbíteros y diáconos permanentes, quienes por el sacramento del orden están especialmente orientados a favorecer la ministerialidad de la Iglesia. Una atención especial se ha de dar a la capacitación y acompañamiento de los formadores de los seminarios (Cfr. E Am 40); al desarrollo de una atención pastoral a favor de los presbíteros (Cfr. E Am 39) y al cuidado en la selección, formación y acompañamiento de los Diáconos Permanentes (Cfr. E Am 42).

 

4.4.   Vida y cultura

 

55.   Vida y cultura son dos conceptos amplios. El ámbito de acción al cual nos referimos considera algunos sectores específicos en los cuales se desarrolla la vida de los hombres y mujeres, así como la educación y cultura que viven y construyen. Estos sectores, y los aspectos que aquí se consideran, requieren un trabajo específico de inculturación. En este campo destacamos las siguientes tareas:

 

4.4.1.   Animar la iglesia doméstica

 

56.   Es urgente una amplia labor catequética sobre el ideal cristiano de la comunión conyugal y de la vida familiar que incluya una espiritualidad de la paternidad y la maternidad. En un continente caracterizado por un considerable desarrollo demográfico deben incrementarse continuamente las iniciativas pastorales dirigidas a las familias, pues si éstas realizan en sí mismas el ideal al que están llamadas por voluntad de Dios, se convertirán en verdaderos focos de evangelización (Cfr. E Am 46 y 76).

 

4.4.2.   Acompañar a los jóvenes en un mundo plural y globalizado

 

57.    “Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado con la cruz” (NMI 9).

 

4.4.3.   Favorecer la atención a indígenas y afroamericanos

 

58.   América Latina y el Caribe es un Continente multiétnico y pluricultural en el que conviven diversos pueblos con sus respectivas culturas (Cfr. SD 244). La Iglesia ha de defender los valores culturales de todos los pueblos, especialmente de los oprimidos, indefensos y marginados (Cfr. SD 243). Aquí se ha de ubicar el imperativo del rescate o defensa de las culturas autóctonas, frente a la masiva cultura de dominación que invade todos los ambientes y subvierte los valores tradicionales.

 

4.4.4.   Colaborar en la construcción de la paz

 

59.  En medio de un marcado pluralismo cultural y religioso, la Iglesia tiene la tarea de proponer una base firme de paz y contribuir al alejamiento del espectro funesto de las guerras y de toda forma de violencia.

 

4.4.5.   Estimular, desde la educación, la formación en valores

 

60.     Si queremos una sociedad justa y equitativa, es necesario contribuir en la democratización de la educación y estimular la formación en valores. Es necesario también influir en la concepción de la educación como una tarea permanente, no vinculada exclusivamente a una etapa de la vida.

 

4.4.6.   Dialogar con los sectores que mayor desafío ofrecen a la nueva evangelización

 

61.    Los límites y los peligros de la razón técnica-instrumental exigen a la Iglesia un diálogo con las ciencias. Es este un campo privilegiado de diálogo con el mundo, ya que las ciencias desmitifican la fe y la fe contribuye a fortalecer el compromiso de la ciencia con la verdad y la promoción de la vida. La Iglesia ha de promover también, desde su identidad cristiana, el diálogo con la cultura y con los no creyentes para establecer caminos de cooperación en los esfuerzos de globalizar la solidaridad, sobre todo en los aspectos que se refieren a los derechos humanos, la construcción de la paz y la participación de la ciudadanía.

 

4.5.   Justicia y solidaridad

 

62.    Tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, el Concilio Vaticano II se dirige no sólo a los hijos de la Iglesia Católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar cómo entiende su presencia y su acción en el mundo para colaborar en su transformación (Cfr. GS 2). En este espíritu la Iglesia Latinoamericana quiere atender el campo de la justicia y la solidaridad; en este ámbito, especialmente, se ha de responder al desafío global de humanizar la globalización y globalizar la solidaridad. Dentro de este ámbito se han de asumir las siguientes tareas:

 

4.5.1.   Estimular y acompañar la Pastoral social

 

63.           Es necesario procurar el fortalecimiento de la Pastoral Social para que sea promotora de la solidaridad en las diferentes esferas de la vida social: trabajo, salud, derechos humanos, justicia, paz, etc. Para avanzar en estas tareas, hay que procurar una vida ética y no sólo un acuerdo en torno a ciertos principios éticos; hay que promover la autonomía o la autodeterminación de los pueblos y la interdependencia de las naciones; es necesario promover la búsqueda de un nuevo concepto de desarrollo que tenga como punto de partida y de llegada a la persona humana y a toda persona; y hay que empeñarse en la inclusión de los excluidos, lo cual implica una acción de suplencia en aquellos lugares donde el poder publico se exime en cumplir sus obligaciones y apoyar a la ciudadanía a organizarse.

 

64.           La Iglesia ha de colaborar para que el derecho al desarrollo integral se convierta en un deber para las personas, la sociedad civil, y el estado, de tal forma que se garantice la igualdad de oportunidades para todos, la participación de mujeres y hombres en la construcción de la sociedad, la vigencia de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, la resolución pacífica de los conflictos, la protección del medio ambiente, la creación de empleo para todos, la solidaridad internacional, especialmente con los países en desarrollo y la distribución equitativa de los bienes.

 

4.5.2.   Impulsar la vocación y misión de los laicos

 

65.    La vocación de los fieles laicos posee una identidad secular muy propia que los debe llevar a transformar las realidades temporales en la vida familiar, social, laboral y política, a la luz del Evangelio. En este aspecto, “un laicado, bien estructurado, con una formación permanente, maduro y comprometido es el signo de Iglesias particulares que han tomado muy en serio el compromiso de nueva evangelización”.

 

4.5.3.   Fortalecer una pastoral de la movilidad humana

 

66.   La Iglesia ha de ser consciente de la situación problemática que padecen las personas en movilidad y se ha de esforzar por desarrollar una verdadera y eficaz atención pastoral entre ellas y para suscitar, al mismo tiempo, una actitud de acogida por parte de las poblaciones locales, convencida de que la mutua apertura será un enriquecimiento para todos (Cfr. E Am 65).

 

4.6.   Comunicación

 

67.    La globalización, que permite que una multiplicidad de mensajes llegue a todas partes e influya en la vida de todos, nos muestra la necesidad de llegar a todos con el mensaje del Evangelio y su oferta de vida nueva. En este ámbito distinguimos las siguientes tareas:

 

4.6.1.   Impulsar la Pastoral de la comunicación

 

68.   En la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos de América, los Padres sinodales indicaron numerosas iniciativas concretas para una presencia eficaz del Evangelio en el mundo actual: el fomento de centros de producción cualificada; el uso prudente y acertado de satélites y nuevas tecnologías; la unión de esfuerzos para la adquisición y gestión de nuevas emisoras y redes de radio y televisión; y el sostenimiento periódico de publicaciones de calidad.

 

69.  Cabe a la Iglesia empeñarse no sólo en hacer buen uso de los medios de comunicación y ayudar a formar una conciencia crítica frente a ellos -educando para la autorregulación, sin cesar en la búsqueda de una reglamentación ética, sino también en promover su democratización.

 

70.    Aprender los nuevos lenguajes de la comunicación, empleados sobre todo por los jóvenes, y entender las nuevas formas de estar en la sociedad, sin olvidar lo tradicional, es un desafío para el desarrollo de la nueva evangelización. Así mismo, es importante promover que todos los sectores de la Iglesia usen Internet de modo creativo para asumir sus responsabilidades y realizar la obra de la Iglesia.

 

4.6.2.   Difundir el Magisterio de la Iglesia y la riqueza de la vida eclesial

 

71.  Para que la evangelización sea oportuna, pertinente y eficaz, se requiere presentar de manera adecuada “el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida”.



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