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TESTIMONIO Y REFLEXIÓN
La alegría del Evangelio en la formación espiritual del Seminario
 
Jueves 09 de Octubre de 2014
El objetivo del presente escrito es dar algunas pautas para encarnar el espíritu del número dos de la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium...

del papa Francisco en la vida del seminario, con aportes del Magisterio de la Iglesia. El documento es muy rico, por ello sólo se abordará el número dos, para proponerlo en la formación espiritual de los futuros sacerdotes.

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1), así empieza la exhortación apostólica del Papa indicando los caminos de la Iglesia mediante una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría. En la Alegría del Evangelio el Seminario ha de ser una comunidad a la vanguardia, viviendo una experiencia de encuentro de los discípulos entre sí y con Jesús.

El Papa, en el número 2 de su exhortación, menciona el riesgo ocasionado a partir de la oferta de consumo que puede conducir a una pobreza espiritual:   

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

En este número se contraponen la vida en el espíritu y la vida egoísta: La vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado es la vida espiritual que se ha de proponer y promover en el seminario, porque es el deseo de Dios para nosotros. Por otra parte, la tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro es el riesgo del mundo actual con su abrumadora oferta de consumo. Buscar placeres superficiales de manera enfermiza, crea seres resentidos, quejosos y sin vida. Véase la vida en el Espíritu (vida espiritual) y la tristeza individualista. Ambas brotan del corazón, del corazón de Cristo resucitado y del corazón cómodo y avaro, respectivamente.

Un problema sutil pero cierto que afecta a los creyentes y en ellos a los seminaristas es la oferta de consumo a la que el Papa Francisco nos alerta. En las casas de formación llegan jóvenes que están acostumbrados a modas en el comer y beber. Desde el ámbito intelectual, el copy page indica la comodidad de consumir conocimientos pero a la vez una pereza en la generación de los mismos. El consumismo nos crea necesidades y mueve a comprar lo que se necesita y también lo que no. Los ídolos del consumo son los personajes de moda que invitan siempre a consumir. Todo esto hace pesada la vida y produce personas débiles dado que consumen todo y no todo nutre la personalidad para llegar a la madurez y reciedumbre. 

Los seminaristas, como todos los jóvenes “son víctimas de la influencia negativa de la cultura postmoderna, especialmente de los medios de comunicación social, trayendo consigo la fragmentación de la personalidad, la incapacidad de asumir compromisos definitivos, la ausencia de madurez humana, el debilitamiento de la identidad espiritual, entre otros, que dificultan el proceso de formación de auténticos discípulos y misioneros” (DA 318).

En el número de Evangelii gaudium que se está considerando se advierte que en la formación de los candidatos al sacerdocio deben tenerse los siguientes criterios: 

No a la conciencia aislada

La dimensión espiritual del seminario no ha de implicar una separación de los demás, “la piedad… debe estar concretamente inserta en la vida, de la que no debe constituir un momento esporádico, sino ser el alma que la vivifique integralmente” (CS 75). Es necesario que los seminaristas en un ambiente fraternal colaboren “según su propio don, al crecimiento de todos en la fe y en la caridad, para que se preparen adecuadamente al sacerdocio” (PDV 60). Han de compartir “la vida a ejemplo de la comunidad apostólica en torno a Cristo Resucitado” (DA 316). Los futuros sacerdotes han de salir del intimismo en una espiritualidad de la comunión, adquiriendo la “capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad” (NMI 43).

No a la vida interior clausurada en los propios intereses

La Iglesia invita a una espiritualidad encarnada en la dimensión pastoral, que lleva al encuentro con los otros. La espiritualidad del seminarista se ha de robustecer por medio de la acción pastoral (cf. OT 8). La espiritualidad cristiana sólo es posible en la comunión con Dios, comunión de personas divinas, y con los demás, comunión de personas humanas. Quien no es capaz de relacionarse no es capaz de autotrascenderse, no es capaz de vivir al máximo su dimensión espiritual. “En efecto, la vida espiritual, es vida interior, vida de intimidad con Dios, vida de oración y contemplación. Pero del encuentro con Dios y con su amor de Padre de todos, nace precisamente la exigencia indeclinable del encuentro con el prójimo, de la propia entrega a los demás, en el servicio humilde y desinteresado que Jesús ha propuesto a todos como programa de vida en el lavatorio de los pies a los apóstoles” (PDV 49).

Un seminarista que sólo mira a su comodidad, sin visión de su identidad de discípulo misionero, no puede ser promovido a la vida sacerdotal. La comunidad cristiana y los formadores del seminario deben corroborar “que los candidatos sean capaces de asumir las exigencias de la vida comunitaria, la cual implica diálogo, capacidad de servicio, humildad, valoración de los carismas ajenos, disposición a dejarse interpelar por los demás, obediencia al obispo y apertura para crecer en comunión misionera con los presbíteros, diáconos, religiosos y laicos, sirviendo a la unidad en la diversidad” (DA 324).

Sí al espacio para los demás

Se trata ante todo de vivir una espiritualidad de la comunión, donde demos espacio a los demás “llevando mutuamente las cargas de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias” (NMI 43). Es la actitud espiritual que Juan el Bautista nos enseña para que sea Cristo quien sea reconocido: “Es preciso que yo venga a menos para que él crezca” (Jn 3, 30). 

El seminarista, de acuerdo a la gradualidad en su proceso ha de dar muestras de que es capaz de dar espacio a otros. Esto no es fácil y nuestros presbiterios son ejemplo de ello. “Se trata de elementos de la vida espiritual, que con frecuencia se presentan particularmente difíciles para muchos candidatos al sacerdocio, acostumbrados a condiciones de vida de relativa comodidad y bienestar” (PDV 48). La misma cultura actual lleva a la competencia desleal; también los apóstoles tienen que superar este egoísmo (cf. Mc 9, 33-37). Es la propuesta para todo discípulo y misionero y en ello se ha de evaluar.

Sí a los pobres

El tesoro que el seminarista ha de buscar es el de Jesús, su Maestro. Este tesoro son los pobres y los enfermos. “La preparación al sacerdocio tiene que incluir una seria formación en la caridad, en particular en el amor preferencial por los «pobres», en los cuales, mediante la fe, descubre la presencia de Jesús (cf. Mt 25, 40) y en el amor misericordioso por los pecadores” (PDV 49).

Dentro de la formación en la dimensión espiritual, es necesario enseñar a los seminaristas a buscar a Cristo en los pobres, los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos (cf. PDV 45). “El servicio a los pobres es la medida privilegiada, aunque no excluyente, de nuestro seguimiento de Cristo” (DP 1145). De suma importancia resulta el hecho de que el Papa Francisco nos exhorte a la atención a los pobres, no desde el discurso, sino desde la práctica real, que como Puebla lo menciona ha de ser la medida para evaluar el seguimiento de Cristo de nuestra propia persona y de aquellos a quienes acompañamos.

Sí a la escucha de la voz de Dios y al gozo de la dulce alegría de su amor

“Ojalá escuchen hoy su voz: no endurezcáis el corazón” (Sal 94,8). La vida espiritual ha de mantener el corazón blando para hacer el bien, y esto sólo se logra con la escucha de la voz de Dios, que se puede oír a través de los acontecimientos, de los sacramentos, de su Palabra escrita. “Es fundamental que, durante los años de formación, los seminaristas sean auténticos discípulos, llegando a realizar un verdadero encuentro personal con Jesucristo en la oración con la Palabra, para que establezcan con Él relaciones de amistad y amor, asegurando un auténtico proceso de iniciación espiritual” (DA 319). Se trata de estar atento a la escucha de Dios, para “alimentar en el corazón los pensamientos de Dios” para juzgar y valorar todo (cf. PDV 47). 

Sí al entusiasmo por hacer el bien

Medio milenio antes de Cristo, Confucio dijo: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”; esta es una versión negativa, se trata de no hacer. Para los cristianos, los seminaristas, Jesús habla en positivo: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten” (Mt 7,12). Ahí está el entusiasmo cristiano por hacer el bien. La Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis n. 58, da algunos ejemplos concretos para los sacerdotes y los futuros presbíteros: la visita a los enfermos, la atención a los emigrantes, exiliados y nómadas, el celo de la caridad que se traduce en diversas obras sociales. En particular dicen los Padres Sinodales: «Es necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de Cristo mismo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38). Aquí hay material para evaluar a los discípulos misioneros de Cristo. “Las experiencias pastorales, discernidas y acompañadas en el proceso formativo, son sumamente importantes para corroborar la autenticidad de las motivaciones en el candidato y ayudarle a asumir el ministerio como un verdadero y generoso servicio, en el cual el ser y el actuar, persona consagrada y ministerio, son realidades inseparables” (DA 322).

 

SIGLAS Documentos del Magisterio:

CS: Orientaciones educativas para la formación en el celibato sacerdotal, 1974.

DA: V Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, Aparecida, 2007.

DP: III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, 1979.

NMI: Exhortación Apostólica Novo millenio in eunte, 2001.

OT: Decreto sobre la Formación Sacerdotal Optatam totius, 1965.

PDV: Exhortación Apostólica Post Sinodal, Pastores Dabo Vobis, 1992.

 

P. Salustio Santamaría Romero



 



 


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